A mi inolvidable compañera de escalofríos
«Cuando nos encontremos ante el Tribunal definitivo, quién sabe la inesperada artesanía que llevaremos como atenuante entre las manos…»

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Si uno tiene ya cierta edad y larga afición a la lectura, es prácticamente seguro que haya habido en su vida varias revistas culturales importantes. En la mía la primera fue Revista de Occidente, no tanto por su contenido —algo tieso para mi gusto zascandil—, sino porque fue la primera en que colaboré. Me acogió en sus ilustres páginas don Paulino Garagorri, un donostiarra que por compartir con él esa virtud de cuna me perdonó mis otros muchos defectos. Garagorri era un perfecto caballero español y una de las personas más bondadosas y fiables que he conocido. En la sección de la revista que recogía la nombradía de los colaboradores, la mía se reducía a ser «nacido en San Sebastián. Publicista». Yo no había oído nunca lo de «publicista», un título enigmático escogido por la generosidad de don Paulino para cubrir el vacío de mis méritos, pero me gustaba mucho porque sonaba a «ciclista», «artista», «corista» o algo así. Empecé como publicista y ahora acabo como tal: bien está lo que acaba como empezó. Después vinieron otros revistas en el rosario de mi vida, como Triunfo, El viejo topo, Quimera… Hasta por fin la más mía de todas, Claves de la razón práctica, nacida de mi amistad con Javier Pradera. A pesar de lo poco que se pareció a mí, tanto en su primera etapa como en la segunda (en esta ya un poco más), Claves fue un suceso biográficamente importante en mi trayecto. Cuando nos encontremos ante el Tribunal definitivo, quién sabe la inesperada artesanía que llevaremos como atenuante entre las manos…
Pero en el orbe de las revistas literarias hay un caso todavía más curioso, que es de lo que quería hoy hablarles. El de las publicaciones en las que no hemos colaborado ni siquiera hemos leído en su original, todo lo más en algún facsímil, pero que han sido determinantes en nuestra vida intelectual. En la mía resultó fundamental Weird Tales, quintaesencia del género llamado pulp americano. El término pulp se refería al papel basto y barato en el que se imprimían las publicaciones más populares, con argumentos sensacionalistas, sanguinarios y sexis. Weird Tales apareció en 1923 y se especializó en relatos fantásticos de horror: tuvo la suerte (quizá el espíritu de la época era propicio al género) de que entre autores mediocres o francamente desastrosos obtuvo las primeras colaboraciones de un puñado de escritores de talento que han marcado indeleblemente el devenir del género: H. P. Lovecraft, Seabury Quinn, Clarck Ashton Smith, Robert Bloch, Henry Kuttner y años después Fritz Leiber o Ray Bradbury. Los que somos aficionados a ese tipo de literatura (no tuerzan el género, los exquisitos, lo es, lo es) tenemos una deuda incancelable con esa modesta revista que siempre sobrevivió a trompicones, asediada por los problemas económicos y por la omnipresente amenaza de la censura puritana. Incluso después de que la publicación original se extinguió, allá por los años cincuenta, el espíritu Weird Tales perduró y aún perdura, mantenido por alumnos e imitadores de la generación dorada, pero no solo a través de libros, sino también en películas, cómics, videojuegos, etc.… En España la huella tenebrosa de la revista pulp se ha mantenido a base de antologías que debemos a la tenacidad de grandes aficionados como mi añorado amigo Paco Arellano (traductor, antólologo y formidable erudito) con su indispensable Biblioteca del Laberinto.
Habrán notado que en la lista de colaboradores más notables de la revista no he mencionado más que nombres masculinos. Pero también hubo distinguidas colaboradoras de sexo femenino y es precisamente de ellas de las que quería hablarles en esta nota. Hace un par de meses cayó en mis manos un volumen con un título que me gustó: Hermanas raras (ed. Impedimenta). Son quince relatos de autoras que prácticamente todas frecuentaron el paraíso pulposo de Weird Tales. Alguna es muy conocida por los aficionados, como Catherine L. Moore, aunque su especialidad no fue el terror, sino la ciencia-ficción. Otra, Frances Garfield, resulta que fue consorte de uno de mis autores favoritos, Manly Wade Wellman, pero su relato sobre un armario prohibido es tan bueno como los de él o quizá mejor. Y Margaret St Clair, la baronesa Greye la Spina o Tanith Lee… Son cuentos de terror sin contemplaciones, con tramas clásicas revisitadas con astucia —ratas demasiado listas, madres espectrales, amantes muy desaconsejables, niños con secretos atroces…— y ese toque algo pueril que es el sello del pulp. Baudelaire describió la vida humana como islotes de horror en un océano de hastío: pues bien, estos cuentos acentúan el espanto, pero nos evitan el aburrimiento. Oigan, pueden creerme: ¡ni una palabra en ninguno de ellos sobre la Guerra Civil! Muchas gracias, hermanas raritas.
Un último mérito: la edición de Impedimenta, bien presentada, pasta dura, cinta marca páginas, letra limpia y grande, permite recuperar el viejo placer de tener un libro en las manos. Nadie echará de menos la pantalla…