Gobernar para el mundo
«Sánchez juega a ser presidente en el único lugar donde todavía le hacen caso: en el universo cada vez más agotado del ‘consenso liberal’»

Ilustración de Alejandra Svriz.
¿Es realmente un globo sonda si todos sabemos que es un globo sonda? Los intentos del Gobierno por desviar la atención de sí mismo y de sus problemas siempre resultan transparentes y, al mismo tiempo, efectivos. El presidente nos dice que miremos el dedo y no la Luna e incluso quienes sabemos que es un truco acabamos también hablando del dedo. Sus gafas nuevas en la comparecencia del Senado en octubre, el pajaporte, el debate del cambio de hora, los vídeos en TikTok recomendando música. Todos sabemos que son distracciones, y sin embargo todos caemos en la trampa: bien para denunciar el gesto como burdo señuelo o bien para ganar clics.
En enero, la situación internacional le vino de perlas al presidente: la invasión de Venezuela y la captura de Maduro, las amenazas de Trump a Groenlandia, la OTAN en crisis… El Gobierno no tenía que crear señuelos porque la atención mediática estaba en otra parte. Luego llegó la tragedia de Adamuz y la maquinaria propagandística gubernamental tuvo que ponerse en marcha de nuevo con anuncios disuasorios, promesas que no se cumplirán y que sirven solo para ocupar el espacio mediático. Y, sobre todo, que tienen como audiencia más el extranjero que los ciudadanos españoles.
«El argumento de que ‘vienen los fachas’ cada vez funciona menos»
Los globos sonda funcionan relativamente bien en España, pero lo hacen de lujo en el extranjero. La prensa extranjera no fiscaliza. Si los españoles no hacemos seguimiento de las promesas del Gobierno, porque la acumulación de noticias nos impide concentrarnos, imaginen en el extranjero. Por eso anunció en Dubái que prohibirá las redes sociales a menores de 16 años, para provocar una reacción global que, en el fondo, no tiene consecuencias: si la verificación de edad para consumir porno era una promesa inviable, prohibir las redes a menores es también algo imposible de implantar.
Porque seamos serios, por mucho que el CEO de Telegram haya respondido a Sánchez en un mensaje masivo en la red social («Estas medidas pueden convertir a España en un Estado vigilado bajo el pretexto de la protección»; no tiene ni idea de que Sánchez no es capaz ni de aprobar unos Presupuestos), es un líder que importa poquísimo en el mundo. El anuncio es un señuelo para provocar una respuesta y crearse un nuevo enemigo de paja en el extranjero (los tecnooligarcas), porque los adversarios que se ha inventado en España ya no le funcionan. El argumento de que «vienen los fachas» cada vez funciona menos si el porcentaje de supuestos fachas (es decir, gente que no lo quiere votar) está por las nubes.
Al presidente solo le queda el extranjero. Sánchez solo gobierna para el mundo, aunque su relevancia sea nula. Por eso la única explicación que ha dado sobre la naturalización de 500.000 inmigrantes irregulares ha sido en inglés y en el New York Times, para recibir los elogios de Christiane Amanpour y de la gente que en Big 2026 todavía cree que CNN es periodismo afilado y que para luchar contra Trump hay que hacer flashmobs. Es mucho más difícil vender eso en una España cada vez más escéptica con la inmigración masiva. Mientras espera el gran pendulazo hacia la derecha, que sabe que viene, Sánchez juega a ser presidente en el único lugar donde todavía le hacen caso: en el universo cada vez más agotado del «consenso liberal», cuyos miembros todavía no se han dado cuenta de que el mundo ha cambiado y viven la política como si fuera El ala oeste de la Casa Blanca.