The Objective
Miguel Ángel Quintana Paz

El cardenal mentirosete

«Él ha preferido fiarse del Partido Socialista Obrero Español. Cobo ha trabajado con Bolaños contra quienes defendemos el Valle. Y eso lleva un nombre: el de traidor»

Opinión
El cardenal mentirosete

El cardenal José Cobo. | Mikel Landetxea

Cuenta una anécdota que cierto seminarista llegó un día tarde a sus oraciones vespertinas. Cuando su rector le reconvino tal retraso, nuestro joven candidato al sacerdocio trató de excusarse: «Lo siento, señor rector», murmuró, «me entretuve… porque estaba aprendiendo cosas de lo más interesantes sobre algunos Padres de la Iglesia». El rector entonces mudó su semblante, contempló con benevolencia a su estudioso pupilo y se retiró.

Sin embargo, un amigo del seminarista no pudo reprimir al instante su reproche: «Pero ¿cómo que estabas aprendiendo sobre los Padres de la Iglesia? ¡Si venías de estar en la taberna de al lado con tus amigotes de siempre, bribón!». El interpelado no se amilanó: «Mis amigos son todos padres y pertenecen a la Iglesia, así que técnicamente ¡no he mentido al rector!».

Recordé este viejo chiste al leer, hace años, la Apologia pro vita sua del cardenal John Henry Newman. Allí este santo, que había abandonado su anglicanismo natal para unirse a la Iglesia católica, trataba de explicar su evolución espiritual. Ahora bien, me llamó la atención que la principal crítica que le hacían sus antiguos conmilitones anglicanos no era tanto que se sometiera a la autoridad del papa. O que desertara de la iglesia nacional inglesa. O que relativizara el Sola Scriptura protestante. La principal crítica que un tal Charles Kingsley le había hecho a Newman es que estaba dejando de lado una religiosidad donde la mentira se considera un pecado gravísimo (la fe protestante)… para abrazar otra donde mentir, al fin y al cabo, tampoco importa tanto: la fe católica.

En efecto, una crítica frecuente desde hace siglos a los católicos es que, mediante excepciones y artimañas como la de nuestro seminarista tabernario, al final consideran el engaño, en demasiados casos, como una falta menor. Por lo que protestantes rigurosos como el citado Kingsley veía peligroso sustentar sobre tan falaces cimientos una civilización. 

De hecho, ya en su día el también católico, pero estricto, Blaise Pascal había fustigado a los jesuitas por buscar todo tipo de excusas (que si «mentiras piadosas», que si «restricción mental» que si «mentiras jocosas») para tolerar todo tipo de embustes. O al menos minimizar su peso. Todos somos, al cabo, un tanto conscientes de esta diferencia: el riguroso Immanuel Kant, que prohibía incluso engañar a un asesino cuando este nos preguntara dónde se escondía su víctima, solo pudo florecer en un ambiente prusiano y protestante; mientras que el pícaro español, que usa tretas de todo tipo para salirse con la suya, no parece el fruto precisamente de un ambiente puritano y ginebrino.

¿Han cambiado, hoy, las cosas? ¿Se equivocan los protestantes al atribuirnos al mundo católico mayor connivencia con la mentira? Reconozco que estas son preguntas que he vuelto a hacerme desde que, hace una semana, se demostrara que nada menos que un cardenal madrileño, todo un príncipe de la Iglesia, ha mentido en repetidas ocasiones a sus fieles. Y esa mentira, atestiguada, pública, indudable, no haya tenido más efecto que unas pocas palabras de protesta como las que ahora lee usted, amigo lector.

Todo comenzó el martes pasado, cuando el joven periodista Alfonso Úcar publicó en El Debate un documento crucial. Para quien no estuviese familiarizado con la polémica del Valle de los Caídos, parecería simplemente un papeleo más: el cardenal y arzobispo de Madrid, don José Cobo, había firmado con el ministro de Presidencia, Félix Bolaños, una cara de folio sobre tal enclave.

Pero para los que habíamos seguido ese asunto, lo publicado por Sito Úcar nos conmovió: allí estaba, negro sobre blanco, firmado por el señor arzobispo, sellado con el sello azul del ministerio y el sello rojo del cardenal, la prueba de todo un embuste cardenalicio.

Porque allí José Cobo coincidía con Bolaños en que el Gobierno pueda «resignificar» (eufemismo de «profanar») la basílica del Valle. (Se empieza usando las palabras del Gobierno, se acaba actuando en pro del Gobierno). Por supuesto, acceder de este modo a que se profane un templo católico, protegido por el artículo 16 de la Constitución y por las leyes, resulta ya deshonroso; pero sobre ello hablaremos más tarde. Quedémonos ahora en la mentira: resulta que durante la primavera pasada, allá cuando la polémica sobre el Valle de los Caídos arreciaba, y acosado por las (razonables) sospechas, el arzobispo de Madrid había emitido al menos dos comunicados (de 26 de marzo y 16 de abril) en los que negaba haber acordado nada con el Gobierno. El papel del arzobispo, insistía la primera de esas notas, solo «es de acompañamiento», «como interlocutor». Los comunicados también recalcaban que la postura del arzobispo era respetar «los elementos religiosos» de la basílica; algo que, de nuevo, choca flagrante con el documento recién sacado a la luz. Pues ahí José Cobo acepta que, salvo «el altar y las bancadas adyacentes», se pueda llenar de carteles propagandísticos o intervenciones desacralizadoras todo el resto de la basílica: sagrario, cúpula o capillas incluidas.

El arzobispo nos ha mentido, pues: en vez de solo charlar con el Gobierno, acordó con él cosas; en vez de respetar toda la basílica, se aceptó que los del PSOE la intervengan por entero, con la mínima excepción del altar y cuatro bancos a su derredor. Lo cual nos lleva al segundo aspecto peliagudo de los actos cardenalicios: desde la semana pasada sabemos ya que el cardenal acepta ser cómplice de la profanación de un templo dedicado a los caídos en la Guerra Civil. Sí, esos caídos que murieron, entre otras cosas, por proteger a clérigos (casi 7.000 asesinados, trece de ellos obispos) como él.

No es la primera vez que un poderoso de la Iglesia se alía con los poderosos del mundo, bien es cierto. Pero verlo por escrito, firmado, sellado, después de que se hubiese intentado tapar con mentiras esa alianza en los actos, impresiona.

¿Tenía el arzobispo atribuciones como para autorizar esa profanación? Este es el tercer aspecto indignante del documento revelado la semana pasada: en realidad, como reconocía el propio arzobispado el pasado 16 de abril, solo a la Santa Sede y al Gobierno compete tal decisión. ¿Por qué usurpó entonces el cardenal Cobo una autorización que no le concierne? ¿Era una forma de regalar al Gobierno un aparente acuerdo con la Iglesia, un titular muy fecundo para su propaganda, pese a que careciese de valor legal? Desde la semana pasada, el arzobispo se ha limitado a repetir los (hoy sabemos que son) embustes de antes: que él solo ha sido interlocutor, que él no ha acordado nada… Desde esa actitud negacionista, claro, es difícil que nos explique por qué hizo lo que hizo, por qué firmó lo que firmó, por qué usurpó las funciones que usurpó.

Y esto nos lleva al cuarto aspecto deleznable de todo este asunto lamentable. Por si no bastara con mentir; por si no bastara con ser cómplice de una profanación; por si no fuera suficiente con haber usurpado una función que no le correspondía, nuestro cardenal ha exhibido también el pecado que Dante ubicaba en lo más profundo de su infierno: el de la traición.

Pues lo lógico es que un príncipe de la Iglesia hubiese apoyado a cuantos nos hemos preocupado por la sacralidad del Valle; pero él ha preferido apoyar los planes desacralizadores del PSOE. Lo lógico es que un arzobispo hubiese combatido del lado de quienes nos negamos a que el Estado profane, impune, los espacios religiosos; pero él ha preferido unirse al PSOE en tal profanación. Lo lógico es que un cardenal sea alguien de quien puedan fiarse los católicos; pero él ha preferido fiarse del Partido Socialista Obrero Español. Cobo ha trabajado con Bolaños contra quienes defendemos el Valle. Y eso lleva un nombre: el de traidor.

Mentira, profanación, usurpación, traición: parecen vicios graves, sin duda, tomados uno por uno; mezclados todos ellos en la simple página firmada por el cardenal y el ministro resultan un cóctel explosivo. Y aquí he de confesar mi ingenuidad.

Como uno oye hablar todo el rato a curas, obispos y papas de la importancia de reconocer el propio pecado y del perdón, uno esperaría que, una vez revelados esos males cometidos por don José Cobo, este hubiera adoptado la postura cristiana que tanto recomienda en sus discursos, y hubiese pedido perdón por todo ello. En el fondo, es una gran suerte ser miembro de la Iglesia: uno sabe que, si confiesa sus peores pecados, la respuesta va a ser siempre la de perdonarte (tras pedirte que remedies los males causados, claro, y que te comprometas a no repetirlos: el perdón no es una carta blanca para el mal). José Cobo, pues, tenía una salida facilísima ante la revelación de la semana pasada. Y confieso que un servidor esperaba que —con todas las sutilezas que fueran precisas, para no sentirse en exceso humillado— él reconociera su error.

No ha sido así. Los actos del arzobispo nos enseñan algo distinto a sus palabras. Nos enseñan que, si te pillan mintiendo, no debes decir nada, a ver si la gente se olvida pronto. Si te pillan colaborando con una profanación, di que cómo va a ser así, si en realidad no tienes atribuciones para ello. Si te pillan entonces firmando tal cosa y usurpando, por tanto, atribuciones que has reconocido no tener, adopta lo que se llama «perfil bajo» y calla. Si has traicionado a miles de católicos, di que en realidad es gente poco recomendable, «ideologizada», gentes que transforman la cruz en «estandartes de otras cosas», que no hay que tenerlos en cuenta para nada —pese a que, en principio, son tan Iglesia como tú o aquellos que te adulan—, y sigue adelante tal cual.

¿Cómo es posible todo esto? Tengo amigos que postulan que un prelado que así actúa no puede sino ser masón, o estar amenazado por el Gobierno, o sentirse chantajeado por grabaciones de una u otra índole, o haber conocido a la familia de Pedro Sánchez y Begoña Gómez en su anterior actividad profesional. Me temo, con todo, que postular cualquiera de esos extremos, no demostrados, solo aparta nuestra mirada de lo sí demostrado. Y lo demostrado ahora no es poca cosa: que tenemos un cardenal que miente, profana, usurpa y traiciona a los demás.

¿Por qué lo hace? En primer lugar, hemos de volver al seminarista interesado en los «padres de la Iglesia» con que empezamos este artículo: parece que la mentira, en España, no solo sale barata cuando la pronuncia Pedro Sánchez, sino en general. Tenemos siempre excusas —que si debes interpretar «creativamente» lo que el otro dijo; que si tienes que fomentar la «concordia»; que si hay mentiras «bienintencionadas»— para callarnos cuando pillamos a un embustero en una de las suyas. O incluso para exigir a otros que se callen —envío un cariñoso saludo desde esta frase a todos los que me criticarán este artículo por pendenciero, por «atacar a un príncipe de la Santa Madre Iglesia», por no ser más connivente cuando la mentira circula entre el clero como Pedro por su casa—.

«El arzobispo exhibe siempre su talante dialogante con el Gobierno, pero no se ha reunido siquiera con las asociaciones en defensa del Valle de los Caídos»

Pero, en segundo lugar, hay otro motivo poderoso para que nuestro arzobispo se haya portado así. No necesitamos postular que sea masón, homosexual, aficionado a las saunas ni un pobre chantajeadito por el Gobierno; basta entender lo que sí es para explicar sus actos. Y es que José Cobo es un progre estándar, como hay tantos entre el clero formado en los años en que él se formó. Es decir, Cobo está convencido de que, en realidad, el Valle de los Caídos es un lugar que debería reformarse; un lugar con carteles que cuenten la Guerra Civil desde el punto de vista del Frente Popular; un lugar, en suma, como lo quiere Félix Bolaños. Por eso no le cuesta nada firmar papeles con él.

El arzobispo Cobo a menudo denuesta a quienes le critican por «ideologizados»; pero el arzobispo Cobo no ha leído a Karl Mannheim, que advirtió que los ideologizados más peligrosos son los que simulan carecer de ideología. Ojo, esto implica, claro está, que no es ningún problema per se que Cobo sea progre (como no lo sería que fuera tradicionalista, conservador o liberal). Si las ideologías son inevitables, no puede ser un pecado estar condicionados, ay, por una u otra de ellas. Lo que sí es problemático es que rechaces a los demás por, según les acusas, padecer de un sesgo político… que en realidad tú también padeces. Un gran hombre del pasado habló de pajas y vigas que daban problemas oculares: convendría repasarlo ahí.

Está de moda estos días David Uclés, ya saben, ese escritor que es como un zumo concentrado de todos los fetiches woke de nuestros días: antifranquismo, pauperismo, elegebetismo, lenguas cooficiales, feminismo… Está de moda ahora porque ha rechazado participar en un acto al que también iban a asistir personalidades de derechas, como José María Aznar, al que él cree que, como heroico defensor de los Derechos Humanos, debe boicotear. Esta es una de las contradicciones más deliciosas del progre: en su afán tolerante, bondadoso y solidario, se ve forzado a negar ¡siquiera la palabra! a quien discrepa de él.

¿Es el cardenal Cobo un David Uclés eclesiástico? El arzobispo exhibe siempre su talante dialogante con el Gobierno, pero no se ha reunido siquiera con las asociaciones en defensa del Valle de los Caídos; el arzobispo nos cuenta lo muy tolerante que es cuando va a La Ser a que lo entrevisten, pero no acude a los medios de derechas donde, en principio, podría mostrarnos su tolerancia de verdad. Hace unos días, de hecho, Cobo celebró un desayuno de trabajo al que solo invitó a periodistas afines (El País, La Ser, Religión Digital, Vida Nueva…). Las cabeceras más leídas de información religiosa fueron todas excluidas, por fachas. David Uclés hubiera actuado igual.

Y es aquí donde tenemos nuestro pequeño consejo que dar al señor cardenal, que seguro que nos lee. Estimado José Cobo, está mal que nos mintiera sobre el Valle de los Caídos (o, como usted preferirá llamarlo, el Valle de Cuelgamuros). Pero peor está esa mentira sutil, constante, envolvente, de blasonar de acogida y tolerancia cuando en realidad solo gusta de reunirse con personas que piensan parecido a usted. Atrévase, de verdad, con lo de la apertura. Puede reunirse, por supuesto, con quien más desee (David Uclés le agradecerá la llamada). Pero reúnase también con aquellos que tenemos otra forma de ver el mundo, objeciones, críticas que plantearle. Cristo aceptaba hablar con prostitutas, tramposos, soldados represores, adúlteras; me atrevo a postular que, incluso, habría charlado un rato con nosotros, los fachas, también.

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