Tecno-Pedro
«Eso de poder elegir fuentes, contrastar versiones o exponerse a sesgos no autorizados es profundamente antidemocrático»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Amigo español, cuando lleve usted tres horas detenido dentro de un tren parado en mitad de la nada por una avería «puntual»; cuando le den cita para una intervención quirúrgica dentro de un año; cuando le comuniquen que se suspende de nuevo el desahucio de los okupas de su vivienda porque «hay que proteger a los vulnerables»; cuando descubra que la pensión de su abuelo o el ingreso mínimo vital de su vecino superan su nómina de graduado universitario con máster y dos idiomas; cuando en su barrio participe con los vecinos en rondas de vigilancia para suplir la ausencia policial y mantener una seguridad básica; cuando todo eso ocurra, no se alarme ni saque conclusiones precipitadas. Recuerde hacer lo importante: retuitear a Pedro Sánchez afirmando que las redes sociales —y no su país— son un Estado fallido.
Conciudadano, cuando lea en la prensa que el expresidente Zapatero y otros cargos relevantes del socialismo han ejercido su influencia para facilitar contratos públicos sensibles a la tecnológica china Huawei, una empresa señalada internacionalmente por los servicios de inteligencia de medio mundo por su colaboración con el aparato de espionaje del Gobierno chino, no se inquiete. No piense que hay un problema de soberanía, de corrupción o de alineamiento de España con los enemigos de occidente. Recuerde hacer lo correcto: retuitear a Pedro Sánchez advirtiendo de la urgente necesidad de luchar contra la dictadura de la «tecnocasta».
No hace falta que se lo recuerde, estimado compatriota, pero no pierda de vista quiénes son los auténticos enemigos de la democracia. No están en el Gobierno ni en el BOE. Son tipos peligrosísimos como Elon Musk, propietario de la plataforma X, antes conocida como Twitter, o Pável Dúrov, el responsable de Telegram. Gente que permite que usted lea opiniones distintas a las de los socialistas, que siga a personas con criterios propios y que se informe por canales que no son RTVE ni el Grupo Prisa. Eso de poder elegir fuentes, contrastar versiones o exponerse a sesgos no autorizados es profundamente antidemocrático. Así que no se confunda: el problema no es que el Estado controle el discurso, sino que aún existan espacios donde no lo controla del todo. Y, como siempre, recuerde hacer lo correcto: retuitear a Pedro Sánchez alertando del grave peligro que suponen estos personajes para su libertad.
Tampoco olvide, vecino español, que los tecnoligarcas «quieren controlar los móviles porque quieren controlar lo que votamos». Es absolutamente intolerable que alguien que no sea Pedro haga todo eso. Y, por si fuera poco, han inundado las redes sociales de contenido de odio y de violencia. ¿Cómo no vamos a tener más miedo a un tuitero random de San Francisco que a un legislador batasuno español con capacidad real de influir en el BOE? Eso sí que sería irresponsable. Menos mal que existen los amables, respetuosos y siempre educados tuiteros de izquierda, de cuyos teclados jamás emanan insultos, amenazas o linchamientos. Sin ellos, las redes sociales serían lugares insoportables. Por eso merecemos unas redes sociales públicas y de calidad, a imagen y semejanza de Renfe o Correos: espacios ejemplares donde solo trabaja gente contratada por su mérito y capacidad, y dirigidos por personas de tan alta valía y ética profesional como José Luis Ábalos, Leire Díaz u Óscar Puente. Propongo que sea Yolanda Díaz, nuestra cultísima vicepresidenta, la que se ponga al frente de esa nueva plataforma digital pública, gratuita y de calidad que podamos disfrutar todos los españoles. Eso sí, espero que sea obligatoria y que para tuitear precisemos de cita previa.
Necesitamos, oh sufridos lectores, liberar a nuestros niños de la perniciosa influencia de esos votantes de Vox y del Partido Popular que, mediante bulos, fango y la difusión sistemática del odio, pretenden convencerlos de que no voten a la izquierda social, pacifista y profundamente democrática. No se me ocurre nadie mejor para proteger a nuestros menores que el maravilloso y valiente campeón presidencial, Pedro Sánchez, que de estos asuntos sabe un rato largo. Su conocimiento de entornos donde se grababa a cargos políticos en situaciones comprometidas, como las conocidas saunas regentadas por su suegro, lo convierten sin duda en una de las personas que mejor conocen la delicadeza del asunto. Pocos pueden presumir de una formación tan completa para liderar la cruzada moral que exige salvar a la infancia.
Porque lo cierto y verdad es que hay que implementar la censura en las redes sociales para proteger la libertad de expresión, es decir, para proteger a Pedro Sánchez. Nadie más que él merece un blindaje frente a las críticas, las preguntas incómodas y los datos molestos. No confundamos planos, por favor. Una cosa es que él acuse alegremente de actuar de forma delictiva o deshonesta a familiares de rivales políticos, a jueces que investigan la corrupción de su entorno o a cualquiera que se interponga en su camino; y otra muy distinta es que lo hagan los demás. Lo primero es democrático y lo segundo simplemente fascismo. Recuerde, sufrido español, que Pedro no difama: lucha contra la ultraderecha y la desinformación. Y no se les ocurra pensar que esta cruzada censora es una maniobra para tapar los 46 muertos del accidente de tren de Adamuz, la corrupción que lo rodea o la que aún está por salir. Qué idea tan malintencionada. Pedro es sincero. Pedro dice siempre la verdad. Y cuando no, simplemente cambia de opinión. Con convicción. Y por nuestro bien.
Abajo la dictadura de los tecnoligarcas. Veneremos por fin a nuestro becerro digital, Tecno-Pedro. Solo él puede garantizar que nos expresemos en los términos adecuados, con las ideas correctas y dentro del marco moral autorizado. ¿Qué es la democracia, si no?