El sexo de la estatua
«Además de las fotos de las escritoras y de la bandera arcoíris, podría llevar una marca en el bálano: ‘Hasta aquí llegó la estupidez de la izquierda en 2026’»

El proyecto de estatua descartado para el Vale de los Caídos.
Contaba en estas páginas mi viejo camarada Marcos Ondarra que el Gobierno barajó la posible sustitución de la Cruz de los Caídos en el valle de Cuelgamuros por una estatua homenaje al mundo LGTBI que tendría 183 metros de altura, el doble que la estatua de la Libertad y que la catedral de Burgos; no sé si se hacen a la idea. No sería la construcción más alta del mundo, la torre Eiffel llega a los 300 metros, pero no tiene quien la iguale, ni siquiera que se le aproxime, entre las obras de los hombres.
Me ha llamado poderosamente la atención la pormenorizada descripción de la estatua, que representa a un varón altísimo, con una bandera arcoíris sobre el hombro izquierdo y cinco nombres de mujeres con sus retratos sobre el cuerpo. Son: Lola Flores, Emilia Pardo Bazán, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Rosalía de Castro y Elvira Lindo. ¿Qué tienen en común? Cuatro de ellas son escritoras, pero no se acaba de entender la razón de que les haga compañía Lola Flores. Por otra parte, tampoco veo el nexo que une a Elvira Lindo con las otras tres; a mí me gustaría saber qué opina del tema mi antigua amiga Elvira.
Hay otro asunto, claro. La estatua es un desnudo masculino con un pene descomunal, sobre el que no se dan las medidas, pero que en proporción con la estatura debe de ser de unos ocho metros o quizá más. Es mucho mayor que las dimensiones que se permitían los clásicos. A su lado, lo del David de Miguel Ángel es un micropene, como el de los desnudos masculinos de la antigua Grecia. Pero es que para los escultores de entonces unos genitales grandes eran cosa de mal gusto; lo tengo leído en alguna parte.
No llego a creer que la estatua satisfaga al colectivo LGTBI. Un mandado como el de la estatua proyectada es la negación del sofisma tan querido por la izquierda, ya saben: que hay mujeres con pene y, en justa compensación, varones con vulva. Este es, evidentemente, un varón con pene. Claro que, puestos a lucir ese equívoco atributo de la masculinidad, tampoco se entiende muy bien que lo representen en estado de reposo o de flacidez, en lugar de materializarlo en todo su esplendor priápico, lo que supondría 15 o 16 metros, tirando por lo bajo. Sería muy ostentoso, de acuerdo, pero hay que tener en cuenta el inconveniente que traería consigo la opción elegida por los responsables del asunto. Sería inevitable que el ingenio chocarrero de nuestros paisanos bautizara a la estatua como «el pollatriste» o cualquier otro apodo denigrante.
Quiero hacer notar, de paso, una paradoja gramatical que siempre me ha llamado la atención y que me ha servido para distinguir el sexo del género, conceptos que a veces —muchas veces— equivoca nuestra izquierda: los nombres comunes o vulgares para designar el atributo del sexo masculino son de género femenino: polla, verga o minga, en la desdichada jota zafia que cantaba Pablo Echenique Robba, jaleado por todos sus camaradas de Podemos que gritaban entusiastas: «¡Presidente, presidente!», y que le valió el apodo de Echeminga Dominga, que viene de Francia.
El aparato genital femenino es más impreciso. No tiene un nombre fetén que sirva para todo el conjunto, sino solo para sus partes: vulva y vagina. Los nombres populares que abarcan el todo son de género masculino: coño, potorro, parrús o chumino, pongamos por caso.
Lo del sexo y el género siempre ha sido un lío en el que el Gobierno nunca ha terminado de aclararse. Hay veces que llama «género» a lo mismo a lo que en otras ocasiones se refiere como «sexo». Pondré dos ejemplos: Zapatero impulsó la Ley 1/2004, de 28 de diciembre, de Medidas de Protección Integral contra la Violencia de Género. Sin embargo, tres años después hizo aprobar la Ley 3/2007, de 15 de marzo, reguladora de la rectificación registral de la mención relativa al sexo de las personas.
El Gobierno aparentó que tenía dudas sobre la denominación de la primera de las dos leyes citadas y pidió a la Real Academia un dictamen sobre la ley estrella de la legislatura Zapatero. La RAE respondió con un informe razonable de Antonio Muñoz Molina, explicando que género era un concepto gramatical y que el uso que proponía la ley era una mala traducción del término «gender», un anglicismo (o anglicanismo, según la entonces ministra de Cultura) que en inglés significa «género» y también «sexo». La RAE entregó su informe en la mañana del 19 de mayo de 2004. Aquella misma mañana, el Gobierno filtró el informe a un medio amigo. El alboroto feminista convenció al Gobierno Zapatero para archivar el informe de la Academia y ratificarse en su criterio gramatical.
En fin, en cierto modo —solo en cierto modo—, cabría lamentar que el sanchismo haya descartado un desnudo trans tan raro. Además de las fotos de las escritoras y de la bandera arcoíris, podría llevar una marca en el bálano: «Hasta aquí llegó la estupidez de la izquierda en 2026».