La Constitución como fetiche
«Evitemos de paso usar la del 78 como escudo retórico, porque se trata de mantenerla en forma para que siga garantizando lo esencial»

Ilustración de Alejandra Svriz.
El 17 de febrero habrá foto. Las Cortes, el hemiciclo bruñido y reluciente, los ujieres como de otra época y los reyes en el centro celebrarán una sesión solemne para conmemorar que la Constitución de 1978 se ha convertido en la más longeva de nuestra historia. Un papel que supera en longevidad al de 1876 porque unos hombres responsables y contradictorios supieron estar a la altura cuando España decidió darse a sí misma una medida común.
A cualquier nación le cuesta darse sus propias leyes, objetivar su identidad tras siglos de conflictos, nivelar contradicciones y tragarse la soberbia, que es el rasgo característico de los mediocres. La tregua de la Transición duró lo que duró. En los noventa se fraguó un cambio de relato sobre nuestro pasado y la historia dejó de ser polvo de archivo para convertirse en un arma arrojadiza.
Con Zapatero, volvió la Guerra Civil al debate, no como episodio complejo y humano, sino como revisionismo histórico. Y regresó, con ella, la política del amigo y el enemigo, la vieja costumbre española de repartir carnés de virtud desde la trinchera.
El PSOE reintrodujo la historia en la política, pero el centroderecha no se movió de su sitio. Siguió apelando a la tradición liberal y constitucional española, intrínsecamente ligada a la Corona, con más fuerza si cabe, para definir su idea de España y alejarse de las dinámicas del guerracivilismo.
Pero en ese movimiento legítimo se ha deslizado un exceso: el constitucionalismo a ultranza. Todo se defiende en nuestra derecha porque lo dice la Constitución. La unidad de España, la forma del Estado, la convivencia… Digamos que la unidad de España es anterior a cualquier constitución liberal. Es una sedimentación de siglos: reinos que se enlazan y leyes que se armonizan, pueblos que conviven bajo una misma soberanía. Reducir todo esto a una cláusula es empequeñecerla.
«Entre la reforma abierta y la mutación encubierta hay una diferencia de honestidad democrática»
La Constitución nació solamente como una herramienta, para ser reformada en el tiempo y por el tiempo en que se explana, desarrolla y cumple. La Constitución se puede desarrollar, ampliar, ajustar. Como una nave espacial, puede cambiar piezas y mejorarse, pero sin perder el nombre ni el espíritu. Reformar no es dinamitar y ensanchar no es desfondar, sino evitar los males de aquellos que tienen miras estrechas. De los que creen que en la Constitución caben, más allá de los nacionalismos y los foralismos, los unilateralismos secesionistas e ideológicos de un partido.
Dado que no hay debate sobre su posible reforma, lo más probable es que nos quedemos como estamos, o sea, en un proceso de mutación constitucional que ha emprendido la izquierda, que implica cambiar el sentido sin tocar la letra. O interpretar la letra hasta transformar su espíritu. Desplazar el eje mediante lecturas interesadas, sin asumir el coste político de la reforma formal, debatida y consensuada por todos. Es una vía silenciosa, pero no inocente, porque altera el equilibrio sin someterlo al veredicto de la nación.
Entre la reforma abierta y la mutación encubierta hay una diferencia de honestidad democrática. La primera reconoce que el edificio necesita blindarse ante las inercias políticas que nos llevan a la deriva, y para ello quizás requiera reformas. La segunda mueve tabiques de noche y hace que entremos de un tiempo a esta parte en el desconocimiento de España, que es lo que quieren algunos, o muchos. En la desespañolización de la nave o en la navegación a la deriva.
Una Constitución viva no es la que no se toca nunca, sino la que se toca cuando debe tocarse, con claridad, con procedimiento y con consenso suficiente para que el cambio no sea capricho de mayoría pasajera. Lo contrario no es estabilidad, sino inercia destructiva.
Los de la izquierda encuentran esta Constitución un poco vieja, y quieren abrirla para sus cosas del aborto cual programa político, pero luego quieren imponernos sus constitucioncitas pequeñas, intolerantes, bajitas y provincianas. No lo permita España. Evitemos de paso usar la del 78 como escudo retórico, porque se trata de mantenerla en forma para que siga garantizando lo esencial: unidad, igualdad y libertad bajo una misma bandera, evitando las tretas políticas.