The Objective
Fernando R. Lafuente

La ilusión viaja en familia

«Marcos Giralt Torrente realiza en ‘Los ilusionistas’ algo así como un viaje a la semilla, al principio de todo y fundamenta ese vivir familiar de ilusiones y secretos»

Opinión
La ilusión viaja en familia

El escritor Marcos Giralt Torrente. | Wikimedia Commons

Hace apenas unas horas, Marcos Giralt Torrente (Madrid, 1968) recibió el Premio Francisco Umbral al Libro del Año 2025, que conceden la Fundación Francisco Umbral y el Ayuntamiento de Majadahonda (Madrid), por una obra excepcional: Los ilusionistas. Karina Sainz Borgo escribía: «Es un libro inusual en unos tiempos editoriales reacios a la lentitud y la profundidad. Un clásico contemporáneo». Y tan inusual, de ahí su singularidad, su valor literario que muestra cómo la familia, la memoria y la impronta de cuanto se recibe marcan y subrayan la vida de las gentes. Incluso, todo aquel que se rebela contra ella manifiesta un interés, tal vez desmedido, hacia lo que ha heredado, hacia el ambiente en que ha crecido, se ha educado y ha escuchado las historias que se suceden de una generación a otra: «Relatos de muertos».

Giralt Torrente entra, en sus muy brillantes páginas, a fondo y sin anestesia en la cirugía y vivisección en el laberinto que cualquier familia, por poco que se indague, constituye. Y la suya de laberinto lo tiene todo. De ahí el doble valor de cuanto se narra. La pregunta es clara: ¿Qué nos hace ser como somos? En la respuesta, esa vida en familia, hasta la edad que se considere, o para siempre, es el centro de tal laberinto. Es decir, se trata de comprender la identidad de uno mismo mediante lo ocurrido en el pasado. La de Giralt Torrente comienza con sus abuelos, Gonzalo Torrente Ballester y Josefina Malvido, y continúa con la de los hijos de estos: Gonzalo, María José, Javier y la madre del autor, Marisa. Es una narración que recuerda al lector cómo la ficción y la realidad se mezclan y se funden en las biografías.

Ya en 2010 había publicado otra excelente obra narrativa, Tiempo de vida, muy centrada en la figura de su padre, el pintor Juan Giralt. En esas páginas quedaba claro que la cosa no iba ni de venganza ni de pedir cuentas a nadie, sino de mostrar y comprender al otro, las luces y sombras que cada uno, debe subrayarse esto, manifiesta o, tal vez, oculta. En Los ilusionistas, de nuevo la ficción, o el sueño, o la ilusión entran en juego. Fue Umbral quien advirtió: «Escribir es la manera más profunda de leer la vida», y esa vida familiar es la que ha escrito, de manera tan emocionada como implacable, Marcos Giralt Torrente. Si hay un término que podría definirla, este se acercaría a reconciliación: «Con mi abuelo hay una cálida reconciliación al final del libro —confiesa el autor—. Fue una riqueza crecer en una familia que cuidaba la transmisión de su cultura, pero también hubo fragilidad». Fragilidad ante los conflictos sin resolver, ante ese tiempo de vida que nos devora, ante esa mirada profundamente melancólica que exhibe el paso del tiempo.

Para el pintor Francis Bacon todo se resumía en lo siguiente: «Cada mañana cuando me pongo delante del espejo me digo: mira cómo trabaja la muerte en esta cara». La cara no es, supongo, el espejo del alma, pero, sin duda, es el espejo del tiempo. Más allá de la figura estrambótica de su tío Gonzalo Torrente Malvido (1935-2011), que sería un protagonista sin rival en una película que solo contara lo que hizo y escribió (era un buen narrador, finalista del Nadal en 1960), valdría para dar razón y sentido a ese viaje en el tranvía de la ilusión.

Giralt Torrente realiza algo así como un viaje a la semilla, al principio de todo y fundamenta ese vivir familiar de ilusiones, los secretos (tremenda es la correspondencia entre sus abuelos, espeluzna y conmueve), fundiendo diversos géneros, en una narración híbrida e introspectiva, densa, profundamente elegante: cartas, documentos, archivos, recuerdos, el juego eterno de la memoria y la herencia que de todo eso queda, moviéndose, pendiendo de un hilo inevitable: la fragilidad que une y desune.

«La vida nunca está en orden y ese desorden que deriva las más de las veces en caos es el argumento de la obra»

La ficción, también, como razón que da sentido a la realidad, personajes mostrados con toda la intensidad de unas vidas complejas, a veces atormentadas, otras en busca no de un tiempo perdido, sino de una identidad soñada, ilusionada. Es una realidad sin circunloquios. Pero si uno tuviera que destacar a uno de ellos, sería Marisa, la madre de Marcos. Una vida de los dos, madre e hijo, ajenos a todo y a todos y, sin embargo, fervorosamente vivos, presentes, cercanos. La vida nunca está en orden, ya nos gustaría, y ese desorden que deriva las más de las veces en caos es el argumento de la obra. De todas las obras, de todas las familias.

Fue en estas páginas (será mejor decir pantallas, porque ya no hay páginas numeradas) hace unas semanas cuando uno recordaba los cincuenta años de El desencanto de Jaime Chávarri, baste decirlo una vez más, el más brillante documental que se ha rodado en España. Trataba sobre la familia de los Panero. Allí no había un narrador; eran los propios protagonistas, alejados de sí mismos, los que se confesaban ante las cámaras en un desaguisado brutal. Los ilusionistas sería la otra cara, por recordar a Machado: «Busca tu contrario, que es tu complementario», para descubrir la tensión entre lo vivido y lo soñado. Al final, todo es ficción, un anhelo, una búsqueda fatal del tiempo por vivir y del tiempo vivido, de todo eso que inquieta y le fascina a cada cual: ¿Qué nos hace ser como somos?

Y la visa sigue. Escribe Giralt: «Comencé este libro con un objetivo similar, rendir tributo a quienes aparecen en él, y en particular a mi madre, que me los brindó en palabras. Ahora me doy cuenta de que inevitablemente es también una suerte de memoria portátil para mi hijo». Sí, «queda lo escrito» (James Salter), la cita que abre el volumen es una pista: «Escribo porque ellos han dejado en mí su marca indeleble y porque su rastro es la escritura». (Georges Perec), y pasará el tiempo, pasaremos cada uno de nosotros y quedará en la memoria, no solo en la de la familia aquí contada, sino en la de cualquier lector, una obra que bien mereció, por su valor literario, su audacia narrativa, su mirada limpia y serena, el Libro del Año, y será, nadie lo dude, el libro de tantos años como lectores se acerquen, ahí, a sus páginas, porque como se apuntaba al principio en las palabras de Karina Sainz Borgo, ya es un «clásico contemporáneo». Y, por cierto, qué título tan maravillosamente elegido para anunciar lo que uno se encontrará.

Publicidad