Antisionismos
«El antisionismo no sería, por consiguiente, un fenómeno contrario —ni siquiera distinto— al antisemitismo, sino algo inherente a él»

Ilustración de Alejandra Svriz.
A diferencia del antisemitismo, el antisionismo no es un delito tipificado en el código penal de las naciones civilizadas. Tiene, además, otra ventaja: sigue gozando de buena prensa, en especial en el ámbito de la izquierda y el progresismo. Juntas o por separado, estas son sin duda las razones por las que desde hace ya tiempo la mejor defensa contra el reproche o la acusación de antisemitismo consiste en reivindicarse como antisionista o, simplemente, según empieza ya a ser más habitual, como crítico de Israel. Los que así argumentan parten de la tácita premisa de que, al contrario que el antisemitismo, ideología despreciable donde las haya, ni el antisionismo propiamente dicho ni las formas actuales de crítica a Israel serían algo grave, sino una simple opinión política perfectamente legítima y respetable.
La oposición al sionismo tuvo sentido y razón de ser a comienzos del siglo XX, cuando se dio dentro del propio mundo judío —que a comienzos del siglo XX se debatía aún, lógicamente, entre seguir luchando por la integración en las naciones europeas o construir una patria propia—. Este debate se resolvió, sin embargo, a favor del sionismo a raíz del triunfo de los nazis y, sobre todo, de la Shoah, que fue la que acabó convenciendo a la mayoría de los judíos de la necesidad de contar con un Estado propio. Desde entonces el antisionismo judío, que sigue existiendo, ha sido una posición minoritaria; y aunque últimamente se está haciendo más visible, sobre todo en Estados Unidos, habría ido perdiendo su primera respetabilidad al asumir argumentos que no procederían de su propia tradición, sino de otras tradiciones antisionistas, mucho menos honorables.
Entre ellas se encontraría, por supuesto, la del antisionismo llamado de izquierdas, cuyo origen estuvo en el giro de Stalin en los años cincuenta, década en la que ejecutó a un gran número de judíos bajo la sola y bien fundada acusación de «sionismo» (en su argot, también «nacionalismo burgués»), que más adelante, en la URSS post-estalinista, fue sustituida por la más falsa de «racismo», provocando así la famosa y hoy derogada condena de la ONU en 1975. No hay que creer, sin embargo, que el antisionismo sea una creación absoluta de la Unión Soviética. Mucho antes de que Stalin convirtiera a este ideario a todos los partidos comunistas de Occidente, había habido ya otras tradiciones antisionistas, tan poco respetables como la suya, que no nacieron, sin embargo, en el seno de la izquierda.
La más desconocida hoy es, me parece, la que se gestó en el marco del antisemitismo europeo y, por tanto, dentro mismo de la ideología que tuvo la Shoah por consecuencia. Este otro antisionismo, el más propiamente antisemita —por ser obra de quienes no vacilaban en darse a sí mismos ese nombre—, nació ya a finales del siglo XIX, es decir, cuando el Estado judío era solo un proyecto en la cabeza de algunos visionarios. Los primeros grandes antisionistas de la historia, rusos también, pero no comunistas, fueron de hecho el zar Alejandro III y su sucesor, Nicolás II, que prohibieron y persiguieron al por entonces incipiente movimiento, negándoles así a los judíos el derecho a tratar de constituirse en nación aparte, al mismo tiempo que toleraban o promovían los pogromos contra ellos.
Fue justo en este contexto donde, no por casualidad, aparecieron en 1903 los infames Protocolos de los Sabios de Sion, libro de fabricación rusa que daba rienda suelta a todas las fantasías antisemitas, pero poniéndolas en boca de judíos, los supuestos Sabios de Sion, a los que se representaba urdiendo un maquiavélico plan para destruir a todas las naciones y hacerse con el dominio del mundo. Que el autor del libelo los llamara así, Sabios de Sion, es un indicio inequívoco de que ya había oído hablar de los sionistas, aunque no fue hasta la segunda edición, la de 1905, cuando osó presentarlo expresamente como las actas del Primer Congreso Sionista —que se había celebrado en Basilea en 1897—.
Por desgracia, entre los que creyeron a pie juntillas en la veracidad de los Protocolos, se encontró precisamente Hitler, quien, para cuando publicó Mein Kampf en 1925, estaba ya perfectamente informado acerca de la existencia y aspiraciones del movimiento sionista. De ahí que, a diferencia de lo que suele creerse, el paranoico líder arremetiera allí no solo contra la «raza» judía, sino también expresamente contra el proyecto político del «sionismo», que, visto a la luz de su libro de cabecera, juzgó o declaró un engaño más de los judíos, una de sus artimañas para hacerse con el control del mundo. Los sionistas, explicó, no se iban a contentar con la creación de un Estado en Palestina: lo que querían esos «criminales» (no hizo falta, pues, que existieran Sharon y Netanyahu para que este adjetivo se aplicase a todo sionista por el simple hecho de serlo) era una sede, un «centro» desde el que poder llevar a cabo todas sus «canalladas» sin rendir cuentas a nadie.
«Si Hitler temía algo más que a los judíos, era a unos judíos dueños de sí mismos, con soberanía sobre algún rincón de la tierra, fuese el que fuese»
Se ve, entonces, que si Hitler temía algo más que a los judíos, era a unos judíos dueños de sí mismos, con soberanía sobre algún rincón de la tierra, fuese el que fuese. El antisionismo así formulado en Mein Kampf no coincidía por eso del todo con el que, también desde comienzos del siglo XX, se había ido gestando en Palestina, donde el incipiente nacionalismo árabe se opuso también de entrada a la idea de una soberanía judía, si bien, en su caso, muy fundamentalmente por el lugar que se había elegido para establecerla. Esta tercera tradición antisionista, la árabe-palestina, no tuvo su origen por tanto en una delirante fantasía antisemita, sino en la realidad misma del proyecto sionista, que chocaba lógicamente con los intereses políticos y estratégicos de su propio nacionalismo.
Sin embargo, la progresiva llegada de emigrantes judíos generó enseguida un fenómeno prácticamente idéntico al del antisemitismo europeo, al que contribuyeron notablemente las diversas traducciones al árabe que en esos mismos años se hicieron de los Protocolos. Este otro antisionismo antisemita, el del mundo árabe-palestino, estuvo representado en los años veinte y treinta por el líder nacionalista Haj Amín al-Husseini, quien, amén de presionar a Gran Bretaña para que impidiera la llegada de más judíos (justo cuando estaba ya teniendo lugar el exterminio), cooperó directamente con el nazismo, al que solía recordar que su programa incluía la «solución definitiva» del problema judío. Por esos mismos años de la Guerra Mundial Al-Husseini alertó a su comunidad de que estaba en posesión de unos «documentos sionistas secretos» que confirmaban la existencia de un plan oculto para «destruir los lugares sagrados de Palestina», adaptando así el argumento de los Protocolos a las necesidades de su propio entorno.
El antisionismo no sería, por consiguiente, un fenómeno contrario —ni siquiera distinto— al antisemitismo, sino algo inherente a él. La diferencia entre el pasado y el presente reside quizás tan solo en el orden de los factores. Mientras que en la Europa de hace un siglo el antisionismo era siempre y solo consecuencia del antisemitismo —se era antisionista porque previamente se era ya antisemita, caso de Hitler y, según se dice, también de Stalin—, en la actualidad, y aunque esto sigue ocurriendo, es también muy frecuente que suceda lo contrario, a saber, que se llega a ser antisemita, abrigando prejuicios contra los judíos en su conjunto, porque previamente se ha sido educado en el antisionismo. Creer, por ejemplo, que el sionismo es «racista» y que esto tiene algo que ver con el concepto religioso de pueblo elegido es algo que se aprende, desde luego, en muchos de los libros, artículos y discursos antisionistas que desde los años setenta circulan por todas partes. De ahí que, frente a lo que todavía pretende la mayoría de los gobiernos occidentales, no exista realmente la menor posibilidad de prevenir y combatir el antisemitismo sin que se vean afectados en lo más mínimo los presuntos derechos de su hermano gemelo.