Diez razones para leer la Biblia a tus niños
«Mientras que muchos cuentos o películas infantiles dulcifican el mundo, la Biblia no lo hace en absoluto. Prepara así a la criatura para un mundo duro»

Wikimedia Commons.
Aunque la natalidad ande de capa caída no ya en Occidente, sino por todo el mundo, aún quedan algunos niños correteando por ahí. De modo que no resulta improbable que este año le toque a usted hacer algún regalo a algún crío, quizás incluso a algún hijo suyo. Mi recomendación literaria es que le agasaje con una biblia. O que incluso vaya más allá y le otorgue un presente aún mayor: leerle, todos los días, algún capítulo de tan magna obra.
Cierto es (hagamos ya frente a una primera objeción posible) que hay pasajes bíblicos que podrían resultar algo descontextualizados para un chavalín. Cuando Qohélet, el autor del libro del Eclesiastés, insiste en que «Vanidad de vanidades, todo es vanidad», quizá sus palabras choquen un tanto con esos colores pastel y esos peluches regordetes que suelen atiborrar los dormitorios de nuestros niños. Pero hay numerosas adaptaciones infantiles de la Biblia que pueden ayudarle a sortear parejos inconvenientes. Es importante, eso sí, que tales ediciones no agüen tanto el mensaje bíblico como para convertirlo en un mero peluche más de la habitación. No he hecho un estudio exhaustivo de las ediciones para niños, y críticos tiene el mundo editorial como para pronunciarse mejor que un servidor sobre este extremo (¿se imaginan una crítica literaria del gran Alberto Olmos sobre las biblias infantiles?). Por mi parte, apenas puedo apuntar a la Biblia de los niños ilustrada por Piet Worm, que fue la que allá a inicios de los años 80 leí como hay que leer estas cosas: siendo un crío.
Ahora bien, una vez hallada una biblia infantil en condiciones o —para los más corajudos— una vez emprendida la tarea de leer la Biblia misma sin más, he de advertirle que es muy probable que usted descubra que de tal actividad se derivan un montón de beneficios. Para que no le pillen del todo por sorpresa, he decidido recopilar aquí unos cuantos; si bien no resulta inverosímil que usted pueda descubrir varios más (si este artículo fuera un vídeo de YouTube, es ahora cuando yo le alentaría a compartir sus propios descubrimientos en la sección de comentarios; como este artículo no es un vídeo, me conformo con animarle a contármelos si alguna vez tengo el gusto de compartir alguna conferencia mía con usted).
Los judíos han contabilizado un total de 613 mandamientos en la Biblia; los cristianos, más sintéticos, solemos quedarnos con los diez principales, recibidos por Moisés en el Sinaí. Aquí voy a limitarme también, aunque existan muchas más (¡acaso 613!), a solo diez ventajas de leer la Biblia a los infantes. Son las diez ventajas que yo mismo he captado; no en el Sinaí —que por desgracia aún no he visitado—, sino leyendo la Biblia a mis sobrinos de ocho años. De manera que mucho del mérito de lo que sigue no es mío: está compartido por ellos dos.
1. La Biblia son historias y personajes. Y a los niños les encantan las historias y los personajes. Esto lo saben de sobra Disney o Filmax, así que estaría bien que lo supieran también los catequistas y los profesores de Religión.
2. Gracias a las historias y personajes bíblicos evitaremos equiparar la religión con una lista de mandatos («sé bueno», «no mientas», «comparte tus juguetes con tus amiguitos»…). Es decir (por ponernos kierkegaardianos): evitaremos que los niños se queden con la idea de que una religión es lo mismo que una moral, cuando en realidad el estadio religioso es más bien una superación del tipo de vida en que solo nos importa ser «éticos» y ya está. O, por decirlo ahora con santa Teresa de Jesús: aunque una vida recta caracterice la tercera morada de nuestra interioridad, quedan luego otras cuatro moradas más profundas para acercarse a Dios. Y tienen mucho que ver con nuestra relación con Él. Y de eso van las historias de la Biblia: de la relación de muchas personas con Él.
3. El punto 2 no debe entenderse como una forma de capitidisminuir la importancia de la moral (en el sentido de «bueno, da un poco igual cómo sea tu vida; tú piensa de vez en cuando en Dios y sus historias y ya está»). ¡Al contrario! En realidad, en la Biblia el mensaje moral se hace mucho más hondo del que solemos dar a nuestros chavales. En sus páginas, el mal trae consecuencias terribles: la expulsión del paraíso terrenal, el diluvio universal, las diez plagas de Egipto… (He de confesar aquí mi propio aprendizaje: al ir a narrar a mis sobrinos cómo el mar Rojo se cerró, por orden divina, sobre el ejército egipcio y acabó así con todos sus guerreros, por un momento temí que alguno de ellos me cuestionara sobre la bondad de un Dios que actúa de un modo tan contundente. Mis miedos apologéticos quedaron, empero, disueltos en cuanto mi sobrino oyó tal suceso y respondió con un sonoro «¡Bien por Dios!» ante semejante rotundidad divina. Parece que el crío sí ha captado que Dios no es un peluche más de su dormitorio).
4. Como un niño no nace con mentalidad woke, acepta perfectamente un mundo donde alejarse de Dios tenga consecuencias —dolorosas—. Ahora bien, la Biblia tampoco simplifica las cosas: después de que Jacob luche durante toda una noche contra el ángel de Dios, recibe de este nada menos que su nuevo nombre (Israel); de manera que cierto batallar con Dios es comprensible en la vida de cualquier persona.
5. La Biblia en realidad les habla a los chavales de cosas a las que están habituados desde pequeñitos: las relaciones familiares, las amistades, las enemistades… Así, cuando mi sobrina de ocho años oyó el inicio de la historia de Jacob con su tío Labán, trazó ella misma la genealogía de tal relación: «Si Labán es el tío de Jacob, pero su abuela paterna Sara solo tuvo un hijo (Isaac), Labán entonces tendrá que ser hermano de su madre Rebeca, ¿no?». Los niños son tremendamente listos cuando se les habla de cosas que les resultan familiares (nunca mejor dicho); así que la Biblia promete momentos de lo más intensos ahí.
6. Mientras que muchos cuentos o películas infantiles dulcifican el mundo, la Biblia no lo hace en absoluto. Prepara así a la criatura para un mundo duro: padres (como Abraham) dispuestos a sacrificar a su hijo (Isaac), madres (como Jocabed) que abandonan al suyo en el río (Moisés), hermanos (como los hijos de Jacob) que venden a otro de sus hermanos (José)… Sin olvidar una posibilidad trágica del mundo real que descubrieron mis sobrinos con la Biblia: que, a veces, los padres tienen un hijo favorito (Esaú lo era para Isaac, José para Jacob); posibilidad que les preocupó sobremanera (por motivos comprensibles) y creó un vivo debate entre ellos.
7. Otro aspecto que les gustó mucho a mis sobrinos fue descubrir que varias frases de la vida cotidiana (como «venderse por un plato de lentejas») o nombres de cosas (como un «moisés») tienen su origen en acontecimientos sucedidos hace 3.700 o 3.200 años. Y narrados en la Biblia. Con el tiempo, descubrirán que no son solo algunos dichos o vocablos, sino también pinturas, esculturas, películas, oratorios, cantatas, himnos, novelas, sonetos y dramas, lo que pueden entender mejor gracias a su familiaridad con los viejos Noé, Sara o Daniel.
8. También la Biblia nos ha dado lugar a ver otras culturas como nunca las muestran los cuentitos infantiles: culturas en que uno se casa con varias mujeres (Jacob lo hizo, por ejemplo, con Lía y Rebeca); o hay esclavas con las que se tenían hijos (así, Abraham engendró a Ismael con Agar). Poca gazmoñería hay aquí, pues. Tampoco etnocentrismo: aunque enseñar a tus niños las historias de la Biblia implica, sin duda, sumergirlos en una de las fuentes más caudalosas de nuestra civilización, también estarás, curiosamente, abriéndolos a formas muy distintas de habitar la tierra. Ambas cosas al mismo tiempo. Este es el único libro que consigue algo así.
9. En penúltimo lugar, por supuesto, hay que mencionar que la propia Biblia recomienda que hagamos este tipo de cosas: «Instruye al niño en el camino correcto, y aun en su vejez no lo abandonará» (Proverbios 22,6). Y que leer sus historias puede paliar los efectos terribles que tienen esas clases de Religión en que solo se enseña a hacer murales «Por la Paz del Mundo» y a cantar «Viva la gente, la hay donde quiera que vas» porque Jesús es, simplemente, «un Dios que te quiere mucho» y ya está. De hecho, ni esos murales, ni esos cánticos, ni ese Jesús blandito aparecen en la propia Biblia; así que, quién sabe, quizá incluso logremos instilar en los críos cierta sutil desconfianza hacia tanto elemento tan azucarado que los rodea —y amenaza con diabetes— por doquier. (Es conveniente, a este respecto, insistir, una vez llegados al Nuevo Testamento, en algo que Vance Havner supo ver bien: que Jesús nos mandó ser la sal del mundo, no el azúcar).
10. Para terminar, advirtamos, como en el prospecto de cualquier medicamento, de un riesgo que también tiene este: que a partir del momento en que usted sumerja a su peque en este tipo de lecturas, el crío empiece entonces a ver el resto de historietas que se le suelen contar a un niño como meras bagatelas comparadas con la potencia de la Biblia. O que incluso mantenga tal sensación una vez llegado a adulto y haya de toparse con todo tipo de literatura (barata). Se trata de un riesgo, sin embargo, soportable. Como atestiguamos muchos de los que hemos caído ya en él.