Sánchez pierde las redes y la calle
«No es la salud mental lo que inquieta a Sánchez, sino perder definitivamente el voto de las nuevas generaciones, que son el futuro de España»

Ilustración de Alejandra Svriz.
La medida de capar las redes sociales a los menores de 16 años, anunciada por Pedro Sánchez desde un foro de países tercermundistas (muy lejos del control parlamentario), es profundamente arbitraria. El pretexto es la salud mental. Curioso concepto de salud mental el de estas élites: a los 16 años un joven puede cambiarse de sexo legalmente, por mera declaración de voluntad y sin pasar por un psicólogo, pero no puede leer Twitter.
Pero estos socialistas que se sienten con derecho a dirigir nuestras vidas y censurarnos ni siquiera son rigurosos, aluden a estudios de salud mental y redes que, pese a su popularidad, no tienen base empírica. Si introduces otras variables, no se sostiene esa correlación. Da igual. No se legisla con datos reales, se legisla azuzando el miedo. El miedo del poder a una generación que ya no se traga la propaganda como un puré y que le ha perdido el respeto a Sánchez.
¿Es más educativo el programa de Broncano que un buen hilo de Twitter? ¿Santaolalla repitiendo consignas de un debate en Youtube donde la gente argumenta? No hay estudio que demuestre que ver televisión disminuye tu coeficiente intelectual, aunque una tenga la sospecha empírica cada vez que ve RTVE. Nada tienen en contra, por ejemplo, de la España de charos enganchadas a programas del corazón y de lo de más abajo. A esas no quieren salvarlas.
Así que lo que tenemos es una propuesta arbitraria, propia de un Lenin, un Stalin o un Azaña (todos ellos amaban a su pueblo, pero con bozal), apoyada en una base empírica débil: los jóvenes son víctimas de las redes, de los bulos… Yo creo que es consoladora esta nueva generación que quiere salvar a España. Toda esta movida juvenil hacia la derecha responde sin duda a un cansancio y distanciamiento de la juventud más fina, de quienes se han cansado pronto de la pobreza y la precariedad moral del socialismo y quieren tener una vida como la de sus padres y abuelos.
Pero la huida de la realidad de una élite política y cultural no tiene límites, ahora habla en términos paternalistas cuando pide censura, lo cual me parece un escándalo. Ese tipo con tono de maestro cansado que pide censura «por vuestro bien», ese tipo que patologiza a los demás por hacer o decir cosas que él no entiende, sin darse cuenta jamás de que su comprensión puede ser limitada.
No se dan cuenta de que cuando las decisiones dejan de debatirse y votarse en el Congreso, cuando Dirty Sánchez gobierna a golpe de decretazo, esquivando controles y retorciendo la normativa europea, el debate no desaparece: emigra donde no hay censuras ni compra de voluntades. Se va a los medios que cuentan la verdad, a las redes, a los márgenes. Justo a esos lugares que ahora quieren clausurar con la excusa de la desinformación.
Sí, es verdad, ciudadano que prefiere el relato y la ideología sigue existiendo, junto con la amplia categoría de palmeros del régimen, que han invadido muchos ámbitos de la vida pública. ¿Por qué? Simplemente porque el tamaño del Gobierno socialista es entre cinco y diez veces mayor que hace un siglo, y el Gobierno acapara cada vez más espacio y más poder e influencia. Sánchez y su ejército son omnipresentes en España, pero las redes sociales se le escapan desde que Elon Musk compró Twitter. Y con las redes sociales, se le escapa la calle.
Frente a los que dicen «cuidado con las redes», yo digo: «cuidado con estos repartidores de credenciales». Lo que hacen es patologizar a los demás cuando no piensan y votan correctamente. Por suerte, la gente está perfectamente legitimada para fiarse de su inteligencia y escuchar otros autores y voces, desde santa Teresa hasta Ortega, que tienen un historial mucho mejor que estos matones de la política pública.
Se les llena la boca de igualdad, pero viven lejos de cualquiera que no piense como ellos. Consumen prestigio cultural en medios con credenciales y carecen por completo de inteligencia práctica, que es la capacidad de entender la realidad tal como es, sin necesidad de grandes teorías ni discursos brillantes. Confunden ciencia con cientificismo y presumen de libros y autores que no han leído. Buscan personajes degenerados por culpa de la ideología y les exigen que se desangren en público para justificar su micro en la SER.
No vieron venir a los que hablan sin tapujos y dicen la verdad porque no llevaban el carné ni las credenciales progresistas. Hasta que las encuestas de intención de voto les enseñaron que su relato es una novela de salón sin lectores. Han perdido la calle porque nunca fue suya, y las nuevas generaciones son muy listas. La única vía que queda ahora es censurar las redes, capar la información y la formación de millones de jóvenes. No es la salud mental lo que inquieta a Sánchez, sino perder definitivamente el voto de las nuevas generaciones, que son el futuro de España. La riqueza esa de la que habla Sánchez en el NYT los jóvenes no la van a oler ni de lejos, ni por el forro del currículum. Los jóvenes entienden que el futuro que se les ofrece es penoso. Y como los datos y la realidad matan el relato, importa votos a cambio de papeles; y como no puede competir en ideas, capa las redes, que son el último reducto donde el poder no controla el pensamiento libre en tiempo real. Censura no para proteger a nadie, sino para protegerse ellos.