La doble vara de medir
«Sánchez se ha hecho un especialista en esquivar sus responsabilidades por sus fallos en todas las catástrofes que han ocurrido durante su autocrático mandato»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Desde que, al atardecer del domingo 18, empezamos a conocer noticias del terrible accidente de Adamuz, a todos los españoles de bien, que, mientras no se demuestre lo contrario, somos todos, se nos encogió el corazón de tristeza al saber que allí habían muerto muchas personas.
Al mismo tiempo que nos invadía la tristeza, también crecía en nosotros el deseo de conocer las causas de esa catástrofe. Y al empezar a conocer esas causas, empezaron a crecer las sospechas de que había habido fallos y errores en el mantenimiento, el funcionamiento y el control de los ferrocarriles españoles. Sospechas que, desde ese día, no han hecho más que crecer.
El Gobierno es responsable
Dado que la red de ferrocarriles es responsabilidad total del Gobierno, conocer que el accidente de Adamuz tiene sus raíces en esos fallos y errores ha llevado consigo el clamor popular, que, cada vez con más fuerza, exige la asunción de responsabilidades por parte de los titulares de los organismos de los que dependen la red y el funcionamiento de los trenes de España. Empezando por el ministro de Transportes, Óscar Puente, un personaje que se ha hecho famoso por dedicarse, tweet tras tweet, a insultar y despreciar a todo aquel que no comulga con el sanchismo, del que se ha convertido en el más acérrimo defensor.
Está lleno de lógica que, diez días después de la tragedia, tanto los familiares de las víctimas como todos los españoles de bien, exijamos la dimisión de este ministro. Como también tiene su lógica que exijamos la del presidente del Gobierno, que se ha hecho un especialista en esquivar sus responsabilidades por sus fallos y errores en todas las terribles catástrofes que han ocurrido durante su autocrático mandato de rasgos dictatoriales.
Basta recordar cómo en la pandemia, con cerca de 130.000 muertos, basaba sus órdenes ilegales —entre las que estuvo el confinamiento de todos los españoles— en un comité de expertos, que luego se supo que no existió nunca.
«En la dana, además de retrasar la ayuda a los valencianos, basó su actuación en la terrible frase ‘si necesitan algo, que lo pidan’»
O cómo en la dana, además de retrasar la ayuda a los valencianos, basó su actuación en la terrible frase «si necesitan algo, que lo pidan», en un indisimulado intento de hacer recaer toda la responsabilidad sobre los gobernantes del PP en la Comunidad Valenciana. Sin contar con que Teresa Ribera, su ministra de Medio Ambiente, responsable de la Confederación Hidrográfica del Júcar que, en lugar de construir la presa de Cheste, prevista, financiada y proyectada, que hubiera evitado la riada del barranco de Poyo, no se dignó ni siquiera a ir a Valencia porque estaba en Bruselas intrigando para ser la vicepresidenta de la Comisión Europea. Y él mismo se quedó a cenar en la India en vez de regresar inmediatamente.
O cómo, en abril del año pasado, sus políticas energéticas dejaron sin luz a toda España y Portugal, en un apagón sin precedentes, porque desde que existe la electricidad, o sea, desde finales del siglo XIX, ésta fue la primera vez que todo el país se quedó a oscuras.
Y ahora, la tragedia de Adamuz.
Para el presidente las catástrofes son caprichos del destino
Su reacción es sólo un argumento: no se debe politizar una catástrofe, ya que una catástrofe es un capricho del destino y que nadie está libre de la mala suerte.
Sánchez repite este argumento, al mismo tiempo que, sin rubor, alaba la actuación de sus ministros preferidos, Puente y también Marlasca, que, desde Interior, ha demostrado, a su vez, especial ineptitud a la hora de reaccionar ante el accidente.
Las reacciones del PSOE
Al escucharle, me viene a la memoria el recuerdo de las reacciones del PSOE, ya zapaterista, cuando lo del Prestige y, sobre todo, el 11-M.
Cómo, con la ayuda de todos esos medios de comunicación en los que los socialistas siempre han tenido poder, Zapatero y los suyos sacaron a la calle a miles de personas para culpar al Gobierno de Aznar del hundimiento de un petrolero con bandera de las Bahamas a 300 kilómetros de la costa de Galicia. Cuanto más pienso en aquello más me sorprende que culparan a los populares de aquella tragedia, en la que, se mire como se mire, no teníamos nada que ver ni directa ni indirectamente. Pero fue así. Y todavía hay sanchistas que recurren a ella para descalificar al PP.
Por no hablar del 11-M. No habían pasado 12 horas de aquellos terribles atentados, cuyos efectos pude comprobar en directo en la Estación de Atocha, entre los cuerpos de las víctimas tirados en el suelo, en la del Pozo del Tío Raimundo y en la de Santa Elena, ya los socialistas y sus medios de comunicación culpaban al PP de aquellas explosiones. Nunca olvidaré que, cuando a las diez de la noche entré en la morgue instalada en Ifema, una señora me llamó a gritos asesina. Nos llamaban asesinos sin el menor complejo, como si los que hubiéramos ideado aquella masacre, que aún no sabemos quiénes fueron, y los que hubiéramos colocado las bombas, hubiéramos sido militantes del PP. Como siguen llamando asesina a Isabel Díaz Ayuso y a Mazón y como lo hicieron con Aznar en el 11-M.
Cuando vemos cómo se comportaron entonces los fundadores del zapaterosanchismo y vemos cómo pretenden que nos comportemos ahora los españoles de bien, se nos hace más evidente la brillante metáfora que ideó Cayetana Ávarez de Toledo: en la confrontación ideológica de la España de hoy el tablero está inclinado y hay una doble vara de medir.