The Objective
Antonio Caño

Todos contra Trump

«Hacer frente al presidente de EEUU es hoy una obligación de cualquiera que defienda la democracia en cualquier parte del mundo»

Opinión
Todos contra Trump

Ilustración de Alejandra Svriz.

Los últimos acontecimientos nos sitúan ante la cruda realidad de que Donald Trump está fuera de control y que le corresponde al mundo democrático la ardua e inesperada tarea de hacer frente al presidente norteamericano. Todos los demócratas del mundo, independientemente de su ideología y de sus simpatías por Estados Unidos, tienen que sumarse a esa causa si no quieren ver cómo salta por los aires cualquier esperanza de una convivencia civilizada entre naciones.

Nadie esperaba una evolución tan rápida y dramática de la gestión presidencial de Trump. El recuerdo de su primera y errática Administración y su promesa de no actuar como el policía del mundo hizo concebir esperanzas de que el daño ocasionado quedara dentro de las fronteras de Estados Unidos, donde podría ser en última instancia atenuado por la fortaleza de las instituciones de aquel país, contando entre ellas con las Fuerzas Armadas, si llegase a ser preciso.

Incluso en este último cálculo fuimos optimistas. El perjuicio a la democracia americana es mayor del esperado no solo por el devastador deterioro institucional ocasionado -se habla incluso de suspender las elecciones o de modificar las reglas electorales para favorecer a Trump-, sino por el peligro creciente de un enfrentamiento civil como respuesta a la actuación salvaje e ilegal del ejército privado en el que Trump ha convertido a la policía de inmigración (ICE).

Pero es en el ámbito internacional donde el peligro que Trump representa es más acuciante. El capricho del presidente norteamericano de poner el territorio de Groenlandia bajo soberanía de Estados Unidos -no justificado por ninguna razón de seguridad, puesto que se trata de una isla defendida por la OTAN y en la que Washington dispone tratados que le permiten una fuerte presencia militar- ha dejado en evidencia que Trump no tiene ningún interés en la supervivencia de la Alianza Atlántica ni en la defensa de Europa. Es más, los tradicionales socios europeos se han convertido en estorbos y rivales. Hasta un dirigente conservador que potencialmente podía ser un aliado de primer orden de EEUU, el presidente polaco, Donald Tusk, ha alertado del «desastre político» que representan las intenciones anexionistas de Trump.

Todas las luces rojas que anticipan ese desastre han acabado de encenderse cuando Mark Carney, el líder de un país tan estrechamente vinculado a EEUU como Canadá, ha manifestado en su reciente visita a China que en estos momentos es más fácil entenderse con Pekín que con Washington. Trump le está regalando a China el protagonismo que los demócratas le negábamos por el rechazo que su régimen autoritario merece. Igual que le está regalando a Putin el tiempo y la indiferencia para que acabe apoderándose de Ucrania.

«La personalidad de Trump le hace despreciar a los que él considera débiles o que le dan la razón»

Muchos de quienes desean la democracia en Venezuela se aferran a la esperanza de que, tras la pasividad trágica de los países europeos y la complicidad objetiva del Gobierno español con la dictadura, Trump acabe por devolver la libertad a ese país. Pero esa ilusión se va desvaneciendo cada día que pasa, y la detención de Nicolás Maduro queda por ahora reducida a un simple acto de matonismo que, lejos de lo esperado, puede acabar consolidando el régimen tiránico, aunque ahora como aliado de Washington. De momento, lo que está consiguiendo Trump es que una valiente resistencia democrática se vaya transformando paulatinamente en una fuerza política a sus órdenes y que la que era una heroica representante de esa oposición tenga que dejar fragmentos de su dignidad para satisfacer al narciso de la Casa Blanca.

Esta brutal irrupción de Trump en el orden internacional coge, por supuesto, a cada cual pendiente de sus propias urgencias. En España no existe hoy mayor urgencia que deshacerse de Pedro Sánchez, cuyos efectos sobre la política nacional no se distancian mucho de los de Trump en otras esferas, y sus rasgos personales, tampoco.

Pero tanto los demócratas españoles como los de cualquier otro país deben de hacer compatibles esas urgencias con el combate a Donald Trump. Cualquier intento de apaciguamiento se verá condenado al fracaso. La personalidad de Trump le hace despreciar a los que él considera débiles o que le dan la razón. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, nos marca el camino: tras el intento de humillación al que fue sometido en el Despacho Oval el año pasado, reaccionó con orgullo y se negó a aceptar las condiciones impuestas por Trump para rendirse ante Moscú.  

Es comprensible la sensación de abandono y desconcierto en la que están sumidos los líderes europeos después de ochenta años de robusta alianza de seguridad y modelo político con Estados Unidos. El vacío que se abre si Washington abandona al mundo libre es monumental. Pero por ahora la única forma de evitarlo es enfrentarse a Trump, hacerle ver que no vamos a tolerar dócilmente su dominio imperial y no vamos a satisfacer obedientemente cada uno de sus caprichos. Trump no es un demócrata y debemos dejar de confiar en que reaccione como tal. Solo entiende la ley del más fuerte y, en la medida de lo posible, de esa forma hay que responderle. Si nuestra fuerza militar es escasa, echemos mano al menos de la fuerza de la fuerza del derecho y la legitimidad democrática.

Es evidente la tentación de algunos países de buscar el entendimiento directo con Trump. Esa tentación es mayor en los gobernantes con menor vocación democrática, como ha demostrado recientemente el presidente de Colombia, Gustavo Petro. Pero, insisto, el apaciguamiento no va a funcionar. Trump no responde al patrón de ningún político que hayamos visto en acción en las últimas décadas. Su ansia de poder es ilimitada y su necesidad de adulación y de sometimiento de sus colaboradores es solo comparable a la de un emperador romano. Resistirse a plantarle cara por miedo o porque hoy sus intereses coincidan accidentalmente con los míos puede ser simplemente suicida.

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