The Objective
José Carlos Rodríguez

90 años de la 'Teoría general' de Keynes

«Si los economistas quedaron prendados con el libro, más aún los políticos porque dio respaldo científico a su actividad favorita, que es gastar dinero público»

Opinión
90 años de la ‘Teoría general’ de Keynes

John Maynard Keynes en 1929. | Wikimedia Commons

¿Cuántos libros escritos en el siglo XX han tenido una influencia poderosa y duradera? Muy pocos podrán superar a la Teoría general de la ocupación, el interés y el dinero, de John M. Keynes. Según se mire uno u otro aspecto de la obra, o del autor, llegaremos a la conclusión de que su éxito es incomprensible, o que es del todo inevitable. Su historia es contradictoria, chocante, como lo es el propio contenido del libro.

Keynes era ya un economista reputado cuando sacó su obra, de la que se cumplen 90 años (febrero de 1936). Antes había publicado su ambicioso Tratado sobre el dinero que no pudo superar la devastadora crítica de Friedrich A. Hayek. El propio Keynes le dijo al austríaco que sus críticas ya no tenían relevancia, porque él había cambiado ya de opinión.

¿Qué hizo inevitable el éxito de esta obra? Cuando se publicó, la ciencia económica llevaba más de seis décadas siguiendo un camino verdaderamente científico: reconstruir el edificio teórico sobre las acciones concretas, específicas; acciones en el margen, que se estudian desde la posición subjetiva del individuo. La economía parecía ser capaz de explicarlo todo: el valor y los precios, el origen del dinero y su función, la remuneración de los factores productivos. Incluso los fenómenos más complejos, como los ciclos económicos o el crecimiento, parecían al alcance de la mano.

Pero en los años veinte y treinta un fenómeno se escapaba a lo que entonces podían explicar los economistas: el paro prolongado. Los economistas que abordaban específicamente el mercado laboral (William Beveridge en 1908, John Hicks en 1932, Arthur C. Pigou en 1933) no podían dar una respuesta. Hicks dijo literalmente que la teoría económica era incapaz de explicar que desde 1921 el paro se resistiese a bajar.

Y es aquí cuando llega Keynes. Él tiene una explicación. No hay demanda suficiente. El mercado es capaz de llegar a un equilibrio con cualquier tasa de desempleo, y los «economistas clásicos» (léase, marginalistas) se han centrado en un caso particular: el equilibrio con pleno empleo. Mi teoría, dice Keynes, explica que el sistema puede continuar por años sin término con largas colas en el paro. ¡Es una verdadera teoría general!

«El éxito del libro fue arrollador. Los economistas jóvenes lo sintieron como una liberación»

No era fácil echar por tierra el robusto edificio marginalista. Pero Keynes lo hizo de cuatro manotazos, con una seguridad pasmosa para alguien que, en definitiva, solo había recibido una educación formal en economía durante seis meses.

Los precios no funcionan bien. Se quedan adheridos a donde están, y si se mueve algo, son las cantidades. Los agentes no actúan con racionalidad. El consumidor gasta en función de lo que ingresa; no es capaz de planificar o tomar una decisión. El inversor es un «espíritu animal», expresión tomada de Descartes, que actúa de forma maníaco-depresiva, con casi ninguna vinculación con la realidad. El tipo de interés, que en otros autores regulaba la relación entre consumo, ahorro e inversión, en su Teoría general está vinculado a la demanda de dinero; y hay un terreno en el que deja de ejercer función alguna (la trampa de la liquidez). Un sistema así, ¿cómo iba a regular el mercado de trabajo?

El éxito fue arrollador. Los economistas jóvenes lo sintieron como una liberación. Paul Samuelson, con motivo de la muerte de Keynes, escribió: «He considerado siempre una ventaja inapreciable haber nacido como economista antes de 1936 y haber recibido una formación sólida en la economía clásica. Resulta casi imposible para los estudiantes actuales comprender plenamente el impacto de lo que, con acierto, se ha denominado la Revolución keynesiana sobre quienes fuimos educados en la tradición ortodoxa. Lo que hoy los principiantes suelen considerar trivial y evidente, para nosotros era desconcertante, novedoso y herético». Bryan J. McCormick habló en un libro de «avalancha keynesiana», sin exageración alguna. Aunque las primeras críticas profesionales fueron, casi todas, negativas, de inmediato se hizo con la profesión.

Hay varias razones para ello. Una es que ningún economista de alto nivel ofreció una crítica sistemática. Hayek renunció a ello, pensando que Keynes volvería a cambiar de opinión. Lo cierto es que murió antes de hacerlo. Hayek, en su última gran obra de teoría económica, ofreció un modelo alternativo en su libro La teoría pura del capital, de 1941. Pero para entonces, Keynes había arrollado a la profesión. Y el libro de Hayek, mucho más técnico y profundo que el de Keynes, es de una complejidad detestable. Ludwig von Mises publicó su tratado de economía, La acción humana, aún más tarde, en 1949.

«Cuando estalló la crisis de 2008, de nuevo se volvió a hablar de Keynes y su ‘Teoría general’ desde instancias como el FMI»

Se habla de la Escuela de Chicago como si fueran feroces críticos del economista de Cambridge, pero es más cierto lo contrario. Milton Friedman cuenta que ellos eran ya bastante keynesianos antes de la Teoría general: «Keynes no tenía nada que ofrecer a quienes nos habíamos formado a los pies de Simons, Mints, Knight y Viner». Ellos eran keynesianos antes de Keynes. Friedman, en particular, dedica grandes elogios a la obra de Keynes. La discrepancia de Chicago con el británico es en la microeconomía, pero admiten el método «macro», que es la gran novedad de Keynes, de la cruz a la raya.

Si los economistas quedaron prendados tras la lectura de la Teoría general, el entusiasmo de los políticos por la obra está en los bordes de la capacidad del alma humana. Porque Keynes les dio un respaldo científico a la actividad favorita de un político, que es gastar dinero público. De hecho, en la primera edición en alemán de su obra, Keynes reconoció que su teoría respondía a «las condiciones alemanas», y que la teoría de la producción en su conjunto —que es lo que el libro que sigue pretende ofrecer— se adapta con mucha mayor facilidad a las condiciones de un Estado totalitario que la teoría de la producción y distribución de un producto dado elaborada bajo condiciones de libre competencia y una amplia dosis de laissez-faire. Esta edición se publicó en 1936.

Tiene gracia que se diga de Keynes que es un heterodoxo, cuando no ha habido economista más respaldado por las instituciones públicas, nacionales e internacionales, como él. Cuando estalló la crisis de 2008, de nuevo se volvió a hablar de Keynes y su Teoría general desde instancias como el Fondo Monetario Internacional. Pero para entonces, el descrédito de su teoría estaba bastante asentado.

Al final de su libro, dice el economista de Cambridge: «Las ideas de los economistas y de los filósofos políticos, tanto cuando son correctas como cuando están equivocadas, son más poderosas de lo que comúnmente se cree. En realidad, el mundo está gobernado por poco más que esto. Los hombres prácticos, que se creen exentos por completo de toda influencia intelectual, son generalmente esclavos de algún economista difunto». Es hora de cambiar de economista difunto.

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