The Objective
Daniel Capó

La política, estúpido

«La percepción social es la de un país que ya no avanza confiado hacia el futuro, sino indignado, tenso y, en ocasiones, harto y enfrentado consigo mismo»

Opinión
La política, estúpido

Ilustración de Alejandra Svriz.

Política, política, política. España se mueve al ritmo frenético de una política cada vez más crispada. Se acercan las elecciones, con el ciclo autonómico ya en marcha, y la economía pasa al primer plano. Recordemos la célebre cita que popularizó Bill Clinton en su campaña presidencial contra Bush padre: «The economy, stupid», que ha servido de leitmotiv para cualquier predicción electoral. Históricamente, si el PIB crece, los hados favorecen al PSOE; en cambio, si el desempleo se incrementa y cierran más empresas, son los populares los que recuperan el poder.

Intuitivamente, se diría que el socialismo en España cuenta con un comodín para la mayoría de los temas: ya sea la cultura, la opinión sincronizada, la enseñanza o los derechos y libertades. España es —o ha sido, al menos desde la llegada de la democracia— un país sentimentalmente de izquierda, cortoplacista en sus intereses y cada vez más identitario en sus emociones. Europa, al fin y al cabo; aunque con matices propios que se explican por nuestra historia y por la particularidad geográfica de ser una península. Pero la economía, desde los años de Aznar, era el terreno privativo de una derecha a la que se le reconocía una capacidad de gestión superior a la de la izquierda. Las legislaturas socialistas terminaban propiciando un ciclo depresivo —más déficit, más paro—, mientras que los años de gobierno popular cerraban con bonanza o, al menos, con una relativa bonanza. No hablo exactamente de la realidad, sino de la percepción social, de un credo no escrito que actúa en el inconsciente del votante medio español. Pero parece que ya no es así.

La economía crece empujada por múltiples vientos de cola. No obstante, un análisis pormenorizado de las cifras macroeconómicas nos revelaría muchas sombras de cara al futuro, algunas inquietantes. Aunque esto importa poco ahora mismo; lo que importa es la percepción social, ya no tan buena, a pesar de los récords históricos de afiliación a la Seguridad Social y de subidas salariales.

La percepción, insisto, es diferente: la de un país donde nada funciona y cuyas infraestructuras y servicios públicos se deterioran de forma acelerada. La percepción es la de un país que se empeña en poner trabas a la construcción de vivienda y cuyo IPC cotidiano —el que más impacta a los trabajadores— se ha disparado muy por encima de lo que indican las cifras oficiales. Un país, en definitiva, que ya no avanza confiado hacia el futuro, sino indignado, tenso y, en ocasiones, harto y enfrentado consigo mismo. Es la economía, sí, pero es sobre todo la política lo que rige.

«Sánchez necesita de la política para sobrevivir, porque la economía de repente ya no ofrece respuestas»

Sánchez teme que el descalabro autonómico se vaya repitiendo votación tras votación en los próximos meses. Lo teme y, sin embargo, a la vez lo relativiza con el único objetivo de mantenerse en la Moncloa. Confía en la fortuna, siempre tan caprichosa, y en el vuelco sorpresivo de las circunstancias. Confía en que la tensión política active de nuevo un voto emocional por bloques en un país sentimentalmente de izquierdas. Confía en que el tiempo borre las huellas de este último año. Piensa, quizás con razón, que la memoria es corta.

Creo que se equivoca, porque esta vez Sánchez necesita tiempo y no tiene el suficiente. No lo tiene para impactar sobre el precio de la vivienda ni sobre el mantenimiento de las infraestructuras públicas. Preso de sus alianzas parlamentarias y de sus redes clientelares, no ha podido ni siquiera aprobar unos presupuestos en esta legislatura. Sánchez necesita de la política para sobrevivir, porque la economía de repente ya no ofrece respuestas. Y el peligro entonces es que el electorado piense que tenemos un gobierno que no sirve para nada.

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