La actualidad de las escaleras
«Esas imágenes en movimiento cinematográfico de Proust y Gaudí no nos llegan hasta bien entrado el siglo XXI y a las puertas de no sabemos qué cataclismo»

Ilustración generada mediante IA.
Marguerite Duras decía que había nacido en una casa de agua y se refería a la humedad lacustre y pluvial de Indochina. La casa era un juego de niños y se quejaba Duras de que las modernas no tenían pasillos, mientras que los pasillos eran imprescindibles para formar el carácter en la infancia. Efectivamente —esto no lo dice Duras—, en los largos pasillos conocíamos la soledad y el miedo y en los pasillos residía un tiempo diferente donde el tiempo ortodoxo dejaba de existir y uno podía esconderse de los adultos sin hacerlo. En el tránsito del pasillo, el mundo adulto —la vida estática— no podía importunarnos e inventábamos mundos y vidas que en aquel no existían: batallas imaginarias, fantasmas, viajes exóticos…
Pero donde había pasillos no había escaleras. Las escaleras sí formaban pasadizos del mundo de los adultos y años más tarde lo comprobaríamos con gozo, goce y cierta insistencia. Si Marcel Duchamp pintó Desnudo bajando la escalera en 1917, desde hace muy poco sabemos que la literatura estuvo antes y la arquitectura después —eso sí, vestidas—, pero estas tres caras de la modernidad tienen en común las escaleras. Voy al lío.
Hace unos años se descubrió una filmación donde se ve a Marcel Proust bajando las escalinatas de la iglesia parisina de La Madeleine. Rodeado de mujeres elegantes y hombres impecables, Proust es el más joven de la imagen y se mueve con la alegría de un insecto en primavera entre las plantas y los árboles de un jardín: el mismo jardín que ya estaba entonces retratando en su gran crónica del tiempo perdido. No sabemos si sale de misa dominical o de la ceremonia festiva de una boda, pero aparece con la misma alegría con que va a jugar al tenis. Marcel Proust atrapado en una escalera eclesial en el año 1904 mira a la cámara —nada se escapaba a la mirada del novelista— y luego desaparece.
Lo mismo podemos decir de Antoni Gaudí, arquitectura para pasteleros, añadía mi padre. La semana pasada, una documentalista barcelonesa publicó las imágenes de Gaudí bajando las escaleras de una iglesia tras la celebración de una boda. Va vestido de oscuro y lleva una galleta —un canotier— en la cabeza. Si Proust está saltarín en sus imágenes, Gaudí está senatorial en las suyas. Se detiene y mira a su alrededor con seriedad que parece impostada, para luego seguir bajando y desaparecer. Da la impresión de que no sabe que hay una cámara filmándolo y esto es muy raro porque las cámaras de entonces eran un mamotreto imposible de no ver.
Estamos en 1922. O sea que Proust fue el primero de los dos en ser filmado bajando unas escaleras y es la única imagen en movimiento que se conserva del escritor. Como la de Gaudí hecha pública la semana pasada: la única. Si es que ese Gaudí bajando las escaleras de una iglesia de Barcelona es, realmente, el arquitecto Antoni Gaudí. Su seriedad senatorial —sea impostada o no lo sea— dice poco del Gaudí místico que conocemos y menos aún del Gaudí despistado que murió atropellado por un tranvía.
El Gaudí de las imágenes documentales parece, en principio, un militar retirado que haya tenido mucho mando, pero si nos fijamos bien, puede ser un hombre agobiado por la muchedumbre que le rodea y ahí sí estaríamos ante uno de los clichés que tenemos del arquitecto: el hombre al que el Más Allá le puede frente al abrumador desinterés que le produce el Más Acá. A no ser que la mística le entrara a Gaudí como a Borges la ceguera —muy tarde—, si pensamos que antes, en él, todo eran dragones de Tannhauser y enrejados neogóticos y grandes edificios y jardines para los triunfadores de la época.
Uno cree que el movimiento de un desnudo subiendo las escaleras es más interesante que bajándolas, pero en ingenio no le llega uno a Duchamp ni a la suela de los zapatos. Lo curioso de esas imágenes en movimiento cinematográfico es que tanto Proust como Gaudí no nos lleguen hasta bien entrado el siglo XXI y a las puertas de no sabemos qué cataclismo, como diciéndonos «no os esforcéis, que aquí seguimos todos, bajando las escaleras». No sabemos a dónde los llevan esas escaleras, pero nos dejan tan preocupados como un aviso que no acabamos de entender. Seriamente preocupados.