The Objective
Fernando R. Lafuente

'El desencanto' 50 años después

«Jaime Chávarri dejó con esta película el cuadro más brutal y certero de lo que, incluso en una familia de la burguesía, habían significado los años de la dictadura»

Opinión
‘El desencanto’ 50 años después

El poeta Leopoldo María Panero en 1994. | EP

Todos los que aparecen en pantalla están muertos. La España que relatan, también. La película documental El desencanto cumple medio siglo. Parece increíble. Y los protagonistas son Felicidad Blanc (1913-1990), Juan Luis (1942-2013), Leopoldo María (1948-2014) y Michi Panero (1951-2004), bajo la sombra de quien, cual espectro, sentencia la vida de todos ellos, Leopoldo Panero (1909-1962). Los cuatro marcan la historia. Son actores extraordinarios de sí mismos. Impecables. Deslumbrantes. Desde la melancolía cernudiana de la madre, Felicidad, a la aparición demoledora de Leopoldo María. Cincuenta años después, lo alucinante de este documental es el ritmo, la atmósfera que su director, Jaime Chávarri (1943) introdujo en el montaje de cada intervención, como si de uno a otro, se pasaran el testigo.

Es un relato de sombras que alumbran una ausencia fantasmal, la del marido y padre, presente en cada intervención del resto. Es un contramanifiesto generacional, o un manifiesto generacional, al revés. La voz de Felicidad, con ese eco melancólico de un tiempo perdido, la casa de Astorga, los veranos en Castrillo, las muertes. Leopoldo María se convierte en el eje, terrible, generacional de la narración. El documental fue un golpe mortal, mucho más que cualquier movimiento político, de la España oficial y franquista.

La respuesta por los sectores más reaccionarios de la sociedad española de 1976 fue tremenda. Madre e hijos sufrieron amenazas telefónicas por parte de quienes creían vulnerado su relato imperial de una España lamentable. Era el documental de un fin de raza, del final de una estirpe que había sobrevivido a la Guerra Civil pero que ya no tendría sitio en la España que se aventuraba a un tiempo nuevo. La dirección de Chávarri es formidable. Hila las declaraciones, las confesiones, las conversaciones entre los integrantes de la familia con un engranaje cinematográfico tan sutil como exquisito.

Los cuatro, la madre y los tres hijos se retratan con una veracidad espeluznante. Los fetiches de Juan Luis —en el documental pareciera que quien ostenta la polémica del poeta de la familia, tras el padre, sea Leopoldo María, aunque enorme poeta, no a la altura, como los años han mostrado, de su hermano mayor—, cuentan un mundo de ayer: el cuchillo, el caballo japonés, la cruz, la postal de Cavafis, el sombrero Stetson y la veneración, advertida, a Malcolm Lowry, las fotos de Scott Fitzgerald, Camus, Cernuda, la pluma estilográfica de Foxá regalada a su padre, la intentona, que relata Juan Luis de traer, por parte del padre, a los exiliados a España, la polémica fatal del padre con Neruda en un intento patético, contrastan con las brillantes intervenciones, desde la primera escena en la que aparece, de Leopoldo: «La sordidez más puñetera que he visto en mi vida» referida a su propia familia. O de Michi, el hermano pequeño, el que no escribe, el que vive con mayor lucidez ante sus hermanos y quien siente que España, la España de 1976, y antes, es un «país aburrido y yo espero no serlo».

Ninguno de los cuatro es aburrido, todo lo contrario. Los cuatro, madre incluida, son una bomba de relojería. Felicidad era una niña bien de la República, padre médico, prestigioso, progresista, ella esquiaba, jugaba al hockey, se convirtió en la amiga y confidente de Cernuda en los primeros años de la posguerra en Londres, cuenta cómo el propio Cernuda se emocionaba al escuchar jotas en el Instituto Cultural Español en Londres, dirigido por Leopoldo Panero y describe la amistad de este último con su contrario, Pablo de Azcárate que dirigía el Instituto homónimo pero de los exiliados republicanos. Felicidad se recrea en la boda y en la abrumadora omnipresencia de Luis Rosales, gran amigo y confidente de Leopoldo Panero a lo largo de su vida: «Buscaba a Leopoldo y siempre me lo encontraba con Rosales». Todos hablan de todos y de sí mismos. Medio siglo después, la frescura, el ímpetu, la presencia de ellos en el documental es absolutamente actual.

«La cámara tiene momentos dignos del John Huston de Los muertos, cuando recorre las estancias vacías de la casa de Astorga»

La cámara de Chávarri tiene momentos dignos del mejor John Huston de Los muertos, cuando recorre las estancias vacías de la casa de Astorga, deteniéndose en los objetos, el mobiliario, las fotografías, como si todos ellos nos relevaran lo que nadie está contando, mientras la melancólica, y extraordinaria voz de Felicidad Blanc recorre las estancias en la finca de Castrillo, el palomar, los veranos. Pero lo que marcó a la generación de veinteañeros que contemplamos el documental fue Leopoldo María y el reguero de frases extraordinarias que marcan su intervención: «El fracaso es la más resplandeciente de las victorias», «El alcohol conduce a la soledad», «Yo me destruyo para saber que soy yo y no todos los demás», «En la infancia vivimos y después sobrevivimos», «Hemos sido la causa del desastre de mi madre. Mi madre también fue la causa de mi desastre, aquí el que no corre, vuela». Esa era la raíz del desencanto.

Los intentos de suicidio de Leopoldo, el episodio de sus detenciones (la de Cuatro Caminos es un episodio berlanguiano, muy de época), el derrumbe de la moral que la madre, más allá de su progresismo, había aplicado a su hijo Leopoldo, los reproches, que en conversación magistral, mantienen la madre, Leopoldo María y Michi en el jardín del Liceo Italiano, el profundo desconcierto de la madre tras la muerte de un padre autoritario, alcohólico y, por cierto, tan excelente poeta como sus dos hijos, Juan Luis, Leopoldo María, la llaneza, cervantina, de Michi, respecto a que ellos son, por el alcoholismo secular, un fin de raza astorgano, erosionado por el tiempo y «la incapacidad de los Panero para el trabajo», los reproches de la madre, ante ella misma, del suicidio de Calvert Casey y al no escucharle: «cosa peor hecha en mi vida», ese momento en que Leopoldo María habla de sus hermanos y los define a Juan Luis como un paranoico y Michi un esquizofrénico (simpático, eso sí, reconoce) son la radiografía más brutal del despojamiento de una familia ilustre derrumbada por ellos mismos y por la sociedad a la que se enfrentaron sin ánimo de enfrentarse a nadie salvo a ellos mismo y a su circunstancia.

Tremendas confesiones para la época: «Me rejuvenecí tras la muerte de vuestro padre» confiesa Felicidad. «Los hijos unen y también desunen» y ese relato, espeluznante, de Juan Luis ante la muerte del padre, que subraya la crueldad de la vida española de entonces y vete a saber si la de ahora: «Crueldad del pueblo español que, por un lado, admiro y, por otro, detesto». Chávarri tendrá su opinión 50 años después de su documental. Es el director de una de las mejores películas sobre la Guerra Civil, Las bicicletas son para el verano (de 1983, basada en una magistral obra teatral de Fernando Fernán Gómez) y de uno de los más brillantes retratos del exilio, en Las cosas del querer (1989) y su homenaje a Miguel de Molina. Dejó con El desencanto el cuadro más brutal y certero de lo que, incluso en una familia de la burguesía culta madrileña, habían significado los años de una dictadura tan cruel como ramplona.

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