The Objective
Javier Benegas

¿Por qué estamos tan jodidos?

«La lógica que rige la política española convierte la moral en sucedáneo del Gobierno, la polarización en consecuencia inevitable… y gobernar en prescindible»

Opinión
¿Por qué estamos tan jodidos?

Ilustración de Alejandra Svriz.

En una democracia que funcione más o menos bien, ganar unas elecciones debería ser apenas el primer requisito: la barrera de entrada que permite iniciar la tarea verdaderamente compleja, exigente y arriesgada que es gobernar. En España, sin embargo, esa lógica funciona al revés. La victoria electoral no es el punto de partida, sino la línea de llegada. El objetivo no es gobernar, sino ganar. Y, una vez se gana, lo importante es permanecer.

Esta inversión no es un vicio menor, sino el núcleo de un problema que condiciona la política nacional desde hace al menos dos décadas. El resultado es una actividad política atrapada en una lógica de supervivencia permanente, donde la estrategia orientada a la victoria da paso a otra completamente distinta: la estrategia orientada a la conservación del poder a cualquier precio.

Gobernar, en el sentido intimidante del término, es decir, entendido como marcar un rumbo, asumir costes, aplicar reformas, aceptar conflictos, queda relegado a un segundo plano, cuando no directamente sacrificado.

En economía hay un concepto que encaja como anillo al dedo: la llamada inconsistencia temporal. Se trata de situaciones en las que decisiones racionales en el corto plazo, tomadas una tras otra, acaban siendo incompatibles con los intereses de largo plazo del conjunto de la sociedad. Trasladado a la política, el mecanismo es sencillo: cada decisión se adopta no en función de un plan de Gobierno, sino del interés inmediato. De esta forma, lo que hoy es políticamente rentable acaba hipotecando el mañana.

No es casualidad que este electoralismo desorejado coincida con el estancamiento de la prosperidad. A pesar de que el PIB ha crecido y los indicadores macroeconómicos inspiran titulares jubilosos, ese crecimiento no se ha traducido en una mejora de las condiciones de vida de los españoles. Descontada la inflación, el poder adquisitivo medio es hoy muy similar al de 2003, cuando no inferior. España puede que no sea un país empobrecido, pero sí un país estancado: produce más, pero vive igual. O peor.

«La desconexión entre política y resultados ha ido desplazando la vida pública hacia el terreno de la confrontación moral»

Esta desconexión entre política y resultados ha ido desplazando progresivamente la vida pública hacia el terreno de la confrontación moral. Cuando la política deja de interesarse por la mejora de las condiciones de vida, necesita legitimarse por otras vías. Y la moral ofrece una alternativa fácil, barata y, sobre todo, eficaz como catalizador emocional.

En la izquierda, esta confrontación adopta la forma de alerta permanente: antifascismo preventivo, denuncias de xenofobia, advertencias sobre retrocesos en derechos, apelaciones constantes a una amenaza moral. La derecha no es un adversario con el que se discrepa sobre políticas, sino una amenaza ética que hay que frenar. Así, lo decisivo no es qué se hace, sino contra quién se dice luchar.

La derecha, por su parte, ha terminado aceptando jugar al mismo juego, aunque desde el otro lado del tablero. Su crítica al Gobierno se proyecta casi exclusivamente en términos morales: corrupción, degradación institucional, escándalos personales. Argumentos legítimos, sin duda, y en muchos casos sobradamente fundamentados. Pero también insuficientes si no van acompañados de una propuesta alternativa clara y creíble sobre cómo gobernar mejor.

El caso del accidente de Adamuz y la consiguiente revelación del deterioro del sistema ferroviario español se adapta como un guante a esta dinámica. La oposición dispone en este caso de abundante munición: mala gestión, inversión insuficiente, utilización de material viejo pagado a precio de nuevo, adjudicaciones bajo sospecha y una infraestructura que muestra síntomas claros de abandono. Exigir responsabilidades no solo es lógico, es imprescindible. Pero hay una segunda parte que necesita respuesta: ¿qué haría la oposición con el sistema ferroviario si mañana ganara las elecciones?

«Seis de cada diez euros recaudados se van solo a dos cosas: pensiones y sueldos de funcionarios y empleados públicos»

La política española parece haber interiorizado que no todos los problemas merecen la misma atención, sino solo aquellos que resultan electoralmente rentables. Algunos se sobrerrepresentan; otros, pese a su gravedad, se ignoran o se tratan con una ambigüedad cuidadosamente calculada.

El ejemplo más bestia son los grandes bloques de gasto del Estado. Seis de cada diez euros recaudados se van solo a dos cosas: pensiones y sueldos de funcionarios y empleados públicos. Cualquier debate sobre sostenibilidad, crecimiento o competitividad debería empezar por ahí. Pero en vez de eso se ofrece demagogia o silencio sepulcral. Nadie quiere tocar ni con un palo el problema porque no da votos y sí muchos sustos. Aunque decir que no se quiere tocar no es del todo cierto. Naturalmente que se toca, pero solo para agravarlo. Entre 2018 y finales de 2025 el empleo público ha crecido ¡unos 600.000 puestos!

Mientras tanto, el sector privado se desangra: autónomos que desaparecen, pymes que cierran por la presión fiscal y los costes disparados. A finales de 2025 casi un tercio de los autónomos declaraban pérdidas. Y en enero de 2026 el empleo privado se dejó más de 270.000 puestos, la peor cifra en ese mes desde 2012.

El Estado crece donde es electoralmente rentable, mientras el Gobierno se desentiende de aquello que es económicamente vital.

«El combate es dramático, la indignación constante y la superioridad moral el activo más disputado»

Cuando se habla de polarización como el gran problema de la política española, rara vez se señala su origen. La polarización no se genera por combustión espontánea ni se alimenta del aire. Es el resultado lógico de una política que ha abandonado lo tangible y se ha bunkerizado en la moral.

El combate es dramático, la indignación constante y la superioridad moral el activo más disputado. Pero la pregunta clave sigue sin respuesta: ¿qué vamos a hacer con un país que arrastra problemas estructurales colosales en demografía, productividad, deuda, infraestructuras, educación y cohesión social?

Esta es la lógica que rige la política española desde hace al menos 20 años. La que convierte la moral en sucedáneo del Gobierno, la polarización en consecuencia inevitable… y gobernar en prescindible.

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