Lou Reed en Teherán
«Que la izquierda anticapitalista aún tenga simpatía por algunas dictaduras resulta chocante si pensamos que un día hubo una izquierda libertaria en los años 60»

Ilustración de Alejandra Svriz
El debate sobre la incursión norteamericana en Venezuela ha exhibido las contradicciones habituales: los simpatizantes de la dictadura de Maduro han pedido respeto al derecho internacional y a la soberanía nacional, pese a que los derechos fundamentales de los venezolanos decayeron en cuanto Hugo Chávez llegó al poder enarbolando el «socialismo del siglo XXI». Desde luego, otro gallo hubiera cantado de tratarse de una dictadura de corte fascista; la democracia es una palabra multiusos que se emplea solo cuando conviene. Del lado liberal, sin embargo, también se ha protestado: el rechazo a Donald Trump, un líder patrimonialista dispuesto a convertir a los Estados Unidos en el gendarme corrupto del mundo, ha primado sobre cualquier consideración acerca de la naturaleza insidiosa de las tiranías.
Y en esas andábamos cuando supimos de las manifestaciones de no pocos iraníes contra el régimen de los ayatolás, longeva dictadura de vocación teocrática que ha concitado la simpatía de buena parte de la extrema izquierda occidental desde que Jomeini llegase al poder al final de la década de los 70. En algunos casos, podemos hablar de un delirio de tintes patológicos: el gran pensador francés Michel Foucault se adhirió públicamente a la revolución islamista, queriendo así para los iraníes lo que jamás hubiera querido para su Francia natal y menos aún para ese homosexual que él mismo era. Pese a su brillantez intelectual, Foucault contribuyó así a la confusión de la izquierda global en materia de modelos sociales; su tesis de que el individuo es menos libre cuando las sociedades se hacen liberales ha alimentado toda clase de visiones paranoicas sobre el mundo occidental.
«Pocas son las feministas de izquierda que han salido a condenar el patriarcado islámico»
Esa singular genealogía intelectual tal vez ayude a explicar que la noble causa de los iraníes —en la medida en que las protestas en curso respondan a motivos emancipatorios y no simplemente materiales— suscite tan poco entusiasmo en unas sociedades democráticas donde el destino de los palestinos ha venido movilizando a miles de ciudadanos. Y ninguna postura es tan escandalosa como la del feminismo radical: pese al conmovedor protagonismo de las mujeres persas en las manifestaciones de estos días, simbolizadas por esa fotografía en la que una joven exiliada en Canadá enciende su cigarrillo con una fotografía del líder supremo Alí Jemenei, pocas son las feministas de izquierda que han salido a condenar el patriarcado islámico.
Que la izquierda anticapitalista aún tenga simpatía por algunas dictaduras —Venezuela, Cuba, Irán— resulta chocante si pensamos que un día hubo una vigorosa izquierda libertaria en los años 60. Es posible que la romanticemos: una cosa es que la contracultura fuese libertaria cuando se enfrentaba a la derecha conservadora y otra bien distinta es que se adhiriese a la democracia liberal, cosa que en realidad nunca estuvo demasiado clara. Pero sí que hubo —algo hay todavía— una izquierda que ponía el énfasis en las libertades personales; una que jamás hubiera bendecido a la Venezuela de Maduro ni al Irán de Jamenei, pidiendo como pide que cada uno pueda vivir como mejor le parezca.
Yo me he acordado estos días de Sex with your parents, una canción que Lou Reed graba en 1996 para denunciar la hipocresía de la derecha republicana norteamericana. En ella recuerda a sus miembros más puritanos que la gran ciudad —en este caso Nueva York— desprecia a quienes «se ríen de sus libertades» aprobando leyes en las que se dictamina lo que se puede decir, mirar o fumar. Ni que decir tiene que las libertades personales no son absolutas; no nacimos ayer. Pero es triste comprobar que todavía haya quien grite contra una democracia mientras guarda silencio ante una dictadura. Play it again, Lou!