The Objective
Javier Benegas

Cinco años para el colapso

«Si la legislatura se prolonga hasta finales de 2027, el tiempo para revertir la tendencia será menor a cinco años. Para entonces hará falta una terapia de choque»

Opinión
Cinco años para el colapso

Imagen generada con IA.

Si tuviera que aventurar cuánto tiempo le queda a nuestro país antes de entrar en un desmoronamiento acelerado, diría que no son más de cinco años. Un lustro. Ese es, en mi opinión, el margen que tenemos para evitar un derrumbe no ya del modelo político, sino del propio armazón del Estado, de sus infraestructuras críticas y de la economía que lo sostiene. No es un apocalipsis retórico. Es la fría lógica del deterioro cuando se cruza el punto de no retorno.

La decadencia de un país no es un proceso lineal y estable. No avanza a ritmo constante, como un conjunto de engranajes que se desgasta uniformemente. El proceso se asemeja más bien a lo que sucede con las carreteras españolas: durante años, el asfalto se desgasta de forma superficial. Una pérdida gradual de adherencia apenas perceptible. Ese deterioro eventual da paso a las primeras grietas. Y una vez que estas aparecen, la degradación deja de ser lineal y se vuelve exponencial. En pocos meses, a veces en cuestión de semanas, se pasa de un pavimento irregular a hundimientos, socavones y colapsos. El daño que tardó años en aflorar, de pronto, se acelera vertiginosamente.

El preludio del desmoronamiento

Reducir nuestro margen a cinco años puede parecer una exageración. No lo es. Un lustro es un plazo coherente con la dinámica de los sistemas complejos cuando los daños dejan de ser superficiales. Mientras el daño se limita a la superficie, el tiempo parece estirarse como una goma. Pero cuando penetra la estructura, el margen se acorta súbitamente.

La tentación es creer que España siempre ha vivido al borde del abismo y que, como tantas veces, saldrá adelante. Ese patriótico consuelo es peligroso. La historia nos enseña que los países colapsan cuando las grietas se acumulan y nadie quiere asumir el coste de repararlas. La Unión Soviética pasó años dando la impresión de ser invulnerable. Muchos expertos estaban convencidos de que aquel régimen duraría eternamente. Cuando cedió, lo hizo con una rapidez que pocos habían previsto. No fue un rayo repentino, fue la consecuencia de un desgaste de décadas que se volvió exponencial cuando superó un punto crítico.

No estoy comparando realidades incomparables. Estoy recordando una lección básica: la aparente estabilidad de la decadencia es, en realidad, el preludio del desmoronamiento súbito.

Para agravar la situación, a esos cinco años hay que restarle dos que ya están hipotecados. Si Pedro Sánchez apura la legislatura hasta el límite legal, las próximas elecciones generales podrían celebrarse en noviembre de 2027. Eso significa casi dos años más con un Gobierno cuya única hoja de ruta es resistir… y destruir. Dos años en los que la energía política se consumirá apagando incendios judiciales, desactivando titulares y sosteniendo una aritmética tan agónica como paralizante. Dos años, en definitiva, en los que la cirugía mayor será impracticable porque el quirófano estará ocupado en contener hemorragias.

Primeros signos de colapso

Entretanto, soñamos con las urnas, el desgaste se agudiza y las infraestructuras se deterioran. La red ferroviaria acumula un déficit de mantenimiento de 30.000 millones de euros desde 2010. La red de carreteras, por su parte, arrastra otro de más de 225 millones de toneladas de asfalto desde 2011, con más de 34.000 km de calzadas con deterioro grave o muy grave que requieren acometidas urgentes y una inversión estimada de al menos 5.000 millones anuales para evitar que sean intransitables. Con las infraestructuras hidráulicas sucede lo mismo, aunque todavía no generen titulares. En cuanto al sistema eléctrico español, está en modo de emergencia desde abril del año pasado. Con este estado de cosas, lo que hoy son accidentes «excepcionales», mañana podrían convertirse en rutinarios.

La sanidad ofrece un panorama igual de alarmante. Las listas de espera quirúrgica rondaban las 830.000 personas a mediados de 2025, y la demora media nacional superaba los 118 días, aunque varía por comunidades. Tres meses no son solo la mitad de seis. Y seis meses no son solo el doble de tres: son un diagnóstico que llega tarde, una complicación irreversible, una estadística de mortalidad que cambia de tendencia. España presumía de esperanza de vida como quien exhibe una medalla olímpica. Pero también las medallas se herrumban si no se lustran.

«Con un Gobierno incapaz de gobernar, el ajuste se trasladará a impuestos más altos y recortes encubiertos»

Por su parte, las pensiones y las cuentas públicas sufren la presión de la demografía. La deuda pública ha aumentado en más de medio billón de euros desde que Pedro Sánchez fue investido presidente por vez primera y suma ya 1,7 billones de euros, según el Banco de España. La base productiva se reduce y el gasto aumenta. Con un Gobierno incapaz de gobernar, el ajuste se trasladará a impuestos más altos y recortes encubiertos. Las matemáticas no entienden de consignas. Pueden maquillarse durante un tiempo, pero no de forma indefinida.

La vivienda completa el cuadro tenebrista. Si ya nos parece un problema, ¿qué sucederá cuando la expectativa de escasez se perciba como una realidad inamovible? Probablemente, los precios dejarán de reflejar el desajuste presente entre oferta y demanda y empezarán a incorporar el miedo al futuro. El mercado se desbocará por completo. Millones de personas quedarán expulsadas del acceso a la vivienda en propiedad o en alquiler. Ya no será un problema «habitacional» grave; será un golpe demoledor a la paz social.

Superado el umbral crítico

Durante años nuestros políticos han pateado el balón hacia delante, confiando en que los problemas podrían posponerse indefinidamente. Pero delante del balón ahora hay un muro. Ya no avanzará como antes; rebotará. Y el rebote será proporcional a la inercia con la que durante años ha sido pateado.

Fijar un margen de cinco años no es un recurso dramático. Es un plazo coherente con el deterioro estructural que ya hemos alcanzado. El margen de salvación se estrecha no por capricho, sino porque esa es la mecánica incremental del desgaste. Mientras el daño se limita al revestimiento, la reparación puede ser costosa pero asumible. Pero cuando alcanza las vigas maestras, no es solo que los costes se multipliquen; es que se reducen drásticamente las opciones.

Si la legislatura se prolonga hasta finales de 2027, el tiempo para revertir la tendencia será sensiblemente menor a cinco años. Para entonces, las reformas necesarias no podrán ser cosméticas ni graduales. Hará falta una terapia de choque. Un big bang político que, por pura necesidad, deberá ir mucho más allá de amortiguar los efectos del sanchismo.

Cuando el daño se vuelve crítico

Cuando el deterioro supera cierto umbral, la mesura no es una demostración de prudencia, sino de ingenuidad. Y la historia castiga la ingenuidad. Italia lo experimentó tras el derrumbe de la Primera República con Mani Pulite. Francia entendió con De Gaulle en 1958 que la IV República no se arreglaría con reformas cosméticas: era necesario reconstruirla desde sus cimientos. El Reino Unido de los años setenta no salió del estancamiento con retoques menores, sino con una transformación profunda. Alemania emprendió las reformas Hartz a comienzos de los 2000 cuando asumió que la parálisis crónica no se arregla con declaraciones.

No hace falta mirar solo las crisis políticas más graves. Nueva Zelanda, a partir de 1984, acometió reformas de calado porque su modelo económico había entrado en barrena: entre mediados de los años ochenta y principios de los noventa reformó su sistema financiero, económico y laboral para evitar un deterioro prolongado que con toda probabilidad acabaría mal. Irlanda, tras el colapso financiero de 2008, aplicó reformas profundas que transformaron el país en menos de una década. Todos esos casos tuvieron un denominador común: reconocer que el sistema había superado un punto crítico y que solo una intervención de gran escala podía revertir la situación.

«Hará falta una intervención simultánea, ambiciosa y sólida. Un ‘big bang’ político e institucional»

Mancur Olson advirtió que las sociedades dejan de progresar cuando las coaliciones extractivas capturan el Estado y que solo la ruptura de ese equilibrio perverso permite resetearlas y reiniciarlas. Douglass North insistía en que las instituciones cambian cuando los incentivos se vuelven insostenibles. Schumpeter habló de destrucción creativa no como metáfora indolora, sino como un proceso necesario cuando las estructuras se pudren.

Las reformas big bang no son un exceso ideológico. Son la única respuesta cuando el daño se vuelve crítico.

España se encuentra ya en ese punto. Hará falta una intervención simultánea, ambiciosa y sólida. Un big bang político e institucional que no se limite a revertir decisiones recientes, sino que transforme incentivos, responsabilidades y prioridades.

La alternativa es confiar en que el deterioro siga siendo manejable y lineal. Pero la historia, de la URSS a Italia y Reino Unido, de Nueva Zelanda a Irlanda y Australia, sugiere que eso no es así. Cuando el punto crítico se supera, el sistema no avisa. Simplemente cede.

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