Querido señor Puente
«Es difícil que le tomemos en serio cuando ni usted se ha tomado en serio a sí mismo, dedicándose a lo peor de la política. Al insulto, al desprecio, al chiste grueso»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Sé que son días duros para usted. Que en la noche sueña con esos trenes, con esa primera llamada, con el hierro acordeonado, con el llanto cercano de quien ha perdido a quien más quería. Nadie está preparado para algo así. Para sentirse responsable de un servicio que deviene en tragedia. Nadie puede, ni siquiera, imaginarlo. El peso de los días. Los informes, las excusas, el desprecio de algunas familias. El recuerdo de las víctimas. El dolor inmenso de su memoria. Sé que, tras su parapeto de dureza, de agitador, de tipo rudo que viene de vuelta de todo, que no se arruga, hay un servidor público que está viviendo en primera persona el desborde mismo de sus obligaciones.
Debo hacer un esfuerzo, lo confieso, pero quiero tener con usted la empatía que usted no tuvo cuando algunos compañeros, también gestores públicos, vivieron una desgracia análoga a esta. No le niego la humanidad que usted le negó a los demás. Lo que ha hecho tantas veces con Isabel Díaz Ayuso, tras la pandemia. Con Carlos Mazón, tras la dana. Con Juanma Moreno, tras los cribados. Con Alfonso Mañueco, tras los incendios.
Muchos de ellos, probablemente, vivieron con impotencia y culpa su responsabilidad. Porque yo sé, y cualquier ciudadano de bien sabe, que la administración es compleja. Que no se puede controlar todo. Que hay muchos jefes y pocos indios. Que uno hace lo que puede; estoy seguro. Que no hay maldad. Al contrario, cierta bondad y desprendimiento. Que los acontecimientos sacuden cualquier certeza. Que hay que investigar lo sucedido. Que hay que ser preciso. Que tras la confusión viene el duelo y que tras el duelo vendrá la indignación.
Yo no vengo a pedir su cabeza. Eso lo decidirá la investigación, su presidente y su propia dignidad. Pero sí quiero venir a esta página para mostrarle un espejo y pedirle, por favor, que se asome al abismo de su reflejo. Es difícil recuperar la autoridad tras tantos meses de ocurrencias en sus redes sociales. De salidas de tono. De liviandad en el ejercicio de su cargo. Es difícil vestirse de ministro cuando lleva tanto tiempo disfrazado de amigo malote de Pedro Sánchez. Es difícil que le tomemos en serio cuando ni usted se ha tomado en serio a sí mismo, dedicándose a lo peor de la política. Al sesgo, al insulto, al desprecio, al chiste grueso, a la hipérbole, al zasca, a la ridiculización y al aplauso de los menos listos de la clase. El sarcasmo es un camino vulgar que jamás llega a ningún lugar interesante.
Usted no estuvo a la altura de su cargo. Lo instrumentalizó. Usaba esa cartera para atizar y esconderse tras ella. No sé lo que hacía en su despacho, si era diligente, si se irá satisfecho con lo que cambió. No lo sé. Ni siquiera me apetece dudarlo. Pero su desprecio a la solemnidad de su puesto, su sumisión al espectáculo del sanchismo, su personaje de cincuentón rebelde, es hoy un obstáculo para que, en una situación como la vivida en Adamuz, encontremos consuelo y tranquilidad en el responsable de un servicio que utilizamos millones de españoles.
«Porque una desgracia así no se barre debajo de la alfombra, como ya hizo su Gobierno con el apagón»
Me preguntaba, viendo su larga rueda de prensa, si le compensaron aquellos posts. Si le compensaron los «dales caña, Óscar». Si le compensaron los aplausos, las palmadas en la espalda, las piezas en los informativos. Porque hoy estamos hablando de otra cosa. Estamos hablando de 45 vidas. Estamos hablando de una niña de seis años andando sola en la noche porque había perdido a toda su familia. Estamos hablando de las cosas de verdad. De lo que somos. Una ciudadanía que solo quiere tranquilidad, seguridad, certezas, una España que funcione. Leer nuestros libros, ver nuestras películas, escribir en este periódico sin que me pongan «otra mierda de The Ojete» cuando comparto mis columnas en redes sociales. Que si vamos a Córdoba a ver a los abuelos no sufra por mis hijos por, simplemente, montarlos en un tren, como tantas veces he hecho.
La mayoría solo queremos vivir. Y hacerlo en paz. Encontrar la felicidad, cada uno a su manera. Como todos aquellos pasajeros en ese Iryo, en ese Alvia, con sus expectativas y su cotidianidad. La realidad es sencilla. Usted sólo debe gestionar. Ser transparente. Poner un pie y luego el otro. Escuchar a quien debe, no proteger a quien no debe. Algo de calma. El gris es el color que mejor le sienta a su cargo.
Pienso en usted, señor Puente. No le voy a negar, insisto, la humanidad que usted niega a tanta gente. Será la investigación la que diga si usted estaba capacitado o no para ser ministro de Transportes. Si sus decisiones fueron correctas. Si el azar fue cruel, si lo imprevisto pasó esa noche por Adamuz, o si una mala gestión, o si malas decisiones dentro de su ministerio, fueron las que propiciaron esta tragedia. Lo dirán los peritos, los jueces, quien corresponda. E iremos hasta el final. Porque una desgracia así no se barre debajo de la alfombra, como ya hizo su Gobierno con el apagón.
Creo, señor Puente, que el pasado le perseguirá durante mucho tiempo. Tras su paso por este Ministerio, se le recordará siempre así. Como un agitador infantil que vivió como gestor un drama que jamás olvidaremos. Servirá de ejemplo para muchos de los que vengan. Serán más prudentes. Tendrán el miedo ya de lo inesperado. Y ojalá no sucumban, como usted sucumbió, al aplauso bobo y a la risa cómplice. Ojalá se centren en sus obligaciones. Por si algo sucede, puedan mirar a la ciudadanía a la cara. Porque su trabajo va en serio. Porque a veces pasan cosas terribles. Porque la confianza se construye sobre la seriedad, la verdad y la transparencia. Porque no todo vale por unas siglas. Porque nadie dejaría su vida en manos de quien ha perdido autoridad y legitimidad para custodiarla.