The Objective
Nicolás Redondo Terreros

Paz. Perdón. Piedad.

«La patria no se conforma sólo con los que piensan igual… existe si es con todos, también con los que no piensan como nosotros»

Opinión
Paz. Perdón. Piedad.

Ilustración de Alejandra Svriz.

Según pasa el tiempo, nos vemos más obligados a elegir. Esto me sucede en todos los aspectos de la vida, y de una forma muy acusada, con la literatura. De joven, leía todo lo que caía, por unas razones u otras, en mis manos.

Poco a poco, fui variando el gusto y sin renunciar a las novelas, era el ensayo lo que más me atraía. Y esa decantación y la edad me han llevado a seleccionar cada vez más las novelas. Hace tiempo que me muevo entre los mosqueteros franceses, Balzac, Flaubert y Stendhal, Tolstói de los rusos y Dostoyevski cuando es reclamado por algún ensayo, los ingleses Dickens y la inmensa George Eliot, cuya novela Middlemarch es a la que más frecuentemente recurro, porque en la inglesa se puede leer con ventaja al resto. Sin duda, Galdós y Clarín están siempre a mano y, de vez en cuando, nuestro Don Quijote, casi siempre por exigencias de algún suceso de la actualidad. 

Ahora son pocos los que me influyen para leer una novela actual, y de las españolas, últimamente me ha atraído sin remedio Patria de Aramburu y dos de Pérez Azaústre. Del primero me atrajo leer una obra de ficción sobre el País Vasco de un adulto para adultos. No he leído a nadie que describa tan brillantemente sobre los tiempos siniestros de ETA y de los personajes que extendieron y se beneficiaron del miedo que la banda terrorista provocó en aquella tierra durante décadas.

De Azaústre me hice incondicional leyendo una de las pocas joyas literarias de estos últimos años, La larga noche, destinada a ser minoritaria porque retrata las últimas horas de un torero. ¡Válgame Dios, en tiempos del doctor Urtasun, el personaje de una novela de un joven escritor es un torero! Aunque ese torero fuera el mítico y poliédrico Manolete. Azaústre se confirmó como un autor de cabecera serio, comprometido y brillante con la novela que recrea el viaje de Manuel Machado desde Burgos, capital por aquel entonces de la zona nacional a Collioure, tras enterarse del fallecimiento de su hermano en el pueblo francés, al que llegó huyendo, como cientos de miles de españoles, de la victoria franquista, que no tuvo ni piedad ni perdón ni consiguió la paz, porque como dijo De Gaulle refiriéndose a nuestra Guerra Civil: «… Tras las guerras civiles no llega la paz». 

Con este último autor español tuve oportunidad de hablar sobre el segundo de sus libros y le pasé una poesía de Manuel Machado, como siempre que tenía una oportunidad y que he dejado de hacer porque la gran exposición sobre los hermanos Machado, impulsada y dirigida por Alfonso Guerra, ha sacado de las telarañas injustas del pasado a Manuel. 

«Dos hermanos inseparables, por circunstancias varias, terminan integrados en bandos diferentes de la contienda civil»

Pero volviendo a la poesía de Manuel, la transmitía a todos los que podía porque la considero, además de ser la más triste de nuestra poesía nacional, una gran metáfora de la Guerra Civil. En medio de la guerra, dos hermanos inseparables, por circunstancias varias, terminan integrados en bandos diferentes de la contienda civil. Y siempre me he imaginado cómo la tristeza de Manuel cuando emprendió el viaje y fue aumentando hasta estallar al llegar y encontrarse con su hermano fallecido y con la terrible sorpresa de la muerte de su madre… porque el dolor siempre puede aumentar… llevo siempre en la cabeza los versos que José, el otro hermano de Antonio, encontró en su gabán: «Estos días azules y este sol de la infancia».

Empieza la poesía con unos versos de su hermano Antonio: «Chopos del camino blanco, álamos de la ribera», sigue con unas coplillas suyas «¿Qué tiene este verso, madre, / que de ternura me llena / que no lo puedo decir / sin que el corazón me duela?» Vuelve cuatro veces a repetir los versos de su hermano intercalando sus coplas. Y la última es: «Cuando en mis labios las tomo / y hasta mis oídos llegan / ¿Por qué lloro sin consuelo? / ¿Por qué lloro sin pena?». Porque creo que Manuel fue muriendo poco a poco después de aquel viaje. 

Durante los últimos tiempos ha aparecido un intento de revisar la historia, absolutamente sectario, vengativo e insoportable; pero también algo que, más que con la historia, tiene que ver con los panfletos ideológicos del comunismo actual, que habiendo perdido, por falta de energía intelectual, su capacidad de diseñar el futuro se ha conformado con divinizar el pasado. 

Aunque siempre, si uno está atento, se puede encontrar con Trapiello y gente parecida, serios comprometidos con la verdad, mucho más que con un partido o una ideología. Así me he encontrado con un libro sobre los exiliados españoles después de la Guerra Civil. Se trata de Hambre de patria, firmado por Juan Francisco Fuentes. 

«Si en España merece la pena dedicarse a la política es para impedir que volvamos a ver exiliados o presos políticos»

El título recoge palabras de Araquistain y Prieto. Este último, dirigiéndose a los socialistas españoles en el último congreso socialista en el que participó, dice: «¡Nuestra patria! Negar afecto a ella pertenece en cierto modo a una especie de demagogia universalista, sin auténticas raíces. Si entre nosotros alguien creyó no profesarlo, la expatriación le habrá sacado del engaño. Todos sentimos el áspero destierro, además de hambre de justicia, hambre de patria». Y la patria no se conforma solo con los que piensan igual… es, existe si es con todos, también con los que piensan de forma distinta, especialmente con los que no piensan como nosotros. 

Si en España merece la pena dedicarse a la política con mayúsculas es justamente para impedir que volvamos a ver exiliados o presos políticos. Esa fue nuestra seña de identidad durante una gran parte de nuestra historia: la división fratricida. Y esa es la primera y gran labor de cualquiera que vea en la política un compromiso con su sociedad y con su historia. 

En gran medida, la Transición, que hoy zarandea el Gobierno con sus socios y, en el otro extremo, Vox, fue la superación de esa historia que hacía exclamar a Max Aub: «Muy lejos de nosotros la funesta manía de entendernos». Esa fue la esperanza de los antifranquistas mientras Franco vivía, esa fue la ilusión que impulsó a todos los que reclamaron libertad y democracia durante los cuarenta años posteriores a la Guerra Civil. Ahora los nuevos antifranquistas, los que no conocieron el franquismo, cargan sus reclamaciones de partidismo y son, en muchos casos, vengativos… buscan la derrota de Franco después de muerto. 

Yo, como supondrán por el inicio del artículo, no he leído la novela de David Uclés, y aunque como dice Arendt «no hay nada más entretenido que una discusión sobre un libro que no se ha leído», yo no haré ningún juicio literario sobre el sorprendente, fuerte, nuevo y todavía dudoso fenómeno literario español. Como decía, ninguno de los que condicionan mis elecciones literarias, y créanme que son exquisitos, me lo ha recomendado con interés. Espero que lo hagan o a ver la próxima aventura literaria del joven novelista. Le traigo a colación por su determinación de ausentarse de unas jornadas en las que se iba a discutir sobre la Guerra Civil. 

«Por sectaria, por fanática, por totalitaria lamento y rechazo la posición de David Uclés»

Esa posición indica que el premiado novelista no considera dignos de su presencia a españoles como Aznar o Espinosa de los Monteros. Es justamente lo contrario a las fuerzas y esperanzas que impulsaron la Transición, es lo opuesto a lo que entendieron nuestros exiliados, cuando gozaban de libertad ideológica, y lo que inspiró a los que combatieron por la democracia y la libertad contra la dictadura. Desde luego, es absolutamente contrario a lo que yo pienso, lo que yo siento y por lo que durante un tiempo me dediqué a la política. Para mí, la nación somos todos, pero muy especialmente considero a los que no piensan como yo. Tal vez esta forma de pensar sea debida a que he vivido y he padecido dos dictaduras: la de Franco, con mi abuelo y mi padre de cárcel en cárcel, y la de ETA, que entendía la patria vasca de una manera criminalmente seleccionada. 

Todos los sectarios me producen rechazo, abjuro de todos los fanáticos y me encolerizan los totalitarios. Por sectaria, por fanática, por totalitaria lamento y rechazo, con todas mis fuerzas, la posición de David Uclés… Bueno, tal vez no sea para tanto y su ausencia no sea más que un hito propagandístico de su campaña de promoción.

Adenda: a la ausencia, no sabemos si proporcional, de Uclés se ha unido un boicot a las conferencias de la extrema izquierda, que ha terminado impidiendo su realización… es lo que tienen los «demócratas radicales». Con Pérez-Reverte no se puede ser indiferente, se le quiere o se le odia. Yo le quiero y le admiro y supongo que habrá sido imposible seguir con el proyecto. Yo, en cualquier caso, no me siento derrotado. La batalla por la tolerancia y en contra el fanatismo es eterna. No me siento derrotado, aunque sí me siento frustrado y triste al ver que no hemos adelantado nada, más bien hemos retrocedido. Tanto hemos retrocedido que la presidenta del Consejo de Estado, aunque esta sea la pizpireta Carmen Calvo, y el ministro de un Gobierno que debería ser de todos, aunque este sea Bolaños, se apean del debate público, del contraste de ideas. En fin, en el año 2026 estamos más lejos que en 1978 de aquellas palabras de Azaña, que muchos recordamos: paz, perdón y piedad. 

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