Han pasado 30 años. En recuerdo de Francisco Tomás y Valiente
«Ni su asesinato ni el dolor provocado han logrado ensuciar los ideales por los que luchó institucional y cívicamente hasta el último suspiro»

Francisco Tomás y Valiente. | Europa Press
«Sobre las 10.30 horas del día 14 de febrero de 1996, [Jon Bienzobas], mayor de edad y sin antecedentes penales, era miembro de la organización Euskadi Ta Askatasuna (ETA), organización armada que tiene como fin la independencia de una parte del territorio nacional mediante la violencia. Como miembro de dicha organización y con la finalidad de alcanzar sus fines, tenía el propósito de acabar con la vida del Excmo. Sr. D. [Francisco Tomás y Valiente] quien había sido anteriormente presidente del Tribunal Constitucional. Para ello, acudió a la Facultad de Derecho de la Universidad Autónoma de Madrid, donde el Excmo. Sr. D. [Francisco Tomás y Valiente] impartía clases de Historia del Derecho, subiendo a la cuarta planta, donde tenía su despacho, abriendo la puerta e introduciéndose en su interior, encontrando a su víctima sentada en la mesa del despacho, a la que, directamente, efectuó tres disparos con una pistola FN Browning HP 1935… causándole la muerte».
Así se describen los hechos probados en la sentencia de la Audiencia Nacional de 14 de mayo de 2007 mediante la que se condena a Jon Bienzobas a 30 años de cárcel por el asesinato de Francisco Tomás y Valiente, los años que hoy se cumplen desde aquel trágico día.
En muchos aspectos, la sentencia es todo un homenaje al magisterio de Tomás y Valiente, a sus muchas enseñanzas como historiador del Derecho, a su labor como magistrado y luego presidente del Tribunal Constitucional y a su público patrocinio y defensa de ese haz de principios, instituciones, reglas y valores que dotan de legitimidad a la democracia constitucional, específicamente las garantías y los derechos de quienes son sometidos a un proceso penal.
Así, la Audiencia Nacional, una vez declarado el hecho del asesinato como probado más allá de toda duda razonable —no así, en cambio, otros delitos conexos al atentado de los que Bienzobas es absuelto por falta de pruebas—, se plantea la cuestión de si resultará más beneficioso para el reo aplicar a esos hechos el Código Penal vigente a la comisión del asesinato o la legislación vigente en el momento de enjuiciarse. En realidad, concluye el Tribunal, la aplicación de uno u otro Código Penal es indiferente en términos de cuantificación de la pena —en ambos casos cabe castigar hasta con 30 años de prisión—, pero la legislación vigente aquel 14 de febrero de 1996 permitía la redención de penas por trabajo —cosa que ya no ocurría al momento de dictar sentencia—, lo cual es más favorable para el reo, «… por lo que procede así declararlo», concluye la Audiencia Nacional.
El principio de retroactividad de la ley penal más favorable es uno de esos principios que, como el propio Tomás y Valiente afirmó a propósito de los fundamentos del Estado constitucional de derecho, «no se discute». Por eso, justificar o disculpar los crímenes de los GAL, una experiencia «gravemente criminal y gravemente equivocada», en nombre de la razón de Estado, es y era «aberrante»; como la práctica de la tortura como método inquisitivo en la investigación penal o la imposición de la pena de muerte como castigo (A orillas del Estado, pp. 131, p. 57), entre otros muchos desafueros de esos siglos sombríos para la causa de la emancipación humana que llamamos Antiguo Régimen.
«Han sido muchas las ocasiones en estos años en las que no he podido evitar preguntarme: ‘¿Qué pensaría Tomás y Valiente?’»
Han pasado 30 años y han sido muchas las ocasiones durante estas tres décadas en las que uno no ha podido evitar preguntarse: «¿Qué pensaría Tomás y Valiente?». Ayer mismo, mientras empezaba a hilar estas líneas, lo hacía al escuchar estremecido a la diputada de Bildu, Mertxe Aizpurúa, afirmar: «Hoy un escaño de Bildu manda más que el principal partido del Congreso. Exacto. Ustedes, señorías del Partido Popular, no mandan nada. Son irrelevantes y así seguirá siendo mientras eso dependa de nosotros». Aizpurúa ya no enaltece o jalea a gudaris como Bienzobas, y ETA ha dejado de matar, lo cual no ha de ser agradecido como el favor por lo no debido o por pura cortesía, y mucho menos celebrado si ello implica olvidar a las víctimas, menospreciar el dolor persistente de sus deudos y no colaborar en el esclarecimiento de los crímenes de ETA aún por resolver.
«Todas las ideas se pueden defender si no se emplea la violencia», era la divisa con la que se trató de persuadir a ETA y a su brazo político para que abandonaran las armas, pero hoy esos legatarios de la barbarie señorean desde la tribuna de oradores del Congreso no solo su secular aspiración independentista anclada en el nacionalismo más reaccionario y antiilustrado, sino su desprecio al pluralismo político y a los representantes de una inmensa mayoría de españoles. Y todo ello con la cobertura del pacto con el PSOE. ¿Qué pensaría Tomás y Valiente? «Respecto a la situación política española actual» —escribía hace ahora 30 años— «suele decirse, con la buena intención de que mejore, que esto no puede seguir así» (A orillas del Estado, p. 79). Como si no hubiera pasado el tiempo.
Como Francisco Tomás y Valiente, el filósofo Moritz Schlick fue asesinado en la Universidad de Viena un 22 de junio de 1936 a manos de Johann Nelböck, un antiguo discípulo con problemas psiquiátricos y simpatías nazis. En El asesinato del profesor Schlick. Auge y caída del Círculo de Viena, David Edmonds arriesga la hipótesis de que una clase de su antiguo maestro sobre el problema filosófico de la inmortalidad a la que Nelböck había asistido fue la gota que colmó el vaso de sus desvaríos. En su último artículo, publicado póstumamente tras su asesinato, Schlick, al hilo de la discusión sobre el sinsentido de la noción de inmortalidad, escribe que él podía fácilmente imaginarse siendo testigo de su propio funeral.
Como Schlick, Francisco Tomás y Valiente también conjeturó sobre su propia muerte. Lo hizo, a propósito de la despenalización de la eutanasia, en un conmovedor artículo (Por si acaso) publicado a finales de 1994, evocando una tribuna de Manuel Vicent (El brujo) que había aparecido días antes y en la que Vicent contaba que un caracolero cubano le había vaticinado una buena muerte; un día muy lejano, sentado en una mecedora blanca y sin molestar a nadie. También Tomás y Valiente anhelaba un parecido destino, terminar sus días mirando sin pestañear el horizonte del Mediterráneo y retrasar ese final varios decenios. No le fue dado, como él mismo, como cualquiera que ha metabolizado su propia contingencia, podemos aventurar que finalmente ocurra: «… no estoy seguro de que los ángeles de Rilke o las gaviotas de nuestro mar —afirma— me concedan así como así mi propia muerte… A veces es muy difícil morir. Hay hombres que se mueren a trozos, en pedazos, sin dignidad, dejando a los vivos un recuerdo último y cruel que falsea, como diría Machín, ‘toda una vida’».
No fue el caso: ni la indignidad de esa acción cruel que terminó con su vida y la de la causa que animó ese asesinato; ni el dolor provocado, ni la zozobra o el desconsuelo generados han logrado ensuciar los ideales que Tomás y Valiente profesó y por los que luchó institucional y cívicamente hasta el último suspiro. Y menos todavía la dignidad de una vida que, aun demasiado tempranamente sesgada, fue plena; la propia del hombre bueno y sabio.