The Objective
Antonio Elorza

El fantasma de la opresión

«Resulta lógico que el diseño neofascista de Trump culmine en la construcción de un nuevo orden internacional, instrumento dócil de sus deseos e intereses»

Opinión
El fantasma de la opresión

Ilustración de Alejandra Svriz.

«Estamos en medio de una ruptura, no de una transición»

Mark Carney, primer ministro de Canadá. Discurso en Davos.

«Un fantasma recorre el mundo, el fantasma del fascismo». Las primeras palabras del Manifiesto comunista recobran actualidad, adaptadas al presente. No como expresión de un supuesto movimiento de emancipación revolucionaria, sino como reflejo de una tendencia generalizada al establecimiento de formas de dominación opresivas, bajo las cuales desaparecen la libertad y la democracia.

Hace 30 años, en su conferencia sobre «el fascismo eterno», Umberto Eco presagió una reaparición larvada del fascismo.  Apenas despuntaba Berlusconi y el fascismo de la posguerra se desleía en la Alianza Nacional de Fini, así que faltaban señales de una resurrección en sentido estricto. A pesar de ello, el fascismo habría dejado un poso, una mentalidad, adversa al ejercicio de la libertad, que de imponerse llevaría a una negación de la democracia. Es lo que Eco llamaba «el fascismo eterno». «Nuestro deber» —concluía— «es desenmascararlo y señalar con el dedo a cada una de sus nuevas formas, cada día y en cada parte del mundo».

Ahora, por efecto de una serie de procesos involutivos, con la revolución tecnológica como motor, no estamos ya solo ante un fantasma cuya amenaza sea preciso conjurar. Asistimos a una regresión que erosiona primero, y finalmente destruye, las formas de civilización trabajosamente construidas en los dos últimos siglos. A una velocidad extraordinaria. Pensemos en los pocos años que nos separan de la utopía democrática, anunciada por Fukuyama en El fin de la historia. El «gran siglo americano», previsto por los think tanks de la era Bush, asociando capitalismo y democracia, tropezó primero con el yihadismo en Irak, luego con el resurgimiento de imperios, en China y en Rusia, que ponían en entredicho la hegemonía y los valores occidentales, girando al final sobre sí mismo para desembocar en el MAGA de Donald Trump.

En este punto de llegada, el imperialismo americano se desprende de todo contenido democrático y también de cualquier limitación proveniente del Derecho Internacional. Es pura depredación que se proyecta tanto hacia el exterior, del Caribe al Oriente Próximo, como hacia el interior de la propia sociedad norteamericana. La apariencia de caos y de extremosidad, en las actitudes de su protagonista, no supone incoherencia, ya que responde a un designio preciso de dominación y/o destrucción del otro.

Ha sido un camino recorrido con suma rapidez, por efecto de los vertiginosos cambios registrados en la informática, con la Inteligencia Digital, hasta la entrada en escena hoy de la inteligencia artificial. La revolución tecnológica desmanteló las estructuras productivas y organizativas anteriores, generando una sociedad líquida, de inseguridad generalizada. Por efecto suyo, la democracia pierde el sentido estabilizador del pasado y queda abierto el camino para que populismos y autoritarismos se afirmen, como hace un siglo, capitalizando el malestar y la frustración mediante el control y la manipulación de la comunicación social y política.

«En los enfrentamientos entre dictaduras y ciudadanos, la asimetría de medios a favor de la represión estatal es hoy absoluta»

El mapa político del mundo ha girado en ese sentido. Los grandes imperios autoritarios, China y Rusia, han consolidado sistemas cerrados de dominación, donde las raíces tradicionales de sumisión del individuo se ven reforzadas con las nuevas posibilidades técnicas de control, eliminando, no ya una posible oposición, sino cualquier disidencia. No será posible ya una nueva ocupación de la plaza de Tian an Men por los universitarios chinos, ni tampoco defender la democracia tomando la calle como en Moscú, lo que arruinó el golpe contra Gorbachov. La sombra de Xi Jinping cae sobre Hong Kong y la de Putin sobre Georgia, y las potencias emergentes, India y Turquía, lo hacen bajo el signo del autoritarismo. De la primavera árabe, no queda ni rastro. El sueño de una revolución pacífica anticomunista, al modo de la Europa del Este en 1989, se desvaneció con el 21-J en La Habana. En los enfrentamientos entre dictaduras y ciudadanos, la asimetría de medios a favor de la represión estatal es hoy absoluta. El baño de sangre en Irán acaba de probarlo.

Lo que no estaba previsto era que en Occidente tuviera lugar, no solo un declive, o un cansancio, de las democracias, fruto del citado proceso de desestructuración de nuestras sociedades industriales, sino la aparición de una alternativa radical, un nuevo fascismo si se quiere, distinto pero entroncado con su antecedente. Lo llamaremos neofascismo. En la medida que su pretensión es el ejercicio de un poder absoluto y sine regula, solo podía proceder de la potencia hegemónica en el mundo capitalista, a favor de las potencialidades económicas y militares de su enorme superioridad tecnológica. Cobran así realidad las narraciones que de Julio Verne a Ian Fleming, hablan del personaje que intenta dominar el mundo por los recursos científicos a su disposición, ya sin otra finalidad que el ejercicio y el goce de su poder personal.

El personaje no sale por sí solo de la combinación de megacapitalismo y tecnología. Al igual que sucedió en el nacimiento de todas las dictaduras contemporáneas, tiene raíces históricas: la América de la desigualdad racial, en su origen de amos y esclavos, y también el zigzag de esperanzas y frustraciones en ascenso, que acompañó a la historia del país de Kennedy a Obama, pasando por Clinton y los Bush. La idea del destino manifiesto no la inventó Trump, y tampoco el recurso a creencias religiosas, como la evangélica, para envolver y dignificar una política de poder descarnada. Cierra el círculo la capacidad para forjar un relato de legitimación: ningún país ha logrado vestir un genocidio, en este caso el de los indios de las praderas, con un ropaje tan atractivo como el western, convertido en epopeya nacional. Trump es heredero directo del John Wayne de Chisum, solo que su propósito no se limita a defender su propiedad, sino ante todo a adueñarse de las reses de sus vecinos.

Aunque sea un producto específicamente americano, el modelo tiene ya imitadores que aspiran a ejercer el poder en los mismos términos de Trump. En Latinoamérica, en Europa y aquí y ahora. Por eso cabe hablar de que el fantasma del nuevo fascismo recorre el mundo.

«’Mis intereses, los de América, son la ley’, proclama Trump, y está dispuesto a ejercerlos sin limitación alguna»

La ideología neofascista enlaza con los fascismos clásicos, al poner en práctica una lógica del poder basada en la fuerza, en la violencia, por encima del derecho. Mis intereses, los de América, son la ley, proclama Trump, y está dispuesto a ejercerlos sin limitación alguna. En relación al fascismo italiano o al nazismo,  prescinde de la parafernalia clásica, del partido, del montaje totalitario que aquellos compartían con el comunismo soviético. El único protagonista es Él, al modo de El lobo de Wall Street, de Scorsese, revestido como líder mesiánico. En otras palabras, es la personalización del capitalismo depredador, con su doble dimensión, interior y universal.

El núcleo de su concepción y de su práctica es la consagración de la desigualdad. El líder carismático lo es porque ha conseguido un excepcional grado de riqueza personal, y ese éxito es el signo de una superioridad que debe convertirse en el baremo de la valía de individuos, instituciones y países. La igualdad es propia del comunismo y de la miseria. Una vez establecida la pirámide de la desigualdad, con él en el vértice superior, la ley fundamental de la sociedad consiste en incrementarla y asegurar que el poder político sea su fiel instrumento.

La primacía de la desigualdad no solo actúa en el interior de un conjunto social, sino que ha de proyectarse sobre el exterior, a efectos de garantizar la subordinación y la explotación de las demás sociedades, necesariamente inferiores, y de protegerse hacia el propio interior frente a la contaminación procedente de otros grupos humanos. El imperialismo y la xenofobia, con la inmigración como chivo expiatorio, son así las dos caras de esta versión del  neofascismo wasp. Constituyen un eje de ideas y actitudes bien simple y operativo, basado en el menosprecio y en el rechazo del otro, y son sin duda un artículo fácilmente exportable como ejemplo a una extrema derecha europea que ya hace de la xenofobia el principal atractivo para incrementar su clientela.

La antidemocracia es la consecuencia inevitable. La igualdad política y la invocación de la justicia social son para el neofascismo como la cruz para el vampiro. Así como la socialdemocracia. Apoyándose en una justa crítica del estatismo, la panacea reside en reivindicar un liberalismo económico radical, desligado de toda pretensión garantista. Para hacer efectiva su aplicación, así como para evitar políticas que obstruyan o rechacen la necesaria personalización del poder, la democracia, o es manipulada, en otro caso ignorada (Venezuela) o negada (elecciones de 2020, asalto al Congreso). Como consecuencia, es el orden constitucional, «la democracia en América» (y en el mundo) lo que se ve directamente amenazado por la actuación de Trump. Para eso están sus congéneres y ahora imitadores, de derecha o de izquierda. Sobran los ejemplos.

«Viejo y nuevo fascismo generan un lenguaje propio, recurriendo sistemáticamente a la mentira»

Y como sucediera con los fascismos del siglo XX, el neolenguaje es un instrumento capital de dominación. Viejo y nuevo fascismo generan un lenguaje propio, recurriendo sistemáticamente a la mentira, a la inversión de significados, del tipo Arbeit macht frei!. En esto Trump y Sánchez coinciden, más grosero el yanqui. Tampoco falta, en un sentido estrictamente nazi, la ridiculización del adversario, de los trineos daneses a las gafas de Trump, o acabaron besándome el culo. No admite réplica, solo asentimiento y sumisión. Es el emblema de capacidad de destrucción de una forma de poder que lleva la guerra en su interior.

Paradójicamente, una estrategia, la de Trump, orientada hacia una proyección exterior, ha sido en su aplicación represiva a la propia sociedad americana donde ha revelado su potencial de v violencia y destrucción de la convivencia democrática. Minneapolis es el laboratorio de su modelo de Estado, más que policial, militarizado.

Resulta lógico que el diseño neofascista culmine en la construcción de un nuevo orden internacional, instrumento dócil de sus deseos e intereses, llamado a sustituir a la denostada ONU. La presentación ha sido tan hábil como contradictoria: un Consejo de la Paz, primer ensayo para su acceso a la presidencia mundial, disfrazado como órgano de gestión en Gaza. El organismo tendría una composición plural, con sus satélites y aliados fieles, y su dirección única. No tendría normas, sino lealtad a sus decisiones, inevitablemente acertadas.

«El ejemplo de Trump está llamado a tener un doble efecto de propaganda y de unificación de ideas sobre la extrema derecha mundial»

En definitiva, es un montaje inútil para abordar su conflicto estratégico fundamental, con China, pero válido para erosionar sus dos uniones odiadas, la ONU y la UE. También para respaldar los irredentismos de sus vasallos —Marruecos se ha adherido—, y sirve asimismo para conferir una pseudo-legitimidad a sus propias incursiones exteriores. (Veremos en qué acaba Ucrania, donde necesita el fin de la guerra como coartada). En suma, un falso orden internacional puesto al servicio de un dictador. Sin duda, el Consejo creará un Nobel propio y se lo asignará.

No podía faltar la segunda parte contratante: el toque personal de empresario depredador por encima de todo. Piensa en Gaza como su mayor éxito «pacificador» y su mayor negocio, o el de su familia. De ahí que el show del Consejo de la Paz tuviera, como tema central, la conversión de Gaza, la ciudad de la muerte, en una Riviera creada y gestionada por los suyos. Business and Death, fifty fifty.

Apostilla. Según es ya visible, el ejemplo de Trump está llamado a tener un doble efecto de propaganda y de unificación de ideas sobre la extrema derecha a escala mundial. El espectro del neofascismo recorre el mundo, y Trump es el primer interesado en hacer de sus imitadores instrumentos para sus agresiones, en especial contra Europa. Solo que la imitación no basta. La ultraderecha puede ser inteligente como Giorgia Meloni, eficaz como Marine Le Pen, pero también apelmazada, clónica en su autoafirmación, actuar como antisistema, nuestro caso, equivocándose en consecuencia de adversario y de este modo llegando a ser la principal baza para la supervivencia de la variante «progresista» del trumpismo que nos gobierna.

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