Antisionismo: el odio a los judíos y a Israel
«Para que el antisionismo ya no sirva de pretexto para el antisemitismo, corresponde a cada Estado incorporar el antisionismo a su ley como una forma de antisemitismo»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El próximo 2 de febrero presentaremos la Fundación Emet-La verdad en Barcelona para combatir el antisemitismo. Pero no nos equivoquemos de debate. Podrían decirnos, sobre todo desde la izquierda: «¡Pero si todos nosotros estamos en contra del antisemitismo!… estamos en contra de todos los racismos, de todas las discriminaciones. Somos gente de paz…».
¿Estáis tan seguros de eso? ¿De toda forma de antisemitismo? ¿Lo tenéis claro?
Hay muchas formas de antisemitismo. La histórica, principalmente cristiana —los judíos fueron acusados de ser deicidas por matar a Cristo—, pero también aquella basada en estereotipos vinculados al dinero.
Siempre ha existido, y podría llamarse antisemitismo de raíz popular. Muy presente en España, antes y después de la catastrófica expulsión de los judíos ordenada por los Reyes Católicos en 1492.
Existe otra forma de antisemitismo, basada en la identidad, en la ilusión de la pureza racial o nacional, teorizado por el francés Gobineau a mitades del siglo XIX, que, evidentemente, culminó con los nazis y el Holocausto. Este último pertenece claramente a la extrema derecha. Hay que contar esta historia, revivir los recuerdos, visitar Auschwitz, combatir el revisionismo, y es obvio para una gran mayoría de ciudadanos que debe combatirse, al igual que se combate cualquier resurgimiento del fascismo.
Pero hay también otro antisemitismo, el más poderoso hoy, verdadero tsunami global, el que mata, el que unos llaman «nuevo antisemitismo», vinculado a los acontecimientos de Oriente Próximo; muy presente en el mundo árabe y musulmán, este antisemitismo también va poniendo de manifiesto las contradicciones de la izquierda.
Resumiendo: el antisemitismo del pasado se basaba en la premisa de que los judíos, un pueblo sin Estado, eran la causa de las desgracias del mundo e incapaces de ser patriotas. Ese pueblo errante era maldito y conspiraba contra otras naciones y religiones. La judeofobia actual, expresada en nombre de la crítica a Israel y a las víctimas palestinas, se basa en la premisa opuesta: supuestamente antirracista y antinacionalista, equipara las responsabilidades judías con la quintaesencia del nacionalista, y, por tanto, del fascista.
Desde el 7 de octubre, tras el ataque terrorista de Hamás, este esquema se ha descontrolado. Las palabras «apartheid», «colonización» y «genocidio» se reivindican como consignas. Sin embargo, no tienen ningún sentido a la luz de la realidad israelí y de la guerra en Gaza. Pero su función radica en otra cosa: transformar a Israel en un Estado paria, deslegitimar su propia existencia. Nadie puede negar el horror de la guerra y las miles de víctimas civiles, utilizadas ante todo como escudos humanos por Hamás. Pero esto no es genocidio, ni en sus objetivos, ni en sus intenciones, ni en la realidad. Esto es una mentira. Repetida regularmente por muchos medios de comunicación de este país. Pero es una mentira.
A finales del siglo XX, un sector de la izquierda decide que la masa de los inmigrantes, principalmente de cultura musulmana, constituiría el nuevo proletariado. Formarían así los nuevos «condenados de la tierra», las verdaderas víctimas del capitalismo y del colonialismo occidental. La indulgencia de personalidades políticas e intelectuales hacia el régimen de Teherán, o la falta de solidaridad con Salman Rushdie, condenado a muerte por el ayatolá Jomeini, ya daban testimonio de esta deriva, que irá empeorando. En Reino Unido y Francia, la alianza entre la izquierda radical y los islamistas, en general liderados por los Hermanos Musulmanes, se afianzó gradualmente, pisoteando todas las luchas progresistas, feministas y laicas. El objetivo era conquistar un nuevo electorado. A partir del 7 de octubre de 2023, la bandera palestina y la kufiya ondearon para unir todas las causas sociales e identitarias. El llamado «palestinismo» entraña una deriva que conduce al antisemitismo, ya que el odio a los judíos y a Israel es el caldo de cultivo del islamismo, y de la omisión de denunciar los crímenes de Hamás o del régimen de los mulás. En Reino Unido y en España, una parte de la socialdemocracia se ha dejado arrastrar por esta deriva. Debemos tener la valentía de denunciar la responsabilidad de esa izquierda. A través de sus concesiones, la confusión ideológica y la explotación de la causa palestina ha allanado el camino al odio de los judíos.
«Pero la maquinaria está bien engrasada. Los judíos son sionistas, los sionistas son fascistas, los fascistas son genocidas»
Cada palabra cuenta, porque dicho odio nunca se detiene en las fronteras de Israel. Afecta a los judíos en todas partes, incluso en Sídney, donde el terrorismo nos recordó trágicamente que el antisemitismo mata. Pero también golpea el corazón mismo de nuestras sociedades: nuestros valores, nuestra forma de vivir, nuestra libertad. Lo que está en juego aquí nos afecta a todos.
«Sionistas, fascistas, ¡sois los terroristas!». Esto es lo que hemos estado escuchando durante meses en todas las manifestaciones llamadas «propalestinas». El antisionismo está de moda. El argumento es simple: el sionismo es una forma de colonialismo a eliminar. Esta simplificación de la historia nada nos dice sobre la historia del pueblo judío, sobre una emancipación que llegó demasiado tarde, sobre los pogromos que mataron, sobre un Holocausto que exterminó. Enmarcar el sionismo dentro del contexto de descolonización es un sesgo histórico que permite considerarse en el «lado correcto de la historia». Habla de todo, excepto del proyecto sionista destinado a la autodeterminación y emancipación del pueblo judío.
Según esa interpretación, todo es juego limpio: antiimperialismo, antifascismo, anticapitalismo. Y, sobre todo, mucho pensamiento conspiranoico, pero sin afirmar nunca explícitamente ser antisemita. Como dijo el filósofo francés Vladimir Jankélévitch en los años 70: «¡El antisionismo es una bendición increíble, porque nos da el permiso —incluso el derecho, incluso el deber— de ser antisemitas en nombre de la democracia! El antisionismo es antisemitismo justificado, en definitiva accesible a todo el mundo. Es el permiso para ser democráticamente antisemitas. ¿Y si los propios judíos fueran nazis? Esto sería maravilloso. Ya no habría que tener lástima; habrían merecido su destino». Ahí es donde estamos.
Desde el mismo 8 de octubre de 2023, hemos presenciado una relativización de las masacres del día anterior, 7 de octubre, y una condena del sionismo. En resumen, si los judíos no hubieran estado ahí, nada de eso habría pasado. El ataque ya no es contra el pueblo «deicida», sino contra el pueblo «genocida».
Ya no se acusa a los judíos de querer controlar el mundo, sino de querer controlar la tierra. Esta tierra, la de Israel, más pequeña que Cataluña, acoge a más de la mitad de los judíos del mundo en el único Estado judío del planeta. «Si quieres, ya no será un sueño», dijo Theodor Herzl, el padre del sionismo moderno, a finales del siglo XIX. El sionismo es un ideal de emancipación, unos cimientos duraderos, un baluarte contra el odio, una muralla contra el exterminio. El sionismo es lo que se suponía que permitiría a los judíos decidir el futuro de sus hijos.
Pero la maquinaria está bien engrasada. Los judíos son sionistas, los sionistas son fascistas, los fascistas son genocidas.
En la escuela, el antisemitismo y el racismo se expresan cada vez más temprano: «Ya no hay tabúes». Cualquier judío que apoye el sionismo es culpable, cualquier judío vinculado a Israel es condenado. El antisionismo esencializa. El antisionismo deshumaniza. El antisionismo obliga a los judíos de la diáspora a posicionarse sobre las políticas del Gobierno israelí. ¿Por qué motivo? Sobre todo, porque solo los judíos antisionistas tienen derecho al apoyo de los nuevos antirracistas. Los demás no solo son responsables de la violencia que sufren sino que también deben rendir cuentas. Porque están en el «bando equivocado de la historia».
El antisionismo es revisionismo. El 29 de noviembre de 1947, la Asamblea General de la ONU aprobó la Resolución 181, cuyo objetivo era la creación de un Estado judío. El 14 de mayo de 1948, David Ben-Gurion proclamó la independencia del Estado de Israel.
80 años después, desde la Universidad de Columbia hasta la escuela Sciences Po en París, desde las redes sociales hasta las Cortes en España, desde las calles de Londres hasta las de Barcelona, la legitimidad del Estado de Israel no sólo se cuestiona sino que se sugieren nuevos planes de partición. El antisemitismo milenario ha sido sustituido por el odio a los judíos y, actualmente, por el odio a Israel, quedando así entrelazados.
Y ello sin consultar a los directamente afectados. En el mejor de los casos, se habla de un Estado binacional. Más a menudo, en discursos y en manifestaciones de izquierdas, en Francia o en España, es una Palestina «desde río hasta el mar», borrando así a la patria judía del mapa. ¿Por qué una causa debería borrar otra? Desde siempre he apoyado la coexistencia de dos Estados democráticos. Ni antisionistas ni supremacistas: reconocemos los mismos derechos para todos los pueblos.
«No podemos confundir la respuesta legítima de Israel, una guerra terrible y su número insoportable de víctimas civiles, con el crimen específico y único del 7 de octubre»
El 7 de octubre quebró nuestras certezas. Cambió la vida de los judíos en todo el mundo. El antisemitismo ya no puede quedar impune. La inmensa mayoría de los actos antisemitas registrados desde el 7 de octubre de 2023 en Barcelona han sido motivados por la causa palestina. Aquí empezaron con los gritos en las manifestaciones y las pintadas en locales judíos, después señalaron en un mapa publicado por GoGo Carto todos los lugares vinculados a esta comunidad, incluyendo una escuela judía, y lo último a lo que hemos asistido ha sido la vandalización de tumbas en el cementerio judío de Les Corts. El hilo clásico, el recorrido previsible, el grito, la señalización, la vandalización…
Hay gente de izquierdas, incluso feministas, que son incapaces de denunciar a Hamás, organización islamista y terrorista, que nunca ocultado su odio hacia todos los judíos, pero también hacia los cristianos y, por supuesto, hacia la democracia. Tampoco denuncian su dominio violento ejercido sobre las mujeres en Gaza. Y olvidan que los homosexuales son perseguidos y masacrados, y que muchos se refugian en Tel Aviv, esta ciudad hermana y progresista con la que Barcelona desgraciadamente suspendió el acuerdo de amistad. Ésta también es la estrategia del movimiento BDS (Boicot, Desinversión y Sanciones), cuyo objetivo declarado es deslegitimar a Israel mediante su aislamiento en todas las instituciones culturales, los eventos deportivos o las universidades. Barcelona, Cataluña y España no son una excepción a esta lógica absurda y peligrosa.
No podemos confundir la respuesta legítima de Israel, una guerra terrible y su número insoportable de víctimas civiles, con el crimen específico y único del 7 de octubre. Los vídeos grabados con cámaras GoPro por los terroristas, demuestran una ideología, esta sí, genocida que pedía la masacre y la tortura del máximo número posible de civiles por su mera identidad judía.
Mientras escribo estas líneas, la ONU todavía no ha condenado la operación turco-siria contra los kurdos. Las protestas contra la represión sangrienta perpetrada en Irán por los carniceros islámicos, el régimen de los mulás, son escasas. Para no hablar de la situación ignorada pero insoportable que viven poblaciones cristianas y musulmanas con decenas de miles de muertos, millones de desplazados y atrocidades cometidas en Sudán. ¿Y por qué? Sencillamente porque Israel no está involucrado en esos conflictos. Así que no hace falta indignarse, ni organizar manifestaciones, conciertos o flotillas.
No jews, no news.
Para garantizar que el antisionismo ya no sirva de pretexto para el antisemitismo, corresponde a cada Estado proteger a los judíos incorporando el antisionismo a su ley como una nueva forma de antisemitismo. No se trata de silenciar las críticas legítimas a las políticas de un Gobierno israelí —y lo hacen muy bien los propios israelíes en la única democracia de Oriente Próximo— sino de condenar el antisionismo que golpea, el antisionismo que viola, el antisionismo que discrimina, el antisionismo que humilla. Antes de que los antisemitas tomen el poder…