El problema que no nos atrevemos a mirar
«Frente al cinismo, la demagogia o la mentira interesada, un país tendría que empezar a contar la verdad, por muy incómoda o dolorosa que resulte»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Entre los múltiples argumentos que emplea la demagogia en nuestros días, uno de los más habituales se basa en la idea de que el dinero público se malgasta —lo cual, a menudo, es cierto— y sólo con un mayor control todos nuestros problemas se solucionarían. «Menos asesores y más vivienda de protección oficial» podría ser el eslogan de un Milei español, o «menos coches oficiales y más asfalto en las autopistas (o en las calles de nuestras ciudades)». Como siempre, la demagogia emplea el recurso de tergiversar la verdad para ocultarnos una mentira. La gestión del dinero público puede ser perniciosa por muchos motivos —sobre todo morales, en vista de los incentivos negativos que crea—, pero difícilmente el recorte en unas pocas partidas bastaría para transformar significativamente la acción presupuestaria de un gobierno.
Jon González lleva tiempo destripando, en su cuenta de X, las cifras públicas para combatir la deriva populista de los partidos. Es imposible que los ricos, por mucho que se les suban los impuestos, lleguen a compensar el agujero de las pensiones (60.000 millones de déficit anual) o que, sin intervenir en las grandes partidas de gasto, se puedan equilibrar las cuentas a largo plazo. Si el déficit actual de las pensiones —con la economía creciendo desde hace años y con tasas máximas de empleo— se sitúa hoy en torno al 5% del PIB, ¿qué sucederá si vuelve la crisis económica y el desempleo se dispara de nuevo hasta el 15%? ¿La UE tendrá que rescatar la Seguridad Social, como hizo con el sistema bancario hace tres lustros? Cuando leemos que sólo la subida anual del IPC en las pensiones equivale a diez veces lo que gastan las administraciones públicas en viviendas de protección oficial, se nos hace evidente que tenemos un problema más grave de lo que percibimos en nuestro día a día. Tarde o temprano hará falta una cirugía agresiva que salve al país de sus actuales desarreglos.
«Las urgencias demográficas se intentan combatir abriendo las fronteras, lo cual añade más problemas sociales»
Tres son los pilares que explican la mayor parte del gasto público: las pensiones, los trabajadores públicos y el pago de la deuda. Y dos son las deficiencias estructurales que padecemos desde hace tiempo: el invierno demográfico y la baja productividad. Sin reformar estas cinco parcelas, difícilmente nuestros jóvenes podrán tener un porvenir. La solución que nos proponen los partidos para las pensiones es conocida: retrasar la edad de jubilación con el objetivo de cargar sobre una generación distinta las dificultades presupuestarias de hoy. Ya se hizo en el pasado —con el Gobierno de Zapatero, la última vez— y no funcionó. Las urgencias demográficas se intentan combatir abriendo las fronteras, lo cual añade más problemas sociales —aunque estimulando la economía a corto plazo—. La baja productividad es una consecuencia de la falta histórica de tejido industrial, agravada ahora por la revolución de las nuevas tecnologías que no parecen querer instalarse en nuestro continente. No hay mucho de lo que bravuconear.
Decía Julián Marías que la causa principal del retraso de un país son los excesos ideológicos, presupuestarios, demográficos… Frente a esta falta de moderación, un país tendría que empezar sencillamente a contar la verdad, por muy incómoda o dolorosa que resulte. No todo es posible ni hay soluciones mágicas, de un signo u otro. Europa necesitará años para recuperar el tiempo perdido y España alguna década. Esta no debe conducir al pesimismo, sino a la acción inteligente. Lo contrario del exceso, nos recuerda el gran Marc Bloch, es la inteligencia. Pero esta, para desplegarse, exige que la sociedad se reconozca en la verdad y no en el cinismo, la demagogia o la mentira interesada.