Política exterior
«La ruptura de la confianza entre EEUU y Europa nos habla de una fractura en nuestra civilización. Sin un fuerte vínculo transatlántico, el siglo XXI será fatídico»

Ilustración de Alejandra Svriz.
De repente la política española ha vuelto a palidecer. La corrupción ha pasado a un segundo plano, mientras el Gobierno sigue extendiendo la chequera para incrementar la financiación autonómica y añadir traspasos de competencias: la consigna es resistir y confiar en el tiempo, ese socorrido benefactor. Pura doctrina Rajoy, aunque con mayores dosis de imaginación y un uso más descarado de los resortes presupuestarios que concede el poder. Terminó el año Franco y ha dado inicio un nuevo curso, cuyo epicentro no pasa ya por Madrid. Los titulares los acapara la Administración Trump y su decidido impulso de acelerar la historia. Por si cabía alguna duda, el siglo XXI despliega ya todos sus efectos.
Venezuela, Cuba, Irán y Groenlandia desfilan como capítulos de una novela por ahora sin desenlace. Se ha hablado —y mucho— de un reparto del mundo entre las grandes potencias, debido al eclipse de Europa y al ascenso tecnológico y militar de China. Se trata de un desafío mayor que el que planteó la URSS, porque Occidente tiene ante sí esta vez una historia de éxito. Quiero decir que, al poder duro de las armas, se le añade un nivel distinto: una especie de soft power que no se mide sólo en TikToks. Realmente, se halla ante un modelo autocrático y dictatorial capaz de sacar de la pobreza a cientos de millones de ciudadanos chinos.
No es casual que esta influencia se extienda a otras naciones asiáticas, a los países africanos e incluso —como intentos a veces fallidos— a algunos países de la América hispana. Ahí se conjuga el desarrollo económico con el control político; la voluntad de imperio y la conciencia histórica con el manejo de unos tiempos largos —medidos en siglos, se diría—, absolutamente inusuales en el devenir actual de Occidente, demasiado malacostumbrado a las urgencias demoscópicas de un electorado tan caprichoso y voluble como temeroso ante los cambios.
Unos cambios que tienen como actor protagonista a la tecnología. Recordemos Breakneck, el último libro de Dan Wang, en el que nos habla de la cultura de los ingenieros, definitoria del Gobierno chino, frente a la mentalidad jurídica y legalista que marca la experiencia occidental, al menos desde la posguerra europea. Puede tratarse de una simplificación útil o de una caricatura puesta al servicio de una narrativa, pero apunta hacia algo importante que no debemos desdeñar a la ligera: el futuro se juega en primera línea y no en el pasado. Vivir de espaldas a la realidad nunca ha sido un buen consejo.
«Controlar Venezuela e Irán, por ejemplo, supone un acceso masivo a las reservas petrolíferas mundiales»
A medida que crece la incertidumbre geopolítica también aumenta el miedo. Ambos funcionan como vasos comunicantes que inducen a la acumulación de errores. Es posible que Washington y Pekín hayan decidido repartirse sus zonas de influencia, como en un nuevo Tratado de Tordesillas, pero es más probable aún que nos movamos en un territorio gris, lleno de sombras, en donde la Administración Trump haya decidido acelerar los desafíos con el objetivo de ganar tiempo y contener la expansión china. Controlar Venezuela e Irán, por ejemplo, supone un acceso masivo a las reservas petrolíferas mundiales. Uniendo Cuba a la ecuación, se cortarían varios de los grandes canales del terrorismo global.
Hay una lógica implícita en las decisiones de Trump. El interés por Groenlandia, sin embargo, permanece indescifrable. No puede ser sólo una cuestión de seguridad nacional, aunque haya una parte indudable de verdad en ello. La ruptura del vínculo de confianza con Europa va más allá de unos puntos medibles en el PIB. Nos habla más bien de una fractura en el seno de nuestra propia civilización, en la familiaridad entre dos mundos que son realmente uno solo. Esta es una tragedia que, de tener lugar, la pagaríamos cara durante generaciones y generaciones. Sin un fuerte vínculo transatlántico, el siglo XXI será fatídico.