Los 17 minutos del banquero lúcido
«Mark Carney se convirtió en Davos en el estadista con mayor atractivo político de una época abundosa en trileros institucionales y políticos mendaces»

El primer ministro canadiense, Mark Carney, durante su discurso para el Foro Económico Mundial celebrado en Davos (Suiza). | Sean Kilpatrick (Zuma Press)
La calificación de un banquero se mide por la satisfacción de sus accionistas. Ahí van incluidas la probidad, las audacias financieras y la sagacidad para los negocios. Nos obliga a pensárnoslo dos veces que un hombre formado en esa especialidad económica se haya convertido en apenas 17 minutos en el estadista con mayor atractivo político de una época abundosa en trileros institucionales y políticos mendaces. Para escarnio de la izquierda acojonada y la derecha ansiosa, un individuo sin necesidad de redes ni streaming convierte su reflexión en incontestable radiografía. Perplejos ante su audacia, se alteraron los rituales y fue ovacionado a pie firme, en un lugar donde nadie se levanta de la silla a menos que lo incite una buena oferta.
Ocurrió en Davos, allí donde ya nadie evoca La montaña mágica de Mann, convertido en el centro del mundo erigido por los hermanos siameses de los negocios y la política. Mark Carney, para la mayoría de nosotros un desconocido, carente de tirón mediático, dirían los expertos, y por demás primer ministro de Canadá, un país poco atractivo en el terreno de la política. Ni siquiera cuando la provincia de Quebec hizo amago de separarse se prestó especial atención. Era el año 1995 y nosotros nos mirábamos en el espejo roto de los fastos del 92.
Nadie con la responsabilidad política de Mark Carney había osado desenmascarar la arrogancia imperial. «Estamos en plena ruptura, no en plena transición… los fuertes actúan según su voluntad y los débiles sufren las consecuencias… la geopolítica de las grandes potencias no está sujeta a ninguna restricción». Su voz es la de una «potencia media» (Canadá) y está dirigida a afrontar la evidencia: en el mundo que vivimos no hay más que grandes y chicos. No cabe otra opción para los que son ni lo uno ni lo otro que fortalecerse unidos frente a la voracidad del Emperador. «Las potencias medias deben actuar juntas porque si no estás en la mesa, estás en el menú». Se puede ser más sofisticado, pero no más preciso.
Está dirigiéndose a muchos de sus iguales en ese lenguaje que podrá utilizarse en privado pero nunca en público, y menos en Davos. Ahí está el valor de la audacia expresiva y la carga política. No solo es uno entre todos ellos, sino que tiene la experiencia acumulada del curtido fajador, implacable. Curiosa personalidad la de Mark Carney. Canadiense de pueblo —ni de Toronto, Ottawa o Montreal—, padres profesores de instituto, que llegó a la política —o a eso que llamamos «política»— hace poco más de un año, entrando ya en la sesentena. Jugador de hockey sobre hielo (deporte nacional), siempre de portero. Estudiante con beca en Harvard y luego en Oxford y después una carrera espectacular en el mundo de la alta economía, tras 13 años de bregar en el ojo del huracán, Goldman Sachs. Dejó la banca privada y asumió el Banco de Canadá que capeó sin sobresaltos la gran crisis de 2008.
Algo debieron de verle cuando le eligieron gobernador del Banco de Inglaterra, una excentricidad en 300 años de historia: un canadiense para llevar las finanzas del viejo Imperio británico hecho trizas. Asumió el Brexit —una decisión de la clase política conservadora— sin que sobreviniera una catástrofe financiera. Se retrató él mismo casi en sarcasmo: «Soy útil en tiempos de crisis, no soy tan bueno en tiempos de paz».
«Carney incita a crear una fuerza que contrarreste la deriva hacia ese mundo de vasallos y esclavos»
La intervención de Carney en Davos la preparó solo; no hace falta que insistan sus colaboradores. Se nota. Hay reflexiones que nacen de muchos debates, pero que tienen un acerbo personal que no pueden aportar los plumillas contratados. El aplastante «Yo soy berlinés» de J.F. Kennedy ante el Muro (1963), llevaba la marca del brillante Arthur Schlesger, con un gran intérprete como lo era el malogrado presidente. Esto de Davos es otra cosa; contiene al tiempo mucho de reto y de sinceridad. Va más allá de ese desasosegante réquiem del flamenco Bar de Veer, tan reaccionario él, primer ministro belga y garante de nuestro Puigdemont, azorado ante el dilema de escoger entre «vasallo feliz o esclavo miserable». No es fácil que los inquietos visitantes del Davos global asuman el relato del arrogante secretario de Comercio norteamericano Howard Lutnick, en una remake letal de las películas del Oeste. «Con el presidente Trump el capitalismo tiene un nuevo sheriff en el pueblo».
Significativo que Carney usara al checo Václav Havel para dar plasticidad a su relato. Un texto de 1978 (El poder de los sin poder), cuando aún se mantenía el Muro de Berlín y se preguntaba «¿Cómo ha podido sostenerse el sistema comunista?». Allí se refiere, en forma de parábola, al frutero con tienda en Praga que se limitó a poner en el escaparate un cártel que decía «¡Trabajadores de todos los países, únanse!». Y lo mantuvo todo el tiempo porque la ficción era útil. Vivir en la mentira evitaba tener que afrontar la apabullante diferencia entre la retórica y la realidad.
Y la realidad resulta de una brutalidad tal como no se había conocido en muchas décadas. Lo dice Mark Carney desde su posición de líder en un «potencia media» como el Canadá amenazado y que solo contempla una posición digna en el «realismo de los valores»; dejar de engañarse y afrontar lo que ese nuevo sheriff del pueblo trata de imponer. «Los poderosos tienen el poder, pero nosotros también tenemos algo, la capacidad de dejar de fingir, de llamar a las cosas por su nombre, de reforzar nuestra posición en casa y de actuar juntos». Es la constatación de un protagonista de excepción del capitalismo contemporáneo que incita a crear una fuerza que contrarreste la deriva hacia ese mundo de vasallos y esclavos. El carácter imperioso de esa lucha, en la que la mayoría no saldrá precisamente vencedora, se plantea sobre dos bases sobre las que no caben dudas: «El antiguo orden no volverá y la nostalgia no es una estrategia».
Hablamos del elefante que no queremos ver y de la habitación pintarrajeada en la que aguantamos. Y nosotros, qué somos. ¿Una potencia media? ¡Menos globos! No hay que inquietarse por observar las nubes de la geopolítica porque en seguida aparece el Poder bajo la forma de Peter Thiel, el todopoderoso fundador de Palantir, secuaz de Donald Trump e intérprete contumaz de la Biblia. A su reciente conferencia ante el Colegio de Francia debo el enterarme del lema de Samuel Colt, inventor del revólver en 1830: «Dios creó a los hombres, el coronel Colt los hizo iguales». Podría servir de cartel en el escaparate del nuevo sheriff.