The Objective
Gabriel Tortella

Victorias pírricas, derrotas 'pédricas'

«No cabe duda de que ambos extremos se ayudan en considerable medida; igual que unos votan a Vox por odio a Sánchez, otros votan a Sánchez por miedo a Vox»

Opinión
Victorias pírricas, derrotas ‘pédricas’

Ilustración de Alejandra Svriz.

Poco después de las pasadas elecciones autonómicas en Extremadura, publiqué en estas páginas un artículo titulado El muro es un coladero, cuya tesis básica quedaba ya claramente expresada en el título. Lo afirmaba entonces y creo que tan sencilla tesis se ha visto corroborada por los resultados de las recientes elecciones autonómicas en Aragón. La mayor ayuda que recibe Vox no proviene de su directiva que, a mi modo de ver, proyecta una imagen, en último análisis, difusa y contradictoria, ni de su programa; la mayor ayuda la recibe Vox de su más acérrimo enemigo, Pedro Sánchez.

Yo apostaría una suma sustanciosa a que si Dios (o Trump, si a mano viene) se apiadara de la pobre España y la librara del inquiokupa que se aferra como una lapa, contra viento y marea, contra voto y mayoría, a la Moncloa, el apoyo electoral a Vox se resentiría perceptiblemente. Y ello es porque, a pesar de las purgas amargas que ha sufrido el equipo dirigente de este partido, cuya composición actual es tan diferente de la original que cuesta creer que se trate de la misma organización, una parte considerable del voto conservador y centrista, no necesariamente de extrema derecha, siente una simpatía instintiva hacia Vox por el simple hecho de que Sánchez se proclame su enemigo mortal.

No hace falta ser un lince para darse cuenta de que hay una fracción grande y creciente de la población española que siente una profunda aversión por Sánchez y su mafia, y que vota a los que Sánchez considera sus adversarios radicales simplemente por esa razón, por el sencillo razonamiento que afirma: «Los enemigos de mis enemigos son mis amigos». No cabe duda de que ambos extremos se ayudan en considerable medida; igual que unos votan a Vox por odio a Sánchez, otros votan a Sánchez por miedo a Vox.

Esto lo sabe muy bien Sánchez, que parece conforme con sus continuas derrotas pédricas. Si Pirro, después de derrotar a Roma con un coste altísimo, dijo: «Otra victoria como esta y nos morimos todos», Pedro dice, después de sus rotundos fracasos electorales, que, tras los de 2023, han culminado más recientemente en Galicia, Extremadura y Aragón: «Con derrotas como estas a mí no me saca de la Moncloa ni Dios ni Trump». Esto es lo que yo llamo una derrota pédrica, el ganapierde al que ya nos tiene acostumbrados. Él toma las victorias electorales de Vox como suyas; y la triste verdad es que no le falta razón. Lo que es difícil de comprender, sin embargo, es que Vox dé más miedo que Bildu o que Podemos, Sumar, Izquierda Unida, y toda la patulea de comunistas, estalinistas, populistas y chavistas que apuntalan el ruinoso edificio sanchista.

El caso es, desde luego, que a Sánchez no le sacan de la Moncloa ni los peores escándalos de su partido, de su familia y de su Gobierno, ni tampoco su increíble serie de derrotas electorales. Resulta impresionante recapitular sobre la ejecutoria de esta superpoblada cuadrilla de incompetentes (por no emplear términos más precisos) que preside Sánchez, a la que algunos llaman Gobierno.

«Vinieron luego los incendios y el gran apagón, todo ello achacable en gran parte a la incuria derivada de un ecologismo descerebrado»

Podemos comenzar por la mortífera pandemia en 2020-21; siguió más tarde, en otoño de 2024, la gota fría o dana de Valencia que, aunque fue primordialmente responsabilidad suya, ya que mientras Mazón, presidente de la autonomía, comía inoportunamente en un restaurante local, Pedro Sánchez, presidente de la nación, hacía oportunamente turismo en la India, éste se las ingenió al volver para culpar al otro simple, que se dejó engañar como un bobo por el «si quieren ayuda, que la pidan», mientras el ministro de Interior rechazaba la ayuda ofrecida por el Gobierno francés al tiempo que retenía los auxilios de su ministerio y del de Defensa. Todo esto, más su irresponsable política falsamente ecologista, muestra que la mayor parte de la responsabilidad por la tragedia fue del Gobierno de Sánchez, pero la torpeza del PP le permitió al desahogado socialista volver las tornas.

Vinieron luego los incendios y el gran apagón de 2025, todo ello achacable en gran parte al descuido y la incuria derivados de las premisas infundadas de un ecologismo descerebrado e irresponsable, adoptado con alborozo por la izquierda demagógica del sanchismo, amén de la desfachatez e imprevisión de gobernar sin presupuestos, algo que ningún gobierno democrático ha hecho jamás durante más de tres años, como hacen Sánchez y su pandilla.

Podemos continuar después con la crisis de la vivienda, incubada desde los inicios del Gobierno sanchista, pero que se ha manifestado en el malhadado segundo cuatrienio, cuando las consecuencias del desbarajuste y la imprevisión se han manifestado en un alza desmesurada de los precios y los alquileres, que han colocado un bien «garantizado” por la Constitución fuera del alcance de las familias medias y modestas y, sobre todo, de los jóvenes que acceden hoy sin esperanza al mercado de un bien de importancia vital. A esto se une el cinismo de cargar las consecuencias de la imprevisión y desidia gubernamentales en esta materia sobre los propietarios privados, casi siempre modestos, que ven invadidas sus viviendas por okupas, es decir, ladrones de pisos, protegidos de nuevo por un Gobierno cómplice y amigo de lo ajeno.

Para terminar, por no hacer esta denuncia interminable, hay que hacer referencia al escándalo hoy por hoy más reciente, el caos ferroviario debido a la ejecutoria criminal de un Gobierno que ha utilizado (y probablemente lo siga haciendo) el Ministerio de Transporte para robar a manos llenas y colocar amiguitas, enchufados, parientes y porteros de prostíbulos, con la misión de desempeñar puestos de responsabilidad; caos ferroviario cuyas causas y consecuencias venían siendo denunciadas por los agentes competentes que aún quedaban y que no fueron escuchados por los paniaguados que campaban a sus anchas en el ministerio.

«A la sarta de dislates, corrupción e incompetencia la llama Sánchez ‘mejorar la vida y aumentar los derechos de la gente’»

Es de señalar que, tras culminar el caos ferroviario del sanchismo, tras un crescendo de retrasos, paradas, y descarrilamientos del que no se tenía recuerdo desde los años del primer franquismo, en un accidente mortal en el pasado enero que costó 46 vidas y más de un centenar de heridos, debido sin género de dudas a la incompetencia, la corrupción y el descuido, tanto de José Luis Ábalos como de su digno sucesor, Óscar Puente, éste tuvo el descaro y el pésimo gusto no sólo de no dimitir, como exigía la más elemental decencia, sino de afirmar que él «lo estaba haciendo muy bien», afirmación que por sí sola ya hubiera exigido una dimisión. Esta sola y desdichada frase nos da un indicio de la catadura moral de esta cuadrilla que se llama a sí misma Gobierno.

Pues bien, a esta sarta de dislates, corrupción, incompetencia y delito la llama Pedro Sánchez «mejorar la vida y aumentar los derechos de la gente». Y con esta ejecutoria se va presentando a la ristra de elecciones parciales que la oposición va convocando con el propósito de poner de relieve la impopularidad del peor de los gobiernos de este medio siglo de democracia que, como parece endémico en nuestra historia, se inició con los mejores pronunciamientos, se está deteriorando a ojos vista, y cuyo futuro es hoy, por desgracia, una incógnita más bien oscura.

Cuesta comprender que, después de considerar el historial de este Gobierno, somera e incompletamente resumido, pero cuyas consecuencias nos han afectado a todos, todavía bastante más de una cuarta parte de los votantes aragoneses (un 28%) hayan apoyado a los partidos que componen su abigarrado mosaico; aunque hay que reconocer que entre mayo de 2023 y febrero de 2026 el abigarrado mosaico ha perdido casi la cuarta parte de sus electores. Y que más de un tercio (el 34%) de los electores votaron por el PP, bastante más que todos los sanchistas juntos.

¿Conseguirá el PP su objetivo de mostrar la impopularidad del «gobierno» (entre comillas porque no me parece merecer tal título) sanchista? Es dudoso: se ha señalado que, cuanto más desprestigiado el sanchismo, más débil, y cuanto más débil, más apoyo encuentra entre la camarilla de separatistas y arribistas que le utilizan para chuparnos la sangre a los españoles. Además, el coco de Vox asusta a los timoratos y babiecas que aún luchan heroicamente contra el franquismo. Y, entre tanto, Sánchez entona su estribillo favorito: «Vaya yo caliente, ríase la gente; sigo en la Moncloa, lo único que importa».

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