The Objective
Manuel Fernández Ordóñez

La hez más abyecta

«El comunismo no fracasa, el comunismo asesina. Es una ideología sectaria que, cuando alcanza el poder, convierte al disidente en un objetivo legítimo»

Opinión
La hez más abyecta

Alejandra Svriz

Hay momentos en los que lo políticamente correcto se convierte en una forma de complicidad. Venezuela vive uno de esos momentos. Lo que están contando los presos políticos que han estado en las cárceles del régimen de Nicolás Maduro no admite eufemismos, ni análisis templados, ni esa obscena costumbre europea de «comprender contextos». Lo que describen es tortura sistemática ejecutada por el Estado, con método, con rutina y con absoluta impunidad.

Los testimonios que estamos escuchando estos días te hielan la sangre y te destrozan el alma… si tienes alma. «Me llevaron al DGCIM, donde fui brutalmente torturado», declaraba un preso. «Te meten en un cuarto sin oxígeno hasta que no puedas respirar», afirmaba otro. «Le colocaron una bolsa plástica en la cabeza, provocándole asfixia durante casi un minuto para obligarlo a confesar». Esto último ni siquiera lo dice un preso, ¡lo escribe un informe del Consejo de Derechos Humanos de la propia ONU

No son denuncias aisladas, es un patrón. Bolsas, asfixia, descargas eléctricas, palizas, vejaciones o amenazas a familiares. Este es el verdadero «socialismo del siglo XXI». Esto es lo que realmente hace cuando cree que nadie mira. Dejarte sin aire, partirte los huesos, doblegar tu voluntad. La revolución reducida a una mafia organizada de matones.

Conviene decirlo alto y claro, porque todavía hay quien finge no entenderlo: el comunismo no fracasa, el comunismo asesina. No es una mala gestión de una buena idea. Es una ideología intrínsecamente sectaria que divide a la sociedad entre fieles y enemigos, y que, cuando alcanza el poder, convierte al disidente en un objetivo legítimo. Siempre ha sido así. Siempre opera igual. Con cárceles, con torturas y con muertos.

Lo verdaderamente repugnante es que este régimen de asesinos ha contado durante años con defensores, relativizadores y encubridores en España. Políticos que se llenaban la boca con la palabra democracia mientras justificaban estas atrocidades. Intelectuales de salón que arremeten contra Estados Unidos pero miran hacia otro lado cuando el torturador lleva boina roja.

El régimen de Nicolás Maduro no tortura por error ni por exceso. Tortura porque está en su ADN. Porque sabe que buena parte de la izquierda occidental —cómodamente instalada en democracias liberales— seguirá haciéndole el juego sucio hablando de «bloqueos», de «contextos», de «campañas mediáticas» y de «imperialismo». Las torturas se ejecutan con bolsas de plástico, pero se legitiman con palabras de pseudointelectuales nauseabundos.

En España, ese papel lo ha interpretado durante años el comunismo imberbe y bisoño que acabó convirtiéndose en proyecto político. Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias no son meras anécdotas, sino símbolos de una izquierda que ensalzaba el chavismo porque se reconocía en él. Vulgares y mediocres hombrecillos con ínfulas de dictadores que veían en Venezuela no una aberración, sino un anticipo: control del poder judicial, colonización mediática, persecución del disidente y relato único.

Mientras en El Helicoide se torturaba, ellos lo relativizaban. Mientras se asfixiaba a opositores, ellos hablaban de democracia popular. Mientras en «La Tumba» daban palizas mortales, ellos escribían columnas sobre lawfare. Mientras consumaban la decadencia del narcoestado, el ínclito consumidor de narcóticos Íñigo Errejón nos decía que en Venezuela «se respetan las libertades» y «la gente hace tres comidas al día». No es un error de análisis, es la podredumbre moral de esta gentuza, la hez más putrefacta y abyecta de nuestra sociedad.

También en Europa hemos visto esta miseria. El Parlamento Europeo ha votado en varias ocasiones resoluciones pidiendo la liberación de presos políticos en Venezuela. Y la trasnochada izquierda radical española votó en contra o se abstuvo. No por error. No por despiste. Por indecencia ideológica. Uno de esos personajes que votó en contra en 2023 era la ministra de Sumar, Sira Rego, hoy a cargo de la cartera de Juventud e Infancia. No soy capaz de quitarme la sensación de asco y náusea que atenaza mi estómago.

«Esto es el comunismo cuando gobierna. No el de los libros. No el de las consignas. El real. El que encarcela, el que tortura, el que asesina»

Conviene escribirlo sin ambages, para que nadie pueda fingir confusión: esto es el comunismo cuando gobierna. No el de los libros. No el de las consignas. El real. El que encarcela, el que tortura, el que asesina. El que necesita destruir al individuo para sostener la ficción del colectivo y construir muros para que nadie escape a sus garras.

Venezuela no cayó en una deriva autoritaria. Fue conducida a ella. Y quienes desde España jalearon, justificaron o relativizaron ese proceso tienen una responsabilidad política y moral que no prescribirá jamás. No basta con cambiar el relato cuando el hedor es ya insoportable ni templar gaitas cuando la sangre ya está seca.

Porque cuando alguien te cuenta que le quitaron el aire hasta perder el conocimiento, ya no estamos ante opiniones políticas. Estamos ante un crimen. Un crimen de estado. Y quien, sabiendo eso, te decía que Venezuela era un ejemplo de democracia participativa y avances sociales no era un ingenuo: era simplemente un cómplice.

Algún día (pronto) sabremos la verdad sobre el papel que han jugado estos y otros personajes siniestros, como Rodríguez Zapatero. La historia siempre acaba pasando factura. Y cuando lo haga preguntará quién estuvo del lado del torturado… y quién del lado del que sujetaba la bolsa en su cabeza.

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