Venezuela: la agresión pactada
«Los intereses de los cleptócratas venezolanos encajan con la aspiración depredadora de Trump y para éste la democracia nada vale ante el petróleo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El chavista Jorge Rodríguez ha destapado parte del juego, que ya cabía detectar en la declaración de Marco Rubio sobre las tres fases anunciadas para una normalización en Venezuela. Al definir políticamente la segunda fase, de «recuperación», el procónsul de Trump empleaba una expresión que no pertenecía al vocabulario americano: se trataría de generar una «reconciliación nacional» (national reconciliation, sic), un invento propio de otra génesis, la de la transición española. Y ello, a la vista de la rápida adecuación de los Rodríguez a las exigencias de Trump , apuntaba ya claramente a dos cosas.
De un lado, a la inesperada convergencia de ideas entre quien decidió la operación-secuestro y quienes de inmediato sucedieron en el poder a Maduro. A la vista de lo sucedido, eso conduce a pensar que la misma, si bien en el plano técnico-militar tuvo un protagonista made in USA indiscutible, en el político pudo responder a una colaboración previa de los disconformes del chavismo. No cabe excluir tampoco que en su desarrollo hubiese entrado, a partir de cierto momento, como auxiliar un componente español, con Zapatero, en calidad de mediador. El mejor indicio lo proporciona el seguimiento del diario español donde se filtran sistemáticamente las posiciones del Gobierno, cuando se trata de influir sobre la opinión pública en un tema de importancia.
Fue sorprendente comprobar, desde un primer momento, la perfecta división del trabajo entre editoriales y comentarios que condenaban el secuestro armado de Maduro, ordenado por Trump, como fachada, y otros reportajes y comentarios, que elucubraban sobre el futuro de Venezuela, siempre olvidando que había un referente democrático ineludible, la victoria electoral de Corina Machado en las presidenciales de 2024. Cuando se hicieron eco de la supuesta filtración del informe de la CIA sobre el riesgo de una toma del poder por la opositora, no quedaron ya más dudas: había que jugar al realismo, como Trump, cuando desestimó a la dirigente democrática por carecer de «respeto» en el «pueblo venezolano». Palabras contra Trump, y en definitiva, alineamiento con Trump.
Una actitud, por otra parte, asumida con una inesperada visceralidad por los portavoces hispánicos del trumpismo, dispuestos a saludar en el gorila norteamericano —perdón, elefante en una cacharrería— el promotor de la democracia en Caracas, por el curioso método de garantizar la continuidad de sus verdugos en el poder. Disfrazar a Delcy de Suárez fue un recurso imaginativo. Aunque como veremos, todo pueda suceder.
Han pasado pocos días desde el secuestro armado de Maduro, pero varias cosas se han ido aclarando y sobre otras, ante la evidente imposibilidad de llegar a una total clarificación, resulta lícito formular hipótesis verosímiles.
«Agresores y agredidos, al parecer, estaban ya previamente de acuerdo»
De entrada, destaca la confirmación de una verdad: puesto a hablar solo de sus éxitos, Donald Trump no puede prescindir de la mentira. En contra de su declaración, no hubo una victoria limpia, sino una operación muy precisa, exitosa en lo esencial, que sin embargo tropezó con una dura resistencia, provocando decenas de muertos entre los atacados, incluidos civiles, y quizás alguno entre los atacantes.
Lo esencial es que tanto militar como políticamente la operación difícilmente podía llevarse a efecto sin la colaboración del mando norteamericano con sectores del entorno inmediato de Maduro. Tanto para la localización de sus defensas, como para la instauración inmediata de un régimen provisional que se ajusta a los intereses de Trump y también a la continuidad del chavismo en el poder. Agresores y agredidos, al parecer, estaban ya previamente de acuerdo.
En las formas, esto puede sorprender, no en el fondo a la vista del continuismo y la sintonía que han presidido la sucesión. Delcy Rodríguez ha cumplido con su papel de heredera, con la necesaria apertura a las concesiones simbólicas —afirmación de soberanía, ofrendas a Chávez, lamento por Maduro—, y sobre todo una rotunda declaración de voluntad de acuerdo con Trump. Además, ejecutada de inmediato. Refrendada primero por la aceptación del vasallaje petrolífero, luego por la suelta parcial de presos políticos. Con cuentagotas, y para la galería, nuevo indicio de continuismo.
Le ha faltado poco a Delcy Rodríguez para que una sonrisa traicionase su satisfacción por desempeñar el papel de viuda alegre del chavismo. No existe la menor disonancia entre sus afirmaciones y las de Marco Rubio, y difícilmente dos cantantes entonan un dúo operístico sin que realicen un ensayo previo, satisfactorio para ambos.
«En 2016 Delcy promovió la entrega de una considerable suma para financiar la campaña presidencial de Trump»
La inesperada voluntad de adecuación de los Rodríguez, puede responder a distintas motivaciones. Una de ellas, es el hartazgo ante el exhibicionismo y el estilo provocativo de Maduro, un chulo desafiante que con sus gratuitas demostraciones ponía en peligro la supervivencia del régimen. Otra el papel determinante de los hermanos Rodríguez en la variante venezolana de asociación entre autocracia y cleptocracia. Teniendo a la vista un gánster político de las dimensiones de Trump, los hermanos Rodríguez podían suponer que su entramado de negocios sucios solo podía sobrevivir mediante una alianza en condiciones de radical subordinación. Había un antecedente significativo: en 2016 Delcy promovió la entrega de una considerable suma para financiar la campaña presidencial de Trump.
Su capacidad de maniobra, a la sombra del radicalismo revolucionario, no se limitaba al trato con personajes de la catadura de Aldama o Ábalos. Son muestra de esa misma habilidad para la maniobra, la amistad con ZP y la buena conexión con Sánchez, puesta de relieve en el show escenificado por nuestro presidente para avalar el golpe poselectoral de Maduro e impedir el reconocimiento por la UE de González Urrutia. Una obra maestra del cinismo político que ahora rinde sus frutos.
En fin, muy ligado a lo anterior, debió intervenir un sentido realista acerca de los riesgos que conllevaba la lealtad numantina a Maduro. La experiencia en relaciones internacionales de Jorge y de Delcy les aconsejaba hacer lo que hicieron. Y en definitiva, ¿qué le importan la democracia y el bienestar de los venezolanos a Donald Trump? Adenda. A Marco Rubio sí le importan, porque aquí se juega su futuro político.
Este es un elemento novedoso de la crisis venezolana. Por su envoltura en la extremosidad trumpiana, ha quedado en la sombra que la agresión del día 3, y sobre todo, el desarrollo de la estrategia americana en el curso de esta crisis no son nada nuevo bajo el sol. Trump ha tenido la amabilidad de arrojar luz sobre sus antecedentes al publicar su Estrategia de Seguridad Nacional, subrayando la continuidad con el imperialismo americano del primer Roosevelt. En su Corolario de 1904, el voluntario anti-español del 98 transformaba la voluntad defensiva de la Doctrina Monroe en la legitimidad para la agresión en el continente cuando los intereses americanos estuvieran en juego.
«La lucha cubana por la independencia, como ahora la venezolana por la democracia, sirvió de coartada para la intervención militar»
El corolario venía a normativizar el comportamiento seguido por el presidente McKinley en su enfrentamiento con España sobre Cuba, en el 98. El objetivo era buscar una guerra desigual, de la que resultara la posesión de la isla para los Estados Unidos. En su documentación diplomática, el cónsul en La Habana, Fitzhugh Lee, lo resumió brutalmente: Cuba era the richest slice que le tocaba saborear a USA en el Caribe. Todo medio valía para alcanzar ese fin. Y sentenciaba: As sure as the Sun will rise to-morrow, Cuba shall be American.
La lucha cubana por la independencia, como ahora la venezolana por la democracia, sirvió de coartada para la intervención militar, pero era un obstáculo por su finalidad patriótica. Todo le salió bien a McKinley, salvo que al justificar el Congreso la declaración de guerra a España por la independencia de la isla, no tuvo más remedio que concederla. Eso sí, en forma restrictiva, con el derecho de intervención, como ahora, entonces mediante la Enmienda Platt. Pero la tutela nunca se conjugó con la democracia, y el resultado último fue el levantamiento antimericano de Fidel.
Cuba fue el primer ensayo fallido de una exitosa serie de intervenciones militares y golpes de Estado, organizados por Washington a lo largo del último siglo, para derribar a quienes se opusieran a su dominio. Con éxito inicial, pero arruinados luego al no consolidar un régimen estable. Ejemplos: los espectaculares fracasos, primero en Irán, deponiendo al reformista Mossadeq en los años 50 para abrir el camino a la teocracia de Jomeini, y en 2003 al acabar con Sadam Hussein, haciendo lo mismo para que surgiera el Estado Islámico. Fueron pruebas inequívocas de esa prioridad miope, surgida por cederlo todo al corto plazo de los intereses imperialistas. Su último ejemplo es el alto en fuego en Gaza, a costa de Cisjordania.
El plan de Marco Rubio parece haber tomado en cuenta esos pésimos precedentes, por lo menos en la forma. Los intereses de supervivencia de los cleptócratas venezolanos encajan con la aspiración depredadora que Trump afirma sin ambages y para éste la democracia nada vale ante el petróleo. Tendremos noticia bien pronto del curso real de los acontecimientos, bajo la tutela trumpiana, por el alcance de la liberación de los presos y por la reanudación progresiva de la vida democrática. Nada invita al optimismo.
«El juicio sobre la agresión de Trump no puede disociarse de su carácter de vulneración rotunda del orden jurídico internacional»
En cualquier caso, el juicio sobre la agresión de Trump no puede disociarse de su carácter de vulneración rotunda del orden jurídico internacional, sin ofrecer otra justificación que la prioridad absoluta de los intereses americanos. Resulta penosa la letanía de justificaciones trumpistas, casi siempre ligadas al desprecio del Derecho, de la justicia internacional, y al elogio encendido de la estrategia del gánster, siempre que su crimen o su delito sean de buena intención, esto es, que coincidan con las nuestras. El problema es que el secuestro de Caracas no responde a demanda democrática alguna, ni de defensa de los derechos humanos, sino a una visión de las relaciones internacionales, previas incluso a Hobbes, de un estado de naturaleza donde el pez grande se come al chico, según el proverbio político hindú.
Además. para juzgar lo de Venezuela, aunque funcione esta vez la fábula del burro flautista, hay que mirar a sus planes sobre Groenlandia, y casi más, a su patronazgo del asalto al Capitolio de Washington. Pensar en un futuro democrático para Venezuela es una cosa. Otra bien distinta avalar el instinto depredador de Trump, su voluntad de destruir, de destruirnos.
Para terminar, volvamos al principio. En todo el recorrido, bajo la superficie, Zapatero ha estado siempre ahí, paradójicamente beneficiado por su lamentable papel de defensor de Maduro, y en especial, del clan Daisy. Ahora sus ideas triunfan, nuevo caso de burro flautista, con la estrategia convergente de Marco Rubio y de los Rodríguez. Trump hace suyo el distanciamiento de Daisy, además tan interesada como ZP y como Sánchez, de que sigan en la sombra las relaciones entre los dos vértices de poder desde 2019. Otra solución política en Caracas podía hacer estallar el caso Ábalos.
Y para Pedro Sánchez, miel sobre hojuelas. Trump le sigue sirviendo como espantapájaros contra la derecha constitucional, para uso interno, mientras tiene lugar la entrega de los intereses económicos de todos al independentismo catalán. Y al mismo tiempo que denuncia a Trump, le sirve al lado de ZP en Venezuela. Ambos están más que acostumbrados a nadar en aguas turbias y ahora se encuentran muy a gusto en ese medio, con sus voceros anunciando de antemano el éxito de su realismo. ¿Por qué apostar por la democracia cuando es más rentable seguir a Trump?
La única ventaja es que los hechos no tardarán en quitar las máscaras a los actores de esta tragedia.