La guerra que todos seguimos perdiendo
«Que David Uclés haya decidido resucitar el perfil de escritor ‘woke’ deja patente que siempre habrá una España a la que le interese azuzar el conflicto»

Ilustración de Alejandra Svriz.
En la sociedad, salvo en determinados foros no poco sectarios, la Guerra Civil, estrictamente el conflicto que azotó España entre el 36 y el 39, está superada. Para los jóvenes, aquellos tres años de zozobra no son otra cosa que un párrafo más en su libro de Historia a la altura de la Guerra Carlista, la Guerra de la Independencia o la de Sucesión. Para alguno, el más curiosillo, es como mucho la guerra donde combatió el bisabuelo. Y sus nombres, sus Mola, Sanjurjo, José Antonio, Largo Caballero, Azaña o el Campesino son una retahíla cualquiera que hay que memorizar junto a Alfonso XIII, Cánovas, Amadeo de Saboya, Fernando VII o Godoy.
Es decir, que la guerra, en estas nuevas generaciones, se ha difuminado en la humareda de la historia. Y bien está que así sea. Los Estados modernos se han construido sobre grandes pactos nacidos desde la discordia. Es decir, sobre la superación de una serie de diferencias para plantear un proyecto de vida en común basado en lo que une a sus habitantes. Y en eso, por cierto, España tiene un caso de éxito maravilloso: la Transición, con sus incuestionables errores, pero con un talante evidente de avanzar sin mirar al pasado.
«No somos capaces de dejar atrás esa especie de cainismo que nos rodea»
Pero esto es harina de otro costal. Lo que sí merece foco es la evidencia de que no somos capaces de dejar atrás esa especie de cainismo que nos rodea. Ya saben, aquello que Federico García Lorca reflejaba en su Romancero muy bien: «Aquí pasó lo de siempre: han muerto cuatro romanos y cinco cartagineses». Lo vio bien Zapatero, quien, ante el crecimiento de la derecha a finales de los noventa, decidió rescatar ese viejo espíritu de odio vecinal para construir un relato que compraron cuatro asociaciones universitarias, que más tarde compraron cuatro inversores, y más tarde, no pocos votantes. De aquellos polvos estos lodos.
Lo ocurrido con el evento organizado por Zenda en Sevilla es el paradigma de esa España que Machado aseguraba que «alborea con un hacha en la mano vengadora». Conocí a este chico, David Uclés, en un evento en Toledo y debo decir que fue amabilísimo, conciliador y relativamente comprensivo con todos los bandos de aquel desastre. Sin embargo, tiempo después observo que ha radicalizado su discurso, oponiéndose a un evento plural y diverso, con cierta acritud hacia sus organizadores. ¿Por qué?
Deduzco, básicamente, que ha ocurrido porque alguien ha visto que en esa figura reivindicativamente progre hay business. No lo condeno. Cada uno debe saber qué hacer con el arte que Dios le ha dado. Pero que este chico haya decidido resucitar el perfil de escritor woke —que, dicho sea de paso, parecía un tipo de perfil agotado— deja patente que siempre habrá una España a la que le interese azuzar el conflicto. Por lo que sea, por negocio, por moral, por electoralismo o porque le ha sentado mal el cocido, que diría Antonio Gala. Yo, sin embargo, abogo por alimentar ese espíritu conciliador del 1978 español, que nos dio varias décadas de prosperidad y de cierta concordia. Porque en el cainismo no gana nadie. Porque esa guerra sí que la seguimos perdiendo todos.