The Objective
Benito Arruñada

Felipe González y el PP, un mismo error

«Ambos inspiran desconfianza porque critican el sanchismo sin asumir su responsabilidad en la deriva que lo hizo posible»

Opinión
Felipe González y el PP, un mismo error

Imagen generada por la IA. | Benito Arruñada

Esta semana han coincidido dos gestos similares. En Aragón, el PP gana, pero pierde escaños y margen: gobernar le saldrá más caro porque dependerá más de Vox. Aun así, lo vende como victoria. En Madrid, Felipe González anuncia que votará en blanco si Sánchez vuelve a ser candidato. 

Ambos critican con dureza los males del presente, pero eluden asumir su propia responsabilidad. Son gestos sin coste que solo se valoran dentro del propio bando. La «victoria» sostiene el relato sin admitir error alguno. El voto en blanco mantiene la pose de denuncia, pero limita su alcance. En ambos casos opera la indulgencia con «los nuestros»: al juzgar los hechos y al juzgar a quien critica. Esa doble indulgencia bloquea el aprendizaje. 

El sanchismo no cae del cielo: es el fruto de una deriva que arranca con los Gobiernos de González y que nadie después quiso o pudo corregir. Quienes lo critican sin autoexamen pierden crédito. Al silenciar su propio vínculo con ese pasado, sus promesas de cambio resultan poco creíbles.

La continuidad se ve en unas pautas fijadas hace décadas y hoy explotadas al límite. Se tolera la captura partidista de contrapesos y de la Administración. Se normaliza comprar apoyos con cesiones sucesivas, a costa del marco nacional compartido. Y se consolida el presentismo del Estado de bienestar: beneficios visibles hoy y costes desplazados al mañana, con menos inversión y menos reformas que sostengan la productividad. Las pensiones lo ilustran bien. Incluso tras las reformas de 1985 y el Pacto de Toledo, sale a cuenta prometer mejoras inmediatas y aplazar la factura, aunque eso degrade la base futura del sistema. Con esas pautas, la corrupción y la compra de votos dejan de ser una anomalía y pasan a ser un método para sostener mayorías. El sanchismo no lo ha inventado. Solo lo ha llevado más lejos.

Nada de esto convierte a González y al PP en únicos responsables: el núcleo duro de estas políticas ha gozado siempre de amplio respaldo ciudadano y ha formado parte del consenso. Importa asignar responsabilidades, pero no para castigar, sino para entender por qué ciertas posturas despiertan sospechas. Quienes critican el desenlace pierden autoridad si no reconocen que ayudaron a crear las condiciones que lo hicieron posible.

Desde esa perspectiva se entiende la desconfianza actual hacia el PP. Su problema no es solo de comunicación, sino de credibilidad. El partido no convence a los votantes más exigentes —y menos aún a los jóvenes— de que corregirá lo que nunca ha reconocido como error propio. Un partido que no revisa su pasado difícilmente puede pedir crédito para corregir el futuro.

Su problema va más allá de fallos tácticos. Es una cuestión de actitud ante el pasado y de capacidad para asumir el coste de decidir y comprometerse. Los bandazos existen —en inmigración, nacionalismo o política social— y también la indecisión en momentos delicados. Pero lo que bloquea y amenaza el futuro de todo partido es la amnesia autocomplaciente: seguir presentando como aciertos decisiones que una parte significativa del electorado actual y potencial considera graves errores. Un error se puede enmendar y a menudo se perdona. Lo que destruye el crédito y amenaza la supervivencia es defenderlo como éxito, porque sugiere voluntad de repetirlo. 

A esa interpretación del pasado se suma el énfasis en «gestionar». Ya es insuficiente cuando lo necesario es cambiar de rumbo. Pero lo es aún más cuando el partido que la invoca contribuyó a establecer el rumbo actual. En ese caso, es lógico que la promesa de gestionar se interprete como voluntad de mantenerlo. Gestionar basta cuando el modelo funciona; cuando se agota, hace falta corregir la trayectoria.

Es un patrón que reaparece también en lo que el PP propone en cada elección y en cómo interpreta sus resultados electorales. Antes del 23-J, pidió un respaldo amplio sin detallar compromisos costosos: un cheque en blanco. Después del 23-J, reclamó gobernar como si en una democracia parlamentaria bastara con haber quedado primero. No hizo autocrítica ni intentó tomar la iniciativa para reconstruir su crédito. Ahora, hace algo parecido en Extremadura y en Aragón, donde celebra victorias pírricas que, en realidad, estrechan su margen de decisión. Y, al no sancionar los errores, los perpetúa.

Por esa brecha se cuela Vox: parte del electorado desconfía del PP y usa a Vox para condicionarlo. Esa desconfianza es aún más lógica entre los jóvenes. Quien afronta vivienda inaccesible y empleo precario no premia una promesa genérica de gestión si percibe que preserva un reparto que le perjudica. Mientras el PP no se comprometa a cambiar y no defina qué costes está dispuesto a asumir, muchos jóvenes tenderán a reemplazarlo.

La próxima prueba será la convalidación del real decreto-ley de pensiones. Al trocearlo, el Gobierno obliga a decidir. Ahí se verá si el PP pone condiciones y paga el coste de explicarlas, o si vuelve a pedir confianza sin compromiso. Si no corrige su falta de autocrítica, Aragón habrá sido otro aviso desatendido. El voto en blanco de González y esa «victoria» son el mismo error: denunciar el desenlace, pero negar el origen.

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