Don Corleone en la Casa Blanca
«Ceuta y Melilla pueden ser nuestra Groenlandia. Mohamed y Fátima son ya los nombres más frecuentes de los niños que allí nacen»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Los invasores de todos los tiempos siempre se han encontrado argumentos espurios para justificar la anexión de territorios ajenos. Adolf Hitler, por ejemplo, invocó el origen mayoritariamente alemán de la población de los Sudetes para anexionarse en 1938 esa región que pertenecía a Checoslovaquia.
La operación incluso contó con el aval de dos tontos útiles, los primeros ministros de Francia y Reino Unido, que pensaban que así garantizaban la paz en Europa. Solo un año después, cuando las tropas alemanas invadieron Polonia y el resto de la Europa Oriental, los nazis pusieron en circulación la doctrina del «espacio vital», que justificaba esa ocupación por la necesidad que el III Reich tenía de tierras, materias primas y espacio para la raza aria.
Desalojados los alemanes, también los soviéticos hallaron hermosas razones —la defensa de la Revolución rusa, del socialismo y del proletariado mundial— para someter despóticamente durante más de 40 años a todas las repúblicas comunistas satélites del otro lado del Telón de Acero. De esa nostalgia soviética nació también la reciente invasión de Ucrania, una nación, que según la propaganda de Vladímir Putin no tiene derecho a existir porque es solo una prolongación del pueblo ruso que ha caído en manos de un gobierno de nazis.
Ahora es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, el que invoca intereses geoestratégicos y razones de seguridad nacional para robarle la isla de Groenlandia a Dinamarca y a sus 56.000 habitantes. Como en todos los casos anteriores, ni siquiera se trata de una doctrina fundamentada en hechos objetivos incuestionables, porque EEUU ya tiene una base en la isla y el territorio pertenece a la OTAN. Más bien se trata del apetito desmedido del repelente niño consentido, dispuesto a apropiarse de lo que no es suyo porque tiene el poder coercitivo para hacerlo.
Pero lo que más sorprende de la actual administración norteamericana es el discurso de impunidad, el desparpajo con el que exige y hace las cosas. No le basta con ganar, también quiere humillar a sus interlocutores, aunque estos sean amigos y aliados de décadas. Ni siquiera se esfuerza por desarrollar un relato, un discurso mínimamente elaborado basado en toda esa literatura al por mayor de principios vagos. Por el contrario, manejan el lenguaje propio de la extorsión de los Vito Corleone, amenazando con males mayores si no se cumplen sus exigencias, ya sea una Isla, las materias primas de Venezuela o la concesión del Premio Nobel de la Paz. Decir no, significa enojar al chulo de patio del colegio, ganarse su ira y exponerse a una reacción contundente.
«Los Estados Unidos se han hecho tan grandes territorialmente gracias a la rapiña sobre sus vecinos»
Y sin embargo, todo lo que ahora hace y dice Trump no es tan ajeno a la tradición y a la génesis de su país. La nación de la Estatua de la Libertad es también la del Séptimo de Caballería persiguiendo a los indios para expulsarlos de sus tierras. En parte, los Estados Unidos se han hecho tan grandes territorialmente gracias a la rapiña sobre sus vecinos, fundamentalmente los pobres mexicanos que tan pendientes viven ahora de que España les pida perdón por haber puesto fin a los sacrificios humanos de los aztecas.
Los españoles del 98 que lloraron la pérdida de Cuba ya descubrieron cómo se las gastaban los norteamericanos. Los yankees culparon a España de la explosión fortuita del Maine en el puerto de La Habana para declararle la guerra, que acabó con la independencia de la isla, pero también con la toma de Puerto Rico, Filipinas y la isla de Guam como botín de guerra. Medio siglo antes, en 1848, los Estados Unidos ya se habían quedado con más de dos millones de kilómetros cuadrados de México —cuatro veces la superficie de España—, apoderándose de California, Nevada, Utah, Nuevo México y partes de otros estados. Previamente habían incorporado Texas a la Unión.
Sin embargo, los estadounidenses no son los únicos malvados de la historia reciente que han crecido territorialmente a costa de asaltar las fronteras de sus vecinos. China, que tan buena prensa tiene entre la izquierda mundial, ocupó y se anexionó el Tíbet en 1950, obligando a firmar su rendición a un desvalido dalái lama que solo tenía 15 años de edad.
Ahora, tras recuperar Hong Kong y Macao, su gran objetivo nacional es Taiwán, la isla a la que intimida y amenaza permanentemente con maniobras militares y demostraciones de fuerza. Como le ha ocurrido siempre a todas las superpotencias, la voracidad china tampoco tiene límites y eso explica que tenga conflictos con Laos, la India, Nepal, Bután, Mongolia, Birmania, Japón y Filipinas, con los que se disputa el control de rutas, mares, islas y territorios en esa zona de Asia.
«El actual Gobierno español debería estar más pendiente de hacer amigos y de medir el riesgo que crece a la puerta de su casa»
Pero ni siquiera hace falta ser una superpotencia para tener apetencias de expansión hacia tierras vecinas. Marruecos es el caso geográficamente más próximo de como la perseverancia de décadas, las amistades poderosas —Israel y EEUU—, además de la ceguera de gobiernos como el español, han conseguido que medio siglo después de la Marcha Verde, aquel multitudinario acto de chantaje, se reconozca de facto su soberanía sobre el Sahara Occidental, en una demostración más de que la fuerza bruta casi siempre prima sobre el tan invocado derecho internacional.
El actual Gobierno español, siempre tan dispuesto a liderar cruzadas para confrontar con los Estados Unidos e Israel, debería estar más pendiente de hacer amigos y de medir el riesgo que crece a la puerta de su casa. No será algo inmediato, pero nuestro vecino es ese volcán latente, ese enemigo semiescondido que en algún momento del futuro puede entrar en ebullición y crearle aún más problemas graves a España. Son muchos los motivos acumulados para la desconfianza: el incidente de Perejil, resuelto entonces con la ayuda norteamericana, el asalto masivo de la valla de Ceuta en 2021, el chantaje de la permanente presión migratoria o las reclamaciones sobre las aguas territoriales del entorno de las Islas Canarias.
A medio plazo, Ceuta y Melilla pueden ser nuestra Groenlandia. Mohamed y Fátima son ya los nombres más frecuentes de los niños que allí nacen y en poco tiempo la población de las dos ciudades será mayoritariamente musulmana. Así las cosas, ¿cuánto falta para que surja un partido musulmán que gane las elecciones autonómicas y reivindique desgajarse de España e incorporarse a Marruecos?
Si llega ese momento, todo dependerá no tanto del derecho internacional que de nada le está sirviendo a los abandonados saharauis, sino de la fuerza militar que tenga España para defender la integridad de sus fronteras y de los aliados y países amigos que apoyen su causa. En especial del lado que se coloquen los EEUU.