The Objective
Javier Rioyo

Larra, Benavente y otras máscaras

«Tiempo de máscaras, enmascarados de altura y bajura. De las máscaras pasaron a las mascarillas. A algunos se les cayó la máscara y les pillaron con las mascarillas»

Opinión
Larra, Benavente y otras máscaras

La vicepresidenta segunda del Gobierno y ministra de Trabajo, Yolanda Díaz. | Europa Press

«Había demasiada gente entusiasmada

con la idea de cubrirse la cara

antes que las mascarillas quirúrgicas

cubrieran el rostro del planeta.

Había ya antes demasiada impostura»

Iñaki Ezquerra

Me gusta el Carnaval, esa libertaria resistencia a mirarnos como somos, ese deseo de ser otros, ser nuestras máscaras, nuestro espíritu libertino, nuestra conquista anónima de poder decir lo que pensamos, nuestra necesidad de burla, evasión y fuga. También me gusta desenmascarar, levantar máscaras y descubrir disfraces. Nuestro maestro Larra ya nos dejó avisados de que todo el año era carnaval y casi todo simulación y engaño. Feliz paganismo del exceso, grotescos disfraces de nosotros mismos. Saturnal viaje a la exaltación del caos, esa manera de imaginarnos mejores o peores, más sabios o más irracionales. Ese intento de tapar nuestras carencias e imaginarnos que nuestros deseos vencen a nuestras realidades. El mundo todo es máscaras y todo el año es carnaval.

Me entretuve, más bien me aburrí, viendo al Gobierno salir con sus máscaras en comparecencia en el Congreso. Esa manera enmascarada de representarnos, de engañarnos —o de intentarlo— poniendo caras de preocupación, de seriedad, de entrega a la sociedad y al bien común. Ellos hablaban, mentían, ocultaban y pretendían que fuéramos los invitados mudos a sus tinglados de la antigua farsa. Malos actores, crispines de pacotilla, farsantes en el poder, del que no harán escrutinio, ni convocarán al pueblo para poder seguir escondiendo sus intereses creados, por decirlo a la manera del recuperado Benavente. Siempre tenemos que volver a nuestros clásicos. No hay que seguir apoltronados en nuestras butacas, ni aplaudir esa mala representación de impúdicas desvergüenzas que parecen escritas por asesores que dan la impresión de haber sido sacados, captados de alguna galería de escritores de comedias caducas pero bien remuneradas. Nada raro en un país que paga a muchos maquinistas de tren por no trabajar. O que contrata a cercanos, familiares o amigas, que ni siquiera sabían dónde estaba su trabajo.

En la farsa guiñolesca de Benavente, en este ejemplar de Los intereses creados —reeditado con acierto por la Comunidad de Madrid— que en estos días me hace volver a esa obra mayor de un injustamente olvidado Premio Nobel, se recuerda en su introducción la importancia de la apariencia, del buen vestir, de elegir el disfraz adecuado para triunfar en sociedad, en política y otros negocios y negociados. El traje no hará al monje ni al político pero ayuda a dar el pego. Los disfraces pretenden despistarnos, quieren encubrir la verdadera personalidad, otorgan otra identidad y son una segunda piel que el pícaro Crispín sabe manejar para interpretar con más credibilidad sus apariencias y esconder sus realidades: «¡Antes me desprendiera yo de la piel que de un buen vestido! Que nada importa tanto como parecer, según va el mundo, y el vestido es lo que antes parece». Eso parece creer firmemente la reconvertida comunista Yolanda Díaz: que lo progre no le impida aparentar un neopijismo de provincias pasado por los tintes y los peluqueros de la capital. Los rojos no llevarán sombrero, ni por supuesto la pana de los tiempos de la Guerra Civil, pero se disfrazan con sus trajes de marca y prêt-à-porter, imitando un elegante desenfado al estilo seudocosmopolita del gobierno progresista. Tiempo de máscaras, enmascarados de altura y bajura. De las máscaras pasaron a las mascarillas. A algunos se les cayó la máscara y les pillaron con las mascarillas en la mano, en el cazo, en la mordida y la comisión. Ni Cerdán, ni Koldo, ni siquiera Ábalos. Aprendieron esa lección, descuidaron las máscaras y se conformaron con las mascarillas. Lo están pagando. Sin dejar de reconocer que Ábalos supo que había otro disfraz más sutil, más importante: la palabra. Esa es, o era, la más valiosa de las mercancías: saber engañar con palabras, con discursos, pero, ¡ay!, por la boca mueren el putero y sus compañeros de viaje. Por la boca, por su afición tanta a los amores de pago, o de pega, más que por su afán recaudatorio. Ese tráfico, ese negocio, requiere otras artes, tiene distintos disfraces, diferentes máscaras.

«Somos los hombres como mercancía, que valemos más o menos según la habilidad del mercader que nos presenta. Yo te aseguro que, así fueras de vidrio, a mi cargo corre que pases por diamante. Mundo es este de toma y daca; lonja de contratación, casa de cambio, y antes de pedir, ha de ofrecerse».  Hay que buscar los nombres de los Crispín de nuestro tiempo. Todo falso noble, falso progre, falso Leandro, necesita encontrar su Crispín de confianza. Con la inesperada muerte de Barroso, Sánchez perdió el mejor de sus asesores. No es fácil encontrar el sustituto por más que un ejército bien remunerado se ocupe en el Gobierno y en el partido de renovar los tinglados de la nueva farsa. Vivimos en una península de asesores vacíos, de estilo enfangado, de panfleto déjà vu y de cuentos de lobos que pueden engañar a cándidas caperucitas buenistas. Van disfrazados de lobos buenos que tienen la misión de protegernos para que no seamos maltratados por los malos que van disfrazados de corderos de la derecha y la extrema derecha. Una bruja es una bruja aunque se disfrace de hermosa progresista. Y los piratas no son honrados ni aunque viajen mucho a los caribes, se envuelvan con la bandera palestina o se olviden de los desiertos del Sahara y de sus habitantes. 

Se pueden seguir urdiendo engaños, cambiando disfraces, pero hay un momento en que el carnaval termina, la farsa guiñolesca se acaba y toca enterrar a la sardina, dejar el baile, bajar de los globos aerostáticos, olvidar los fuegos artificiales y descender de las cucañas. Ya no habrá Larras que denuncien. Y aunque los haya, no tendrán su estilo ni su escritura ni su dandismo de formas, ni sus amores o desamores románticos. Se dirá de otra manera, serán otras las palabras, las letras y las músicas, pero mientras haya periodismo libre y no sometido, no habrá silencio de los corderos, ni balar de rebaño. Nuestro maestro en este oficio, el iluso enamorado, el pobrecito hablador, el que mejor supo señalar nuestras farsas sociales, el que señaló nuestras vanidades y nuestras desidias, terminó con su vida un día de Carnaval del 13 de febrero; no quedó en el olvido. Un día como hoy, casi 200 años después, su sátira, su desenmascaramiento, siguen vigentes. Todavía nos parece escuchar el disparo de su pistola en un portal del viejo Madrid que nos es cercano, querido y doloroso. Y Larra vive, renace.

No pensamos pegarnos ningún tiro, pero mucho nos gustaría poder rescatar y no olvidar su capacidad satírica contra la hipocresía y los hipócritas. Saber quitar las máscaras que esconden inmoralidades. Esa máscara moral con la que muchos pretenden ocultar sus verdaderas intenciones. Los carnavales, desfiles y bailes de Madrid son un coñazo. Ni buenos disfraces ni buenas letras, ni músicas. Yo quiero más Cádiz, más chirigotas, comparsas y agrupaciones. Hoy es la gran final en el Teatro Falla, después, las calles se toman, los ciudadanos se liberan y disfrutan sin sometimientos ni censuras en el domingo y el lunes de coros la ciudad sigue siendo una fiesta. Por sus calles desfilarán «A pico y pala», «Los mentirosos», los del «Sindicato» y los «Matarratas», las «Gladitanas» o «Qué pechá de paja». Me lo pierdo, me jodo y no bailo porque mis aburrimientos me mantienen en Madrid. Me conformaré con enterrar la sardina y hacer el viacrucis de las tabernas de mi barrio. Después descansar. Y rezar por la resurrección y la bajada a Cádiz en ese marzo sin lluvias y con las calles vueltas a ser tomadas por el pueblo y sus libertades. Nos vemos en el Carnaval Chiquito, el de los jartibles, el mío. El de todos los que puedan seguir paseando sin máscara o enmascarados por esa ciudad de memoria constitucional y libertad de prensa. No me jarto.  

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