Trump lidera Europa
«Trump dirige Europa porque la UE ha renunciado a liderarse a sí misma. La testosterona trumpista es incompatible con el ‘soft power’ de Bruselas»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Donald Trump no gobierna Europa, pero la dirige a toque de corneta. No preside la Comisión ni se sienta en el Consejo Europeo, pero marca el ritmo y fija la agenda. Mientras Bruselas debate, Washington actúa; mientras la UE redacta comunicados, Estados Unidos captura presidentes e impone marcos. Cuando los Veintisiete reaccionan a las ocurrencias del loco del pelo rojo americano, este ya les ha cortado la oreja.
La Unión Europea nació como un proyecto supranacional para evitar la guerra en el continente y para desactivar, mediante una arquitectura técnica y jurídica, los nacionalismos y el proteccionismo que habían llevado a la catástrofe de la Segunda Guerra Mundial. Más de 70 años después, el contexto es radicalmente distinto. El orden internacional liberal se resquebraja y da paso a una lógica más cruda de competencia entre grandes potencias como Estados Unidos, China y Rusia, donde el poder, y no las normas, vuelve a ocupar el centro del tablero.
Estados Unidos ya no está dispuesto a reconstruir Europa ni a garantizar indefinidamente su seguridad. Es más, bajo Trump, Washington coquetea abiertamente con la idea de retirarse parcial o selectivamente del paraguas militar que ha sostenido al continente desde 1945. La dependencia europea, tecnológica, energética y, sobre todo, militar, deja a la UE maniatada frente a las ocurrencias del presidente estadounidense, que gobierna a golpe de narrativa, amenaza y espectáculo.
La OTAN, piedra angular de la disuasión durante la Guerra Fría, atraviesa hoy una crisis existencial. Nadie tiene claro qué es exactamente ni hasta qué punto sigue siendo fiable. La amenaza verbal de Trump de comprar o incluso forzar la anexión de Groenlandia ha funcionado como un despertador geopolítico. Europa llevaba años dormida. Ahora abre un ojo, aún incrédula, ante la posibilidad de que un aliado cuestione por la fuerza la soberanía de un territorio ligado a un Estado miembro.
La reacción europea ha sido reveladora de sus propias limitaciones. Despliegue apresurado de tropas, advertencias solemnes sobre la cláusula de asistencia mutua (artículo 42.7 del Tratado de la UE) en caso de agresión americana y debates acelerados sobre la activación del Instrumento Anticoerción, diseñado originalmente para China, en respuesta a la subida de aranceles. Resulta irónico y preocupante que Bruselas empiece a plantearse usar contra Washington herramientas concebidas para contener a Pekín.
«Aumentar el gasto en defensa no equivale automáticamente a autonomía estratégica»
Todo esto ocurre mientras Europa sigue dependiendo peligrosamente de Estados Unidos en capacidades militares clave: inteligencia, mando y control, defensa aérea, logística estratégica o armamento avanzado. Aumentar el gasto en defensa no equivale automáticamente a autonomía estratégica. Incluso con presupuestos crecientes, sustituir capacidades estadounidenses llevará años, quizá décadas. Mientras tanto, la vulnerabilidad permanece.
La guerra de Ucrania ya había dejado una lección incómoda. Depender energéticamente de Rusia fue un error estratégico mayúsculo. Europa reaccionó, pero lo hizo sustituyendo una dependencia por otra. Hoy grandes volúmenes de gas natural licuado llegan desde Estados Unidos a precios más altos. Hemos cambiado a Putin por Trump. Y el nuevo proveedor tampoco es inmune al uso político del grifo energético.
En el ámbito tecnológico, la situación es aún más delicada. La vida económica, administrativa y social europea descansa sobre infraestructuras digitales dominadas por empresas estadounidenses. ¿Qué ocurriría si Washington decidiera, por razones políticas, limitar el acceso europeo a servicios en la nube, software crítico o plataformas digitales? El apagón no sería metafórico. Francia y otros países impulsan alternativas, como el desarrollo de una inteligencia artificial europea, pero los esfuerzos siguen siendo fragmentarios y lentos.
Mientras tanto, Trump no solo presiona desde fuera, también explota las divisiones internas europeas. Apoya a fuerzas políticas que sintonizan con el universo MAGA, que ve a la UE como una construcción débil, burocrática y decadente. Su objetivo no es tanto destruir Europa como impedir que se consolide como un actor estratégico autónomo.
«Un Estados Unidos tensionado a nivel interno es un socio menos previsible y más proclive a externalizar sus crisis»
Sin embargo, hay un elemento que Europa debe observar, la fragilidad interna de Estados Unidos. Los episodios recientes en Minnesota con enfrentamientos entre autoridades estatales y agencias federales, disturbios prolongados, asesinatos y una polarización social extrema, no son una anomalía local. Son el síntoma de una sociedad profundamente dividida, donde la legitimidad institucional se erosiona y el conflicto político adopta formas cada vez más coercitivas.
Un Estados Unidos tensionado a nivel interno es un socio menos previsible y más proclive a externalizar sus crisis. La historia demuestra que la inestabilidad doméstica suele traducirse en políticas exteriores erráticas o agresivas. Pero hay otro ángulo que la UE apenas discute, el migratorio. Si la polarización estadounidense derivara en episodios prolongados de violencia interna o represión selectiva, no es descartable que se produzcan flujos de salida, primero hacia Canadá, pero potencialmente también hacia Europa; de ciudadanos estadounidenses, refugiados políticos o colectivos perseguidos.
La UE no está preparada para ese escenario. Su sistema de asilo ya está bajo presión, sus sociedades polarizadas y su consenso interno sobre migración fracturado. Si empiezan a huir personas de un país que creíamos estable y democrático, como Estados Unidos, Europa tendría que revisar sus reglas, sus discursos y sus principios sobre quién merece protección y por qué.
El síntoma Trump, con su estilo brusco y su desprecio por las formas multilaterales, no es algo pasajero. Es el reflejo de un cambio estructural en Estados Unidos y en el sistema internacional. La UE haría bien en dejar de odiarlo como coartada para no mirarse al espejo. Trump dirige Europa porque la UE ha renunciado a liderarse a sí misma. La testosterona trumpista es incompatible con el soft power de Bruselas. La UE confunde normas con poder, discursos con acción y autonomía con deseo. Y en un mundo que vuelve a regirse por la fuerza, quien no manda, obedece.