A Trump le gustaría más Taiwán
«Relegada Rusia en la carrera tecnológica, el poderío de China y Estados Unidos depende de la fábrica de una pequeña isla»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Estados Unidos de América celebra este año los 250 de su existencia. La mitad de ellos como imperio hegemónico, algo único en la Historia. Sin embargo, muchas señales apuntan a que su liderazgo incontestable no se alargará mucho más. A no ser que Trump lo evite. En eso anda enfangado el presidente de los Estados Unidos.
Es cierto que su dominio en el siglo XX no fue un camino de rosas. En los años 60, por ejemplo, la URSS le adelantó en la carrera espacial; en los 70, además de salir humillado de Vietnam, el mismo imperio soviético le superaba en el arsenal de bombas, tanques y aviones; en los 80, los misiles norteamericanos se guiaban con chips de Japón, que le aventajaba, paradójicamente, en una tecnología inventada en Silicon Valley. En todos los casos, el imperio americano recuperó la vanguardia con la misma fórmula: rapidez de reflejos para detectar el problema y creación tecnológica. Desde los 90, Estados Unidos ha vivido una época dorada gracias al dominio en el sector de los semiconductores, los chips de silicio fabricados por Intel, y el software de todo el ecosistema de internet, concentrado en el californiano Silicon Valley.
En esta década del siglo XXI, las señales de alarma son más complejas, entre otras cosas, porque los anteriores presidentes norteamericanos infravaloraron la novedosa ambición de un gigante históricamente aislado, China.
Aunque Estados Unidos casi dobla el Producto Interior Bruto (PIB), China es el mayor vendedor mundial y, sobre todo, lidera los sectores estratégicos del nuevo orden geopolítico. Domina en minerales críticos, refina el 90% de las tierras raras del mundo, un sector que hace tres décadas estaba en manos de Estados Unidos. Por supuesto, los automóviles eléctricos chinos también se han comido a los Tesla de Elon Musk, y en Inteligencia Artificial (IA) han dejado en ridículo al OpenAI de Silicon Valley, cuando DeepSeek puso en código abierto su programa, que, además, rinde mejor y consume menos. Ese mismo mes de enero de 2025, Donald Trump había jurado sobre la Biblia que iba a hacer América grande otra vez (Make America Great Again).
Con su gorrita roja y sus maneras de feriante de crecepelos, por aquí —Europa del Sur y más concretamente España— nos tomamos a Trump a chirigota, y a su MAGA como una promesa abstracta para contentar a analfabetos norteamericanos dispuestos a votarle (71,6 millones contra 66,7). Tampoco nos lo hemos tomado más en serio cuando en octubre publica National Security Strategy. Su ideario geoestratégico.
A los dos meses entró en Venezuela y mandó sacar a los asesores rusos y chinos. Un escándalo, pero, por otra parte, nada nuevo. En 1962 el presidente norteamericano, John F. Kennedy, obligó a su homólogo ruso, Nikita Kruchev, a retirar los misiles instalados en Cuba.
La ambición de Trump para cortar la trayectoria decadente de Estados Unidos —como refleja el National Security Strategy—, no solo pasa por recuperar amigos. También busca ganar territorio, por qué no; ya pagaron a España por Florida, a Francia por Luisiana, a Rusia por Alaska y a México por California. Y de todo ello no hace más de cien años. Ahora lo intenta con Groenlandia.
Dice Trump de Europa en su National Security Strategy: «…si continúa su tendencia actual, el continente será irreconocible en 20 años, o menos». Nos desgarramos las vestiduras al leer el documento —¿de verdad se leyó?—. Lo cierto es que en 1990 el PIB europeo era un 25% mayor que el de Estados Unidos, hoy el americano es un 15% superior.
Europa no ha sabido rectificar con las crisis económicas padecidas. Ha salido de ellas, pero sin eliminar los vicios que arrastra. Estados Unidos sale de sus periodos críticos antes y más reforzado, siempre gracias a la tecnología (y a la importación de cerebros, que ahora Trump quiere cortar). Desde que Robert Noyce y Jack Kilby inventaron el circuito integrado (1958), el dominio global del país ha sido incontestable. Gracias a los chips, se acabaron los bombardeos al tuntún, como en Vietnam. En la Guerra del Golfo de 1990, misiles teledirigidos esquivaban obstáculos y apenas erraban un blanco. El efecto global fue inmediato. El arsenal nuclear ruso, que seguía siendo superior al americano, había perdido su valor disuasorio.
Ahora el rival es China, líder del comercio mundial, pero aún no tecnológico. Sus ordenadores y servidores funcionan mayoritariamente con chips de Intel y software de Microsoft. En 2015 importaba el 85% de los semiconductores que necesitaba; el plan de su líder Xi Jinping es rebajarlo al 15% este año. Trump —y antes tímidamente Biden- intenta frenar su carrera. Desde hace unos años la administración norteamericana tiene vetada la venta de material sensible a Huawei, especialmente chips 5G. En Australia, Japón, Nueva Zelanda, Gran Bretaña, entre otros países, han prohibido Huawei, empresa ligada al ejército chino, aunque esto no es lo que más preocupa. Lo más grave, para los intereses del imperio americano, es que tecnológicamente —en software y hardware— China pisa los talones a Silicon Valley.
Otra vez revisando la Historia, Trump encuentra inspiración. Mientras Europa solo veía en la foto del presidente con los mandamases de Microsoft, Google, Tesla, Facebook, Amazon, Nvidia, Oracle, Apple, Open AI… a una banda de plutócratas, él veía a los científicos que le pueden asegurar la continuidad del imperio y, por tanto, de la vanguardia militar.
Ese grupo de empresas invertirá 1.400 billones de dólares en centros de datos. No es una entelequia futurista, ya está pasando. En los desiertos de Arizona y las planicies de Texas se levantan gigantescas estructuras, voraces consumidores de agua y electricidad, imprescindibles para desarrollar la inteligencia artificial. En esta carrera de los data centers, solo falta Elon Musk. El exitoso megalómano apuesta por colocarlos en la órbita espacial.
A falta de que se abran esas megafábricas, la llave del funcionamiento del mundo no la tiene Estados Unidos, tampoco China. Ambos gigantes son dependientes de una pequeña isla, Taiwán, de donde sale el 80% de los chips ultraavanzados y el 37% de todos los diversos chips que necesita el planeta.
Cuando Estados Unidos se constipa, solíamos decir, el mundo se acatarra. Hoy debemos temer a los constipados de Taiwán, que sufre periódicos desastres naturales. Hace dos años fue sacudida por un terremoto de escala 7.5 y las cadenas de montaje de todo el mundo se ralentizaron porque no llegaban sus chips. Un coche lleva integrados centenares, pero la falta de uno ya paraliza la producción.
En su National Security Strategy, Trump le dedica a esa isla, con una superficie inferior a Extremadura, casi tantas líneas como a Europa. Frente a la «irrelevancia» del viejo continente, reconoce la dependencia de EEUU de Taiwán y de su estrecho por donde navega el 30% del comercio mundial. Un bloqueo militar supondría una catástrofe mundial.
Todo empezó como quien dice, ayer, en 1987. El chino Morris Chang, huido del comunismo de su país y emigrado a Texas, recibió un cheque en blanco del presidente de Taiwán para crear una fábrica de microchips única, TSMC (Taiwan Semiconductor Manufacturing Company). Es una fábrica que ha conseguido la confianza de todos los monstruos tecnológicos del mundo. Apple, Huawei, Nvidia, Google, Meta…son algunos de sus 522 exclusivos clientes. Todos son diseñadores a medida de sus propios chips, pero no los fabrican, no tienen la estructura.
Sólo la taiwanesa TSMC es capaz de ensamblar, después de 288 meticulosos procesos, por ejemplo, el procesador A19 del último iPhone que integra 30.000 millones de transistores en un par de milímetros cuadrados. Y es solo uno —aunque el fundamental— de los 12 chips integrados en el móvil. De las fábricas de TSMC (18 en Taiwán, y de distinto nivel tres en EEUU, dos en China y una en Japón) sale el 37% de todos los chips del mundo y el 80% de los destinados a inteligencia artificial (el resto de la surcoreana Samsung). Un 70% de su clientela es americana, un 11% china, 5% japonesa y apenas el 4% va para Europa.
«Taiwán ha creado un escudo de silicio», escribió en Foreign Affairs, la expresidenta del país Ysai Ing Wen, «que le permite protegerse a sí mismo y a otros de atentados agresivos para cortar la cadena de distribución mundial».
El escudo afecta a EEUU y a China, que anualmente gasta más en importar chips que en petróleo. El gigante asiático ha intentado entrar en el accionariado de la empresa taiwanesa, sin éxito, tampoco lo consiguió en pequeñas empresas americanas de semiconductores. Finalmente, el líder chino Xi Jinping confía en que para 2030 su país sea capaz de fabricar en casa todo lo que necesite en una futura guerra, que no se decidirá por el mayor número de tanques, de aviones, de barcos o de soldados, sino por el mayor poder de computación. Ideológicamente opuestos, Jinping y Trump coinciden en el remedio. Fabriquemos en casa. Que los iPhone de Apple se monten en Shenzhen o los coches Tesla en México es anecdótico, de un año para otro se pueden trasladar —ya se están moviendo—; pero que los chips de la IA salgan de Taiwán rompe los esquemas futuribles de la National Security Strategy. De momento.
En el desierto de Sonora (Arizona), 500 hectáreas de arena y sol se van cubriendo de paredes metálicas y tubos de aluminio. Ahí se levanta una de las seis fábricas que la taiwanesa TSMC tendrá en Estados Unidos. Aunque la producción de cada uno de sus chips costará el doble que en la isla asiática, el gobierno de Trump ha dado todas las facilidades para que de aquí salga un tercio de los semiconductores que el país va a necesitar.
La planta de Sonora necesitará tanta agua como una ciudad de 400.000 habitantes y una inversión de 165.000 millones de dólares. Pese a las altas temperaturas, el lugar escogido parece a salvo de inundaciones, tornados y terremotos. Cuando marchen a pleno rendimiento todas las plantas de TSMC, Estados Unidos podría ser autosuficiente.
Si llegan esos días, Xi Jinping y Donald Trump, China y Estados Unidos podrán sentirse más seguros; el resto del mundo, probablemente, no.