The Objective
Esperanza Aguirre

Yo sí estoy con Marco Rubio

«El secretario de Estado norteamericano levantó la bandera de la ilusión cuando proclamó que EEUU quiere aliados que estén orgullosos de su cultura»

Opinión
Yo sí estoy con Marco Rubio

Ilustración de Alejandra Svriz

El pasado viernes, 14 de febrero, el secretario de Estado de los Estados Unidos, el descendiente de españoles pasados por Cuba, Marco Rubio, pronunció un discurso durante la Conferencia de Seguridad de Múnich que, sin duda, va a pasar a la historia.

Con serenidad, sin aspavientos, de forma clara y contundente para que lo entendiera todo el mundo, dio una lección sobre la Historia y los fundamentos de lo que es Occidente, para apoyar sobre esos principios las políticas de defensa, y no sólo de defensa, que debemos aplicar conjuntamente Europa y América.

Recordó, porque parece que muchos lo han olvidado, el papel fundamental que Estados Unidos ha tenido en la defensa de la libertad en Europa, tanto en la victoria sobre Hitler en la II Guerra Mundial en 1945 como en la caída del Muro en 1989.

También explicó cómo la derrota del comunismo en Europa hizo que en los países occidentales creyéramos que había llegado el «fin de la historia» y que, a partir de entonces, el libre comercio triunfaría en todos los países del mundo. Luego la experiencia ha demostrado que eso no ha sido así, con países proteccionistas, que cerraban fábricas y entregaban el control de sus suministros a rivales, mientras impulsaban políticas energéticas que los empobrecen y abrían sus puertas a una inmigración descontrolada.

Para, conscientes de esos errores, expresar la imperiosa necesidad que tenemos, unidos Europa y América, de reaccionar en lo económico y lo militar, pero, y ahí es donde creo que acertó más plenamente, en lo espiritual y en lo cultural.

«No se puede anteponer un supuesto orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones»

Dijo que sabía que estaba hablando en una conferencia de defensa, pero que, antes de abordar cuestiones de armamento o estrictamente militares, era imprescindible que los países occidentales tuviéramos absolutamente claro qué es lo que tenemos que defender. Y dio una respuesta evidente, pero que está olvidada por muchos de nuestros políticos: la civilización occidental, que nos une desde hace siglos con una historia común, con la fe cristiana, y con la cultura, el patrimonio, las lenguas, y los sacrificios de nuestros antepasados.

Para defender nuestra civilización dejó claro que hay que reaccionar, impulsar la reindustrialización, defender las fronteras y acabar con la total dependencia de otros en materia de suministros. Como tampoco se puede anteponer un supuesto orden mundial a los intereses vitales de nuestros pueblos y naciones.

Para eso, expuso sin el menos complejo su convicción de que hay que reformar la ONU, que no ha sido capaz de hacer nada positivo en los casos de Ucrania, Gaza, Teherán o Venezuela —y yo añadiría Cuba—, en los que ha dejado patente su inutilidad absoluta a la hora de encontrar soluciones.

Sin andarse por las ramas dijo que, quizás en un mundo ideal, todos estos problemas podrían resolverse con gestiones diplomáticas, pero que, como no vivimos en un mundo ideal, no podemos permitir que quienes amenazan a nuestros ciudadanos y a la estabilidad se escuden tras abstracciones del derecho internacional que ellos mismos violan regularmente.

«Una alianza que defienda a nuestros pueblos, nuestros intereses y nuestra libertad para ser dueños de nuestro destino»

Pero no sólo señaló líneas políticas por las que tendremos que caminar en el futuro, volvió a insistir en sus reflexiones sobre la historia de Occidente. Un Occidente que, desde el descubrimiento de América, se había expandido por todo el mundo de la mano de sus misioneros, pero que a partir de 1945 empezó a contraerse por culpa de las revoluciones comunistas que se hicieron con media Europa, con el ateísmo como lema principal.

Ante esto insistió en que aceptar ese declive no puede ser una opción, todo lo contrario. Marco Rubio levantó la bandera de la ilusión y del optimismo cuando proclamó que, desde los Estados Unidos, hoy con Trump de líder, quieren aliados que, antes de nada, estén orgullosos de su cultura, de sus ancestros —citó a grandes figuras de nuestra cultura, desde Mozart a Leonardo da Vinci— y de esta civilización que compartimos.

Para juntos plantar cara a algunos de los miedos que parecen acecharnos como los del cambio climático o la guerra. Para mirar juntos al futuro con el único miedo de no dejar a nuestros hijos naciones más orgullosas, más fuertes y más ricas. Una alianza que defienda a nuestros pueblos, nuestros intereses y nuestra libertad para ser dueños de nuestro destino. No una alianza para gestionar un Estado del bienestar mundial y expiar los supuestos pecados de generaciones pasadas. Una alianza que no permita que su poder esté subordinado a sistemas que escapan a su control. Una alianza basada en la convicción de que nosotros, Occidente, lo que hemos heredado juntos es único, distintivo e irremplazable.

Todo esto lo expresó desde la auctoritas que le da el ser un perfecto ejemplo de la fusión de la España, que encabezó la extensión de la civilización y la fe cristiana por América, con todo lo que allí llevaron los países anglosajones para crear la primera potencia mundial.

Un discurso que hay que leer muchas veces y que los políticos europeos decentes deberían hacer suyo hasta la última letra. Porque en él se identifica con nitidez cuáles son los principales enemigos de Occidente, que, desgraciadamente, en España los tenemos en el poder.

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