The Objective
Martín Varsavsky

Barcelona y el coste económico del fanatismo lingüístico

«Cataluña confundió cultura con poder, lengua con lealtad, protección con imposición. Y la ideología siempre acaba siendo más cara que la neutralidad»

Opinión
Barcelona y el coste económico del fanatismo lingüístico

Ilustración de Alejandra Svriz.


Barcelona no perdió peso empresarial por una única causa. Pero hay un factor estructural que explica buena parte de su declive como centro de decisión económica en España: cuando la lengua deja de ser un activo cultural y pasa a ser un instrumento político, introduce fricción allí donde antes había eficiencia. Y el capital, el talento y las familias cualificadas reaccionan con rapidez.

Esto no va de catalán sí o catalán no. Va de incentivos, de señales y de consecuencias medibles.

El primer dato que no admite relato

Desde finales de 2017, más de 9.000 empresas trasladaron su sede social fuera de Cataluña, mientras que menos del 10% ha regresado. No hablamos de pequeñas sociedades instrumentales, sino de compañías con consejo, dirección financiera y poder de decisión. Cuando la sede se va, se va el mando, aunque la actividad productiva pueda quedarse.

Madrid fue el principal destino de esa relocalización. No por conspiración ni por centralismo, sino por algo más simple: previsibilidad institucional.

La lengua como señal económica

La política lingüística catalana no expulsa empresas por decreto. Hace algo más eficaz: filtra.

El catalán pasó de ser una lengua protegida a convertirse en lengua obligatoria en la escolarización, en muchos trámites administrativos y en parte de la vida profesional, incluso cuando no es funcionalmente necesaria. El conflicto permanente en torno al porcentaje mínimo de castellano en la escuela —con sentencias reiteradas y resistencia institucional a cumplirlas— envía una señal clara al exterior: aquí la lengua es un campo de batalla político.

Para una familia profesional que se plantea mudarse, la pregunta no es cultural. Es práctica: ¿van mis hijos a poder escolarizarse sin problemas en la lengua común del país y del mundo hispanohablante, o voy a entrar en una guerra ideológica?

Muchos optaron por no comprobarlo.

El efecto hispanoamericano: talento que eligió Madrid

España vivió en la última década una llegada masiva de inmigración hispanoamericana cualificada. Empresarios, directivos, profesionales liberales, emprendedores. Gente que habla español, que crea empresas y que, además, tiene hijos.

Madrid captó la mayor parte de ese flujo. Cataluña, mucho menos.

La razón es incómoda pero evidente: una parte importante de los hispanoamericanos no quiere que sus hijos estudien obligatoriamente en una lengua minoritaria, cuando existe una alternativa dentro del mismo país sin fricción lingüística ni ideológica.

No es rechazo al catalán. Es cálculo racional.

Demografía: el problema que agrava todo lo demás

Cataluña sufre una crisis demográfica severa. Desde 2018 pierde población infantil de forma sostenida. Hay menos nacimientos, más envejecimiento y mayor dependencia de la inmigración para sostener la población activa.

Pero el tipo de inmigración importa.

Cataluña ha recibido proporcionalmente más inmigración africana que Madrid, especialmente de origen marroquí. En la práctica, esto significa un crecimiento de hogares donde ni el catalán ni el español son lengua principal, sino el árabe u otras lenguas.

El resultado es una paradoja: una política diseñada para proteger el catalán acaba generando un entorno donde pierde uso social real, mientras se expulsa —de facto— a población que sí habla español y podría integrarse sin fricción en un bilingüismo natural.

Los propios datos oficiales muestran que el catalán desciende como lengua habitual, incluso aunque aumente su «conocimiento» formal. Es la diferencia entre lengua aprendida y lengua vivida.

Madrid: neutralidad como ventaja competitiva

Madrid no se convirtió en el primer centro empresarial de España por magia. Lo hizo porque entendió algo básico: la neutralidad lingüística y cultural es una ventaja económica.

En Madrid:
no hay imposición identitaria en la escuela,
no se utiliza la lengua como marcador político,
• el español funciona como lengua común,
• y el inglés se integra sin complejos.

Eso reduce fricción. Y cuando reduces fricción, atraes decisiones.

No es casualidad que Madrid tenga el mayor saldo migratorio positivo del país ni que concentre cada vez más sedes sociales, inversión extranjera y empleo cualificado.

El error de fondo

Barcelona no perdió liderazgo por ser catalana. Lo perdió cuando dejó de ser pragmática.

Confundió cultura con poder, lengua con lealtad, protección con imposición. Y en economía, la ideología siempre acaba siendo más cara que la neutralidad.

La ironía final es evidente: el fanatismo lingüístico no ha fortalecido el catalán. Lo ha debilitado. Las lenguas sobreviven por prestigio, utilidad y dinamismo económico, no por decreto. Y prosperan mejor en sociedades abiertas, jóvenes y atractivas que en entornos defensivos y politizados.

Cataluña habría protegido mucho mejor su identidad liderando España, no alejándose de ella.

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