The Objective
José Antonio Montano

Compañeros de viaje

«Se trata ahora de eso: de los hilos que pudieron haberse interrumpido. Y de recordar a mis compañeros de viaje. De entrever la sacudida del caos en el orden del tren»

Opinión
Compañeros de viaje

Ilustración de Alejandra Svriz

Hay que dar un paso atrás, salir del politiqueo en el que yo también me he metido, porque es un fango infecto, y volver a lo importante: la muerte y la vida.

El domingo viajé en un tren como el accidentado, pero un poco antes y en la dirección opuesta. Mi Iryo llegó a Málaga desde Madrid a las 17.49 y el accidentado (¿otro, el mismo?) salió de Málaga hacia Madrid a las 18.40. El viaje de ida lo hice el jueves. Ni en la ida ni en la vuelta noté vibraciones ni nada anormal. 

En el andén de Atocha, el jueves al mediodía, una señora vino corriendo a devolverme el cargador del móvil, que se me había olvidado en el asiento. Gestos como ese no pudieron suceder en Atocha el domingo por la noche. El azar me había sentado junto a Arias, a cuya presentación de Letras Libres iba a asistir al final de esa tarde. De camino pasamos por una librería y hojeamos novelas del mexicano Ibargüengoitia, que murió en el avionazo de 1983, junto a otros escritores.

Se trata ahora de eso: de los hilos que pudieron haberse interrumpido. Y de intentar recordar a mis compañeros de viaje, los que hubieran venido conmigo en el accidente si se llega a adelantar. Se trata de entrever la sacudida del caos en el orden del tren.

El grado de mi misantropía es acusado últimamente, como vengo proclamando por aquí. Mantengo amabilidad y cortesía con el prójimo, pero para que me deje en paz. Tampoco quiero imponerle mi misantropía a nadie. En el tren no empujo, no protesto, dejo pasar educadamente; si bien, lo de ayudar a las mujeres con sus maletas, salvo que me lo pidan, se acabó: no quiero correr el riesgo de que me acusen de machismo. Y me permito poner cara de desagrado, o emitir algún gruñido, si el que tengo al lado desenvuelve un bocadillo pringoso.

«Durante la noche y la mañana, el número de muertos y heridos, los trenes destrozados, los primeros esbozos de historias»

Los niños son un considerable engorro, aunque por delante van los tratantes de ganado a grito pelado con el móvil. Cuando viajaba en el AVE me pedía el Vagón Silencio, en el que seguía habiendo tratantes de ganado a grito pelado con el móvil, pero ya no niños: el secreto de ese vagón es que no admite a menores de 14 años. Desde que opto por el Iryo, los niños han vuelto. Y en el viaje a Málaga tenía uno cerca; mejor dicho, una niña.

Pero era tan graciosa. Me incomodó al principio, por mi inercia misantrópica, pero me conquistó. El padre y la madre eran ejemplares, por cómo hablaban con ella. No debía de llegar a los cuatro años. Estaba fascinada con el viaje en tren, y con decir «mi sitio» cada vez que cambiaba para sentarse en otro. Era revoltosilla. Pero luego se apaciguó y pasó mucho tiempo dormida en los brazos de su padre. Solo se despertó para hablar por teléfono con la abuela, que la esperaba en Málaga.

El viaje fue bueno, después de todo. Entraba el solecito por las ventanas. Yo también me adormilé. Nos bajamos en Málaga, llegué a mi casa. A las nueve de la noche, preocupado por mí, Toscano me dio la noticia del accidente, y enseguida me preguntaron más amigos y amigas. Mis sensaciones recientes alborotadas de pronto.

Durante la noche y la mañana, el número de muertos y heridos, las imágenes de los trenes destrozados, los primeros esbozos de historias. Y la niña de seis años caminando sola por la vía tras haber perdido a sus padres, su hermano y un primo, de la que ha hablado Peláez. Pudo haber sido la mía, con dos o tres años más, pudieron haber sido sus padres, pude haber sido yo, pudo haber sido cualquiera.

Pero la niña de mi tren está a salvo, con sus padres. Estos sin duda más conmocionados aún que yo. Fui un par de veces al servicio por el pasillo en que iba viendo las caras de los demás pasajeros: la musulmana, la monja, la pareja oriental, el chico en chándal, el señor que roncaba. Luego me rocé con ellos al salir y emprendimos la carrera siempre rara del andén. Algunos familiares esperaban fuera, alcancé a ver una cara iluminada por el reencuentro. Aún era de día. Después se haría de noche.

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