The Objective
Fernando R. Lafuente

Longares, donde habita el estilo

«Es ‘Cortesanos’ un relato, o ‘nouvelle’, en el que se confirma la calidad y la voluntad del escritor madrileño de entender la literatura como estilo»

Opinión
Longares, donde habita el estilo

Ilustr

En una novela, por ejemplo, son varios los factores o agentes que intervienen para despertar el interés que puedan mostrar los lectores. Uno suele ser el argumento; otro, los personajes; uno más, la trama en que se desarrolla el argumento planteado, y otro, pero hay legión que podrían añadirse, las descripciones y diálogos que se entreveran en la acción. Pero de todos ellos, el principal es el lenguaje, la lengua literaria que cada autor crea o recrea en torno a su propia obra.

El poeta francés Yves Bonnefoy escribió: «Ama la perfección, porque la imperfección es la cima». Si lo llevamos al asunto de la novela, podríamos jugar a decir: «Ama el argumento, porque el lenguaje es la cima». Paul Valéry recordó: «La sintaxis es un valor moral». Y ahí comienza el juego. Un valor moral. No es broma. Son diversos, tal vez infinitos, los argumentos que puede contar una novela, semejantes, distintos, distantes, pero en donde brilla un escritor es en el uso del lenguaje literario. La verdadera diferencia, el sello único, es la manera de contarlo. La amplísima gama de recursos retóricos que pone en la página.

Así, aun con el argumento más común, lo escrito, y publicado, adquiere la dimensión de obra literaria. En el catálogo de novelistas y narradores en español, un nombre destaca en esa atención luminosa al lenguaje que configura una obra literaria: Manuel Longares (Madrid, 1943), autor de obras tan extraordinarias como Romanticismo (2001), Sentimentales (2018) o el libro de relatos, espléndidos, Las cuatro esquinas (2011).

Hace apenas unas horas, el Ayuntamiento de Madrid, en la Casa de la Villa, homenajeaba y reconocía el lugar primero que se merece Longares. Y hace unas semanas se publicaba Cortesanos (Galaxia Gutenberg), un relato, o nouvelle, en el que se confirma la calidad y la voluntad de Longares de entender la literatura como estilo y como manera de contemplar la vida, o la realidad, o la historia desde esa idea de Umberto Eco: «Si la ficción es tan maravillosamente atractiva, ¿por qué debemos aceptar la realidad?» Y cada página de Cortesanos es una fiesta literaria, una ficción que añade y suma realidad, tal vez a la historia, seguro a la ensoñación.

Solo el despliegue de términos, brillantes aliteraciones, que aparece en las páginas 11-13 es tan deslumbrante que anuncia y presenta lo que vendrá. Un vendaval literario, como ha escrito Pozuelo Yvancos en ABC Cultural: «Despoja el libro del argumento secuencial para construir una aventura lingüística». Mejor definición de este libro, complicado.

«Un escritor fija en su estilo la manera de describir un mundo de ficción»

Es un libro, bendita la ironía melancólica de Longares, dedicado al Manzanares. Cómo se contempla y cómo los cortesanos mondos y lirondos fueron describiendo al pobre río: «Cuando engorda semeja una lombriz», «Pues si adelgaza se borra», «Más salpica que moja. Y en un suspiro se seca», «Un río con más ínfulas que sustancia», «Por quererlo casto se volvió estéril», «Da más pena que sed», «Cuando no lo busco aparece y si lo busco no está», «Su amistad te enferma», «Te da todo, menos agua».  Pero no sólo es el Manzanares, es Madrid y sus pobladores a lo largo de los Austrias y los Borbones, y más.

Un escritor fija en su estilo la manera de describir un mundo de ficción. Madrid es una presencia constante en Longares: «Llevo toda la vida escribiendo sobre Madrid, y me he dado cuenta ahora». Es un Madrid de verbena, de La Revoltosa pasada por Quevedo y Lope, del Callejón del Gato y los Corrales de Comedia de la calle del Príncipe, de chocolaterías y pradera de San Isidro, de las calles, hoy, Cervantes, Lope de Vega, Quevedo en apenas una manzana y a unos pasos del Ateneo y de la Academia de la Historia, de muertes «reales» como la del Conde de Villamediana en el Pasaje de San Ginés, de pícaros en la Puerta del Sol y de señoritingos en las Cuatro Fuentes del paseo del Prado, de canallas por los fondos desventurados de Baroja, de la ribera del Manzanares como aluvión de tristezas, de reyes y comparsas, y bufones, que se pasan el día, y la noche, en lo suyo, que no era otra cosa que la que es, y ya saben. De Juanitos Santa Cruz buscando en la Cava Baja o en la calle del Ave María, bendito Lavapiés, a todas las Fortunatas.

Las Pinturas Negras de Goya y, entre ellas, el Aquelarre cuando la señorita apartada del grupo que tal ceremonia celebra y ella contempla, somos los lectores de esta extraordinaria, por breve e intensa, obra maestra. Y esos personajes de Próspero y fray Natalio, la ambientación, la atmósfera creada y surgida para una realidad literaria de las palabras, del orden de las palabras, de la sintaxis, sí, Valèry, como un valor moral y un valor de sorna, de cachondeo, de no dejar títere (nunca mejor dicho) con cabeza, de atender a las más egregias tradiciones de la jácara, la mojiganga, de la charanga, la botarga y la pandereta. No es el mundo al revés, es un mundo contemplado desde la perspectiva de quien no se amilana a la hora de contar fiestas o jolgorios reales, de la realeza, se entiende, más que subidos de tono, de ensalzar la irreverencia como modelo permanente a lo largo de la Historia.

De las fabulosas distancias entre el poder y lo que se llamó el pueblo llano. Ese pueblo que es el que, de verdad, escribe la Historia. Un caleidoscopio cuyo valor esencial es elevar al disparate como ejemplo y al caos como forma de vida. No otra cosa es la ficción, una invitación a vivir otros tiempos, otras gentes y, sobre todo, otros sueños, aun cuando, como es el caso, esos sueños sean condenadamente desternillantes. Para un narrador como Longares, en cuyas páginas habita el estilo, parece que la edad confirma la genialidad. Tan intacta, o mejorada, desde sus primeros escritos. Sea.

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