La Guerra Civil no acaba nunca
«El encuentro que el amigo Pérez-Reverte quería hacer en Sevilla se pospone al otoño. No ha ganado la moderación inteligente, sino otra vez los aires bélicos»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Hará unos dos años (uno de tantos ejemplos) participaba en un coloquio sobre la memoria histórica y evidentemente nuestra guerra civil. Intenté como hago a menudo -con regular fortuna- una posición de conciliación, una postura centrista o moderada. No caí en la cuenta de que el centrismo y la moderación fueron las primeras víctimas de la tantas veces llamada «guerra incivil». Alguien de la tertulia me echó en cara esa moderación, con estas palabras: «Es muy fácil hablar así cuando no se tienen muertos en la cuneta». Y, súbito, me vino a las mientes algo que no solía recordar: El hermano mayor de mi madre fue fusilado en octubre de 1937 (tras algún tiempo escondido) en las tapias de los jesuitas de Chamartín, cerca de donde vivía su familia, por las milicias comunistas de ‘El Campesino’, Valentín González, un hombre de aspecto terrible. El cuerpo de mi tío Mariano, probablemente arrojado a una fosa común, no se encontró nunca. Para su madre -mi abuela- un golpe del que en verdad nunca se repuso. Pero guardó silencio.
¿Qué había hecho tío Mariano, 25 años? No pertenecía a ningún partido político, se había recibido de arquitecto recién y trabajaba con un tío suyo, Felipe Arteaga, hombre de derechas y rico (el tío) que había ayudado con dinero a Gil Robles en la campaña electoral de febrero del 36. Ese hecho, de un pariente, ¿merecía el ser fusilado? La barbarie era evidente y el de los «muertos en la cuneta», al oír mi caso, calló. Claro que en el otro bando hubo cosas similares, y en ambos muchas más y atroces y peores. Cuando Zapatero promulgó la Ley de la Memoria Histórica, mamá se acordó de su hermano y me consultó: ¿Debo pedir que busquen a mi hermano? Para mí era claro: ¿Qué conseguirás si dentro de quién sabe cuánto, te entregan unos huesos con el mismo ADN? Sin dudarlo, me respondió: «Nada». Y ese es, a fondo, el tema. Perdón sin olvido de todos y para todos, porque casi han pasado 90 años desde el inicio de esa guerra fratricida. Aquel famoso discurso de Azaña, «Paz, piedad y perdón», pronunciado en Barcelona en julio de 1938, no era un gesto de rendimiento -aunque todo iba mal- era un intento de equilibrio en una situación que, pese a ser el Presidente de la República, ni comunista ni fascista, por ese exacto motivo, él ya no controlaba. Era solo un símbolo.
Todo esto me ha venido a la cabeza a propósito del encuentro que el amigo Pérez-Reverte quería hacer en Sevilla, bajo el título (si no recuerdo mal) de La guerra que todos perdimos. Es verdad que no todos perdieron igual ni por idénticos motivos, pero «perdieron». A todos nos fue peor que si no hubiese habido guerra y tan brutal. Entre los invitados -supongo que habría otros más- Aznar e Iván Espinosa de los Monteros, antigua primera figura de Vox, partido en el que ya no milita. También un escritor joven (36 años) que en estos meses está de moda, David Uclés, que tiene todo mi respeto. Este anunció que no iría al encuentro por la presencia de Aznar y de Espinosa. Creo que algunos lo siguieron. Se trata, obviamente, de un nuevo acto guerracivilista que, desdichadamente, tan frecuentes en este país que sigue atormentado. Uno puede estar en total desacuerdo con la ideología de Aznar, verbigracia, pero ese no es motivo para no hablar con él intelectualmente. No se pide que sean amigos y si se tercia pueden ni cenar juntos, pero ¿dialogar? Uclés, gay como tantos estupendos, se extralimitó de ira, pues me niego a creer que sólo buscara mercantilismo para sus libros. Pero Arturo (que no es hombre al que parezca temblarle el pulso en la lid) enseguida se revolvió contra Uclés y este, de nuevo, contra Pérez-Reverte, y por si fuera poco ya tenemos otro conflicto, muy mediático por supuesto.
Y así el encuentro 1936: La guerra que todos perdimos y que se iba a celebrar en primavera se pospone al otoño. No ha ganado la moderación inteligente, sino otra vez los aires bélicos. Y además, llegado el otoño, ¿se pretende que los discordantes se hayan atemperado? Supongo que no lo harán tan en caliente, por lo que (imagino) Arturo deberá buscar nuevos invitados más propensos a la sosegada plática, o gritona alguna vez posiblemente, pero plática, conversación. Recuerdo cuando, muy en los inicios de la Transición (a la postre algo «santa», sí querido Umbral) en el Club Siglo XXI, el entonces bastante terrible Manuel Fraga Iribarne no dudó en presentar la conferencia que allí dio el recién vuelto Santiago Carrillo, secretario del Partido Comunista de España y a quien Fraga, con sesgada sonrisilla, calificó de «comunista peligroso». Carrillo y Fraga hablaron y era como una brisa que empezaba a intentar cerrar la purulenta y larga llaga de la Guerra Civil. En esa labor de sanación parecían estar casi todos. Casi se consigue. Pero, lastimosamente, hemos dado marcha atrás. Porque desde Zapatero y ahora con todo el peculiar Gobierno de Sánchez, reman todos para que los dos Españas a goyescos garrotazos no dejen de existir. No vencer sino a exterminar al enemigo (lo decía el gran Juan Gil-Albert) un signo de la peor españolidad. Ganar -en dialéctica- es más que lícito, aplastar, masacrar, «al enemigo ni agua», no. Y así andamos. Yo quiero que, 90 años después, pueda ya terminar esa guerra atroz, que dejó muertes en las cunetas, y una saña tan poco inteligente como visceral. Bella gerant alii.