Mis tribulaciones intelectuales con el PP
«¿Cuál es entonces el verdadero pensamiento del PP? ¿Son liberales que quieren intervenir mucho la economía? ¿Patriotas que ven un peligro en la patria?»

Ilustración de Alejandra Svriz.
A veces me he sentido maltratado. No como hombre, eso es verdad. Tampoco como mujer, quizá eso haya hoy también que aclararlo. El maltrato al que aludo se concentra, de hecho, en una sola parte de mí: el intelecto.
Todos contamos (aunque en porciones variables) con un intelecto, no solo los intelectuales; al igual que todos contamos (con mayor o menor movilidad) con un cuerpo, no solo los deportistas y los bailarines. Este fue el motivo por el que don Gustavo Bueno se resistiera siempre a aceptar el término «intelectual». No fue el único: en sus orígenes, el término asumió un cariz negativo, allá cuando los franceses se enredaron en el caso Dreyfus. Luego, gracias a otros franceses más sofisticados y más chic, el término cobró un sentido positivo. Hoy, según parece, ha vuelto a desprestigiarse.
Por todo eso, no hablaré aquí del maltrato que ejerce el llamado «centroderecha» contra los intelectuales. (Por todo eso y porque ya lo abordé en otro lugar). Voy a hablar más bien del maltrato que ejerce el Partido Popular contra lo intelectual, en general. Estamos hablando de un partido que se presenta como faro de la «responsabilidad». Un partido que blasona de hacer «política para adultos». Un partido que denuesta a los demás por «populistas» (palabra que, por cierto, uno diría que se asemeja bastante a la segunda del rótulo «Partido Popular»). Todos esos rasgos le inclinarían a uno a pensar que el PP cosecharía un inmenso aprecio por el desarrollo ágil de ideas, el análisis profundo de pensadores políticos, la discusión minuciosa de las últimas tendencias intelectuales.
Pero no.
Y esta no es cosa que tenga que ver con Feijóo, con Casado, con Rajoy solo. La desidia del PP tiene hondas raíces; al menos tan hondas como mi memoria es capaz de rememorar. Con el fin de así mostrarlo, procederé a contarles, aquí, una pequeña historia. Es la historia de mis esfuerzos por extraer algo de sustancia intelectual desde diferentes pozos del PP. Se trata, lo reconozco, de estampas un tanto deslavazadas: nunca he mantenido un noviazgo constante con el PP, solo pequeños escarceos para ver si era posible una amistad intelectual entre ambos. No lo ha sido.
Estampa primera: Guadalajara
Corría el verano del año 2001. El Partido Popular se encontraba en la cúspide de su poder: Aznar había sido reelegido, con mayoría absoluta, presidente del Gobierno en marzo del año anterior. Menos tiempo aún llevaba en su cargo el novato líder del PSOE, José Luis Rodríguez Zapatero. Ni escándalo ni polémica algunos amenazaban entonces la hegemonía de los populares. Lejos quedaban aún el Prestige, la guerra de Irak y, claro, el 11-M.
Curioso por conocer el fuste intelectual del exitoso aznarismo, decidí apartarme unos días de las páginas de mi futura tesis doctoral y acudir a algún curso de verano donde el PP nos explicara esas cosas. Descubrí que había una institución denominada «Universidad Marqués de Santillana» (que en realidad no era una universidad); que estaba vinculada al PP; y que se reunía en Guadalajara. No parecía un gran destino turístico, pero allá que me fui.
Lo que me encontré supuso mi primer chasco ante la atribulada relación entre el mundo intelectual y los populares. En primer lugar, por el número de alumnos: el triunfante PP solo lograba reunir de toda España a unos diez inscritos como yo, y eso que nos pagaba beca de alojamiento y matrícula.
En segundo lugar, por la temática: el curso giró en torno a la figura de un antiguo político del Partido Moderado, Alejandro Mon, que ejerció de ministro de Hacienda allá por el siglo XIX. No se puede decir que fuera el último grito de las tendencias mundiales.
En tercer lugar, me sorprendió también el empaque ideológico de los profesores: varios empezaron por dejar muy claro que derecha, lo que se dice derecha, ellos no eran derecha. Preferían adscribirse al rótulo «moderados», como Mon. (En el siglo XIX aún no se empleaba el término «moderaditos»).
Salí del curso un tanto aturdido. La prensa empezaba a caracterizar a Aznar como un gobernante ambicioso, hambriento de poder, radicalizado. No sopesaré si todos esos calificativos le cuadraran en lo político. En lo intelectual, en cambio, aquello tenía un aire de bisoñez sofocante.
Estampa segunda: Navacerrada
Pasaron cuatro años. Yo acabé mi tesis doctoral; el PP perdió el poder. En el verano de 2005 decidí volver a uno de sus cursos de verano. Esta vez lo organizaba FAES (la presunta «universidad» de Guadalajara había desaparecido); el asunto era mucho más palpitante (los problemas del multiculturalismo); y el marco también había subido de categoría: la agradable población serrana de Navacerrada.
Había, además, muchos alumnos; tal vez llegásemos a los 150. Me emocioné. En tan solo cuatro años, se había multiplicado por 15 el interés por lo intelectual del mundillo pepero.
Recién llegado, me senté a una mesa para almorzar con unos seis o siete desconocidos. Eran pulcros y agradables. Mientras nos presentábamos, eso sí, noté que, al contar que venía de Salamanca, todos daban por supuesto que venía del PP de Salamanca. «No, no, yo no estoy afiliado». «Entonces, ¿por qué estás aquí?» me preguntó un joven de Nuevas Generaciones, con sorpresa genuina. «Bueno, me interesa mucho la cuestión del multiculturalismo», repliqué, como forzado a decir que dos más dos son cuatro. En la mesa, en cambio, me miraron como si hubiera aseverado que dos más dos son 36.
El resto del almuerzo la conversación versó sobre pequeños intríngulis internos del partido. Y lo mismo ocurrió el resto de mis días allí. Los profesores fueron interesantes, pero a los asistentes parecían interesarles más otro tipo de cosas.
En ocasiones, eché de menos a los diez alumnos despistados, pero sesudamente dedicados a la decimonónica figura de Alejandro Mon, que habíamos compartido aquel verano en Guadalajara.
Estampas tercera, cuarta y quinta: fundaciones
Llegados a este punto, alguien podría reprocharme que no estoy más que narrando batallitas personales; que no estoy haciendo un análisis, basado en datos y gráficas y Excel, sobre la labor intelectual que ejercida durante las últimas décadas por el PP. No carecerá de toda razón tal crítica. Pero ya lo advertí en el título: este artículo va de mis tribulaciones intelectuales, no de presentar un informe detallado sobre todos los cursos de verano, primavera, otoño o invierno que haya organizado el PP.
Aun así, hagamos un recorrido rápido por los focos de pensamiento que se han ocupado de dar empaque al partido de la «política adulta», la «responsabilidad» y el rechazo al «populismo». Tras aquella evanescente Universidad Marqués de Santillana (que no era una universidad), FAES cobró protagonismo y, durante cierto tiempo, concitó los terrores de nuestra izquierda: parecería que en sus sótanos se diseñaban las ideas que iban a destruir la Idea misma de Bien, representada aquí en la tierra de entonces por Rodríguez Zapatero. Lo sé bien, pues durante años me tocó vivir rodeado de personas (o, mejor dicho, profesores universitarios) con similares paranoias.
Hoy, sin embargo, ¿alguien recuerda la última vez que FAES consiguió colar en el debate público alguna de sus ideas? ¿Alguien sabría decir tres o cuatro nombres de sus pensadores? ¿Cuándo fue la última vez que usted vio un tuit viral de FAES —o, dado que hablamos de un partido envejecido, alguna publicación viral suya en Facebook, o algún mensaje que hiciera furor entre las palomas mensajeras—?
La verdad es que FAES se encuentra bastante ausente de la esfera pública, pero ciertas comparativas podrían, con todo, consolarla: ¿alguien recuerda aquella otra fundación, Concordia y Libertad, que Pablo Casado encomendó en su día a Adolfo Suárez Illana? ¿Qué fue, qué hizo? ¿Adónde se dirigió su Concordia? ¿Adónde, su Libertad? ¿Ubi sunt?
Se dirá que soy injusto, pues hablo de instituciones del pasado. Que, en realidad, la entidad actual que mueve el cotarro es Reformismo21, inaugurada por Feijóo en 2023. Y yo he de reconocer que de ella solo sé por segundas.
Un amigo me la ha descrito, eso sí, como un lugar donde se reúne gente que escribe en Letras Libres, se comenta lo mal que va todo tomando un café, y luego vuelve cada uno a su casa, convencido de que eso es una institución dedicada a «las ideas». Angelitos. Esto me lleva a detenerme en un par de experiencias más, de nuevo personales, que he de sumar al relato de mis tribulaciones.
Estampa sexta: Génova
Estamos ya en 2021. El PP de Pablo Casado se propone celebrar una «convención» en octubre, donde se abordarán todo tipo de asuntos de calado: de las pensiones a la seguridad, de la educación a la desigualdad. Es más, en los meses previos, se organizan en su sede de la calle Génova numerosos seminarios en los que, lejos de los focos de las cámaras, se pueda profundizar con más solidez en las 20 o 30 temáticas elegidas.
Un servidor es invitado a dos de esos encuentros: el seminario previo sobre colectivismo y el seminario previo sobre feminismo.
El primero no está del todo mal. Acude Pablo Casado en persona y la idea originaria es oponer la noción de persona al colectivismo. Sin embargo, algo ocurre en los papeles preparatorios y al final veo que los asistentes están oponiendo el individualismo (no la persona) al colectivismo (y, a veces, a todo colectivo). El individualismo es bueno y lo colectivo es malo: por ahí gira la conversación. Esa idea me incomoda: ¿de verdad queremos oponernos, los miembros del seminario, a todo colectivo? Recuerdo que se jugaba por entonces la Eurocopa y abundaban las banderas de España en los balcones. ¿No es España un colectivo también? ¿Hacían mal nuestros compatriotas al apostar por él? La verdad es que me quedé con muchas preguntas sin respuesta.
Pero mis auténticas tribulaciones se suscitaron en el seminario sobre feminismo. Salvo otro filósofo y yo, la mesa estaba compuesta solo por mujeres, unas 20. Y todas provenían, sea de la alta política, sea de la alta empresa. Ello provocó que los problemas que se debatieron resultaran un tanto particulares. Problemas un tanto pijos, diría alguno.
La apoteosis llegó cuando una directiva de una famosa consultora internacional nos contó lo muy discriminada que se sentía en su trabajo. ¿El motivo? Que sus compañeros de despacho solían hablar entre sí de fútbol y, claro, ella, como mujer, pues no sabía mucho de fútbol. ¡Discriminación machista! Sin duda, nos insinuaba, ella no era la jefa de su delegación madrileña por culpa del fútbol y de ser mujer. ¡Claro ejemplo del techo de cristal!
Yo entonces empecé a pensar que quizá también había sido a menudo discriminado como mujer (o sea, discriminada). Pues, en verdad, mis conocimientos de fútbol son tan limitados que no tengo del todo claro si Butragueño sigue jugando en el Real Madrid o le ha fichado ya algún otro equipo. Pero enseguida me alejé de parecidos victimismos: ¿era de veras ese un asunto candente del feminismo? ¿Por qué llevábamos una hora hablando de los problemas de las mujeres que están en la cúspide de los sueldos y la sociedad, pero aún nadie había hablado de las mujeres campesinas, o de las asistentas del hogar, o de los problemas de las jóvenes para formar una familia, o de las dificultades de las desempleadas?
Trasladé estas interrogantes a mis compañeras de seminario, pero me pareció que no les gustaron mucho. Así que, al terminar el seminario, me alejé de Génova con la sospecha de que no iban a volver a convocarme para ningún acto semejante. Una pena, pues en los intermedios de lugares así, al menos, me relaja saber que nadie me va a plantear preguntas incómodas sobre Butragueño.
Estampa séptima: en el día de hoy
Ni los diez decimonónicos de Guadalajara, ni los 150 afiliados de Navacerrada, ni las mujeres discriminadas por el fútbol: yo de lo que de veras he venido a hablar aquí es de mi última experiencia con la intelectualidad pepera. Que se produjo hace solo unos pocos meses. Y que me dejó desolado.
Se trató de un seminario en que se adoptó la llamada «regla de Chatham House», que aclararé —para quien no frecuente ese tipo de cónclaves— en qué consiste: los participantes son libres de contar fuera cualquier cosa que allí se diga, pero no deben revelar la identidad de quién dijo qué.
La reunión la organizaba una fundación independiente. Pero la mayoría de los participantes eran afines al PP, salvo un par de socialistas antañones (de esos en los que piensa la gente cuando creen en el mito de que existió un «PSOE bueno»). Yo estaba ciertamente emocionado con aquel encuentro: muchos de los intelectuales que iban a acudir proporcionaban mis lecturas predilectas de los años 90 o primeros 2000. El mero hecho de compartir mesa con ellos me suponía ya un honor.
Sin embargo, a lo largo del seminario esa emoción fue transformándose en cierta tristeza. Los argumentos que se sacaban a relucir eran tan malos que apenas sobrevivían el primer envite. Un pensador vasco (llamémosle con el nombre en clave de Juan Inchausti) hizo una larga crítica a la noción de patria (según él, era «peligrosa») y un largo elogio, por contraposición, de la noción de Estado. Las patrias habían causado muchos muertos, repitió varias veces. Tomé el turno de palabra tras él y le pregunté si el Estado, si los Estados, no habían causado también muertos sin número, solo con mirar los totalitarismos estatistas del siglo XX. No recibí respuesta: Juan Inchausti solo se quejó, tras mi turno, de que a ver si nos acostumbrábamos todos a hablar menos rato.
Se sentaba entre nosotros también cierta figura del PP famosa, a la que por preservar su identidad llamaremos Eugenia Fernández de Córdoba. Eugenia es política e intelectual, aunque las malas lenguas aseguren que es demasiado política para ser buena intelectual y demasiado intelectual para ser buena política. Sea como sea, la señora Fernández de Córdoba se metió mucho con Trump y con el populismo, dijo que era una barbaridad poner, en caso de emergencia, la nación por encima de la ley (pero, si no queda nación, ¿quién sostendrá la legalidad?, me pregunté yo) e insistió mucho en los valores de la Constitución del 78. Nunca me respondió, sin embargo, a una simple pregunta: si la libertad de expresión del artículo 20 de la Constitución resultaba tan importante, ¿por qué el PP había apoyado solo unos días antes la moción de Bildu para dejar sin palabra a Vox en las calles de Rentería?
No quiero trasladar la impresión, en todo caso, de que el seminario versó sobre pequeñas acusaciones de pequeña política. Lo que me dejó más asombrado es que sin las cámaras delante, sin grabadora, y cuando están cara a cara, muchos defensores habituales del PP no se atrevían a lanzar los argumentos que más a menudo vemos en su prensa amiga: que el PP es «responsabilidad»; que Vox es «autoritarismo»; que el PP es el garante verdadero de la nación española; que el PP tiene un proyecto de país (quizá querían esquivar la pregunta inevitable después: ¿cuál?).
Me dio la sensación de que, cara a cara, sin el aplauso del público y en un espacio en que solo cuentan los razonamientos, tanto los representantes del «PSOE bueno» como del PP actual conservaban cierto pudor que les impedía usar los latiguillos propagandísticos que tanto nos asedian cada día desde los medios. Y ese pudor es bueno.
Pero, una vez más, me quedé con la duda por conocer qué se ocultaba tras tan pudorosa actitud: si no son los eslóganes más tontos que nos rodean, ¿cuál es entonces el verdadero pensamiento del PP? ¿Son liberales que quieren intervenir mucho la economía? ¿Patriotas que ven un peligro en la patria? ¿Conservadores que desprecian muchos de los valores heredados? ¿Socialdemócratas a los que no les gusta el PSOE actual? ¿Democristianos que creen que sacar el cristianismo a relucir es demasiado «autoritario»?
Lo ignoro; y por ello sigo teniendo una relación atribulada con la faceta intelectual del PP. Mas no quisiera finalizar este artículo con mis pesares. Lanzo desde aquí un guante (o quizá una manopla, dado lo frío que está resultando este invierno del 2026): ¿no habrá algún intelectual pepero de empaque que acepte un debate público con un servidor en que podamos debatir, con profundidad, estos asuntos? Juan, Eugenia, ¿os animáis? ¿No sería posible, dado que sois el partido de la responsabilidad y el antipopulismo, dedicar una tarde a mostrar en público esas vuestras presuntas virtudes con argumentos tan solo? Sin eslóganes ni latiguillos: estará prohibido ponerse políticos. Solo deberemos hablar de filosofía, historia y geopolítica actual.
Así, quién sabe, quizá un servidor supere por fin las tribulaciones que empezaron allá en Guadalajara, cuando dedicó aquellos días de verano a estudiar en profundidad al respetabilísimo (pero un tanto secundario) señor Alejandro Mon.