El tamaño de Groenlandia y el paso del Noroeste
«La pugna de las naciones por la hegemonía no conoce descanso. La búsqueda de tierras raras y explotar nuevos recursos forman parte de la historia mundial»

Las banderas de Dinamarca y Groenlandia en Nuuk, capital de la isla. | Steffen Trumpf (dpa)
Dos asuntos de la historia de la cartografía y los descubrimientos geográficos han cobrado inusitada actualidad. El primero es el tamaño de Groenlandia, es decir, su extensión y su peso específico. Se ha señalado que la proyección Mercator sobredimensiona su superficie: en los mapas realizados bajo esta convención, hegemónica en Occidente desde finales del siglo XVI, aparece mucho más grande que Australia, cuando en realidad la gran isla del mar del Sur ocupa unos 7.688 km2, mientras que Groenlandia tiene cerca de 2.166 millones de km2.
La primera conclusión es que Donald Trump debe tener en la Casa Blanca un mapa de proyección Mercator y que tal vez sería beneficioso para la paz mundial que empleara otros mapas, otras proyecciones. Claro que descolonizar a Trump sería como pedirle a la izquierda española que abandonara su antiamericanismo endémico. Espero que nadie le informe al presidente de los EEUU que fue Erik el Rojo quien puso a Groenlandia en el radar danés. Lo cierto es que la proyección Mercator es conforme pero no equivalente, es decir, respeta los ángulos y los rumbos, pero deforma las superficies: está concebida para navegar, para llegar de un sitio a otro, para surcar el globo terráqueo de punta a punta.
El segundo asunto es el paso del Noroeste, un mito geográfico que atraviesa la historia del Nuevo Mundo, pues desde la época de Mercator, precisamente, no faltó gente que trató de soñar, buscar y perseguir sin desmayo un canal interoceánico, un estrecho que comunicara en latitudes septentrionales el océano Atlántico con el Pacífico. Lo rastrearon navegantes intrépidos, reales o imaginarios como Juan de Fuca o Lorenzo Ferrer Maldonado. En el siglo de las Luces, los cartógrafos de la Academia de Ciencias de París, lejos de descartarlo, alentaron de nuevo el mito.

Igual que en el hemisferio Sur había un canal, el estrecho de Magallanes; igual que Cortés exploró la posibilidad de crear otro en Tehuantepec, no demasiado lejos de donde siglos después se abrió el de Panamá; al Norte, en latitudes boreales, debía haber un paso, una forma de atravesar ese cuerpo extraño, inédito e improbable que fue América. No conviene olvidarlo: las coronas ibéricas, la vanguardia entonces de Europa, querían llegar a las Indias. Por eso llamaron a las nuevas tierras Indias Occidentales. La gran confusión, el malentendido, revela la meta, el telos de esta historia: acceder a la otra parte del mundo, navegarlo, comerciar, extraer recursos, abrir mercados.
Cuando uno vuela de Londres a Los Ángeles y sigue el rumbo del avión en la pantalla del asiento, comprueba que está atravesando el paso del Noroeste, lo que resulta evidente solo con leer los nombres de los topónimos de esas costas, bahías y tierras heladas: Hudson, Frobisher, Davis (los tres, navegantes que buscaron el estrecho legendario). Es entonces cuando te das cuenta de que el paso del Noroeste no fue un mito que la ciencia moderna deshizo, sino más bien lo contrario. Fue un sueño occidental que la ciencia moderna ha fabricado.
«El deshielo de las placas del Ártico amenaza/promete con hacer practicables itinerarios antes imposibles»
El desenlace de esta historia sí que parece un mito griego, una alegoría con aire de fatal premonición: el deshielo de las placas del Ártico amenaza/promete con hacer practicables itinerarios antes imposibles. En 1906 Roald Amundsen, tras un viaje penoso, logró atravesar el paso del Noroeste en su ligero sloop, un pequeño barco atunero. Aquello no servía para establecer una línea comercial. Un siglo después, el calentamiento global permite replantear la cuestión. Parece que pueden abrirse nuevos estrechos, nuevos canales, nuevos mercados. Es esta mezcla de promesa y amenaza, esta terrible historia de audacia, conocimiento y avaricia, la que nos tiene hipnotizados y atemorizados a partes iguales.
La ambición humana no tiene límite. La pugna de las naciones por la hegemonía no conoce descanso. La búsqueda de tierras raras y nuevas formas de explotar nuevos recursos forman parte de la historia de la ciencia y la economía mundial. Decía Thomas Carlyle, un historiador de la época victoriana, que la economía era la ciencia lúgubre o sombría. Estaba pensando en Malthus y los cálculos sobre la población mundial, un contexto muy darwinista, marcado por la competencia y la supervivencia. No le faltaba razón. Los clásicos siempre regresan.