La cara y el espejo de la ciudadanía
«No hay comunidad de libres e iguales cuando, más allá del espacio privado, se impide reconocer a individuos que creen que deben ser ‘no visibles’ para los demás»

Ilustración generada mediante IA.
En uno de sus celebrados análisis del uso de la fotografía durante el colonialismo en África, el historiador del arte Teju Cole llama la atención sobre una imagen aparecida en una publicación de finales del XIX en la que se muestra al gobernador de Lagos, John Hawley Glover, junto al rey ijébu, de la tribu de los yoruba. En la fotografía, el rey aparece con su corona de cuentas pero con la cara visible, lo cual, señala Cole, es muy llamativo, puesto que en la cultura yoruba el rostro del Rey, considerado un semidiós, no puede mostrarse en público. «Las docenas de hombres sentados en el suelo a su alrededor —indica Cole— están visiblemente consternados y muchos rehúyen mirar a su rey…». La conmoción del pueblo japonés al escuchar hablar a su emperador Hirohito por la radio el 1 de enero de 1945 no se debió solo al mensaje —la rendición de Japón—, sino al hecho de que la voz del emperador, como su rostro, estaba reservada solo a los dioses.
La inmensa mayoría de los animales no humanos no tienen la capacidad para el reconocimiento facial de la que gozamos los humanos, afirma Nicholas Christakis en uno de sus estudios de psicología evolutiva más conocidos, Blueprint. The evolutionary origins of a good society. Reconocernos ante el espejo, vernos las caras y reconocernos entre nosotros es la condición de posibilidad de la autoconciencia, la identidad individual, la propia y la atribución de la ajena, así como de una interacción que permita la indispensable cooperación social y el castigo.
En estadios primitivos de convivencia humana, «haberse quedado con la cara» explica que determinados acuerdos puedan estabilizarse y reproducirse, o que quien se comportó como depredador, gorrón o egoísta pueda sufrir en el futuro las consecuencias de haberlo sido si se presentan nuevas ocasiones para la cooperación mutuamente beneficiosa. La prosopagnosia —la incapacidad para reconocer facialmente a nuestros semejantes— es un severísimo hándicap social. Y a la inversa, taparse el rostro es el único medio del que disponen muchos acosados por la prensa para frenar o minimizar el repudio y hostigamiento públicos. Pixelamos la cara de los menores como manera de preservar su vida social presente y futura.
El rostro humano —en sus múltiples aspectos fenotípicos— ha evolucionado para ser único y distintivo, mucho más que otras partes de nuestra anatomía: si el trasplante facial se perfeccionara hasta el punto de que el rostro de nuestro ser amado, nuestro hijo o padre o el del amigo del alma, pudiera revivir intacto en otro cuerpo, habría muy buenas razones para poner muchas trabas a la donación, cosa que no ocurre con los órganos internos —perfectamente fungibles en general— o las extremidades.
Todo lo anterior permite explicar la importancia que para la convivencia humana adquiere poder vernos las caras —y también eventualmente ocultarlas— y cómo, al menos simbólicamente, aquellos que deben «no ser vistos», como el emperador de Japón o el rey de los ijébus, se erigen como un «no igual», un ser humano que no es un «semejante», siendo nosotros meros súbditos ante su presencia. Las explicaciones filogenéticas, evolutivas o funcionales de un rasgo o una práctica social no permiten por sí solas extraer prescripciones, pero junto con otras premisas normativas, sí pueden justificar algunas prohibiciones.
«Hoy, como en 1766, hay razones de seguridad pública que justifican que en los lugares públicos no se pueda ‘ser irreconocible’»
En el Madrid de mediados del XVIII quedó prohibido transitar por las calles con «embozo con capa larga, sombrero chambergo, o gacho, o montera calada, gorro o redecilla», tal y como se disponía en el Bando de Esquilache, que fue la excusa para el célebre motín del mismo nombre. Hoy, como en 1766, hay razones de seguridad pública que justifican que en los lugares públicos no se pueda «ser irreconocible», salvo puntualmente y por causas igualmente razonables como la de protegerse de las inclemencias.
Pero más allá de la seguridad pública, cabe también preguntarnos qué tipo de espacio público corresponde, o se acerca más, a una comunidad política que aspira a estar compuesta por ciudadanos libres e iguales. Esa es nuestra imprescindible —y no del todo descabellada— premisa normativa.
Imaginen, ahora que gozan de sus 15 minutos de gloria en TikTok, que un determinado grupo insertado en nuestra sociedad tiene por hábito cultural o identitario el de salir a la calle llevando a ciertas personas a su cargo, identificables externamente, atadas con una correa como si fueran uno de estos therian. Pensemos que se trata de personas mayores, paseadas como sumisas mascotas, a las que, si se las pregunta, dirán que lo hacen voluntariamente y no tenemos ninguna razón para dudarlo.
O imaginen que los escaparates del barrio rojo de Ámsterdam pudieran extenderse por todo el espacio público y que esa exposición fuera solo de mujeres, mujeres que consienten y a las que no tenemos razones para prohibirles que intercambien sexo por dinero en el ámbito privado. Recuerden que, como ocurría en todo el sur de los Estados Unidos durante decenios, una joven afroamericana, en cuanto pisaba la calle, se sentía inmediatamente señalada por la cartelería segregativa como alguien inferior.
«En 2010 Francia adoptó que se establecía que ‘nadie puede llevar en lugares públicos prendas diseñadas para la ocultación del rostro’»
En el año 2010, Francia adoptó una norma, mediante la ley 2010-1192, en la que se establecía que «nadie puede llevar en lugares públicos prendas diseñadas para la ocultación del rostro». La prohibición es neutral por suficientemente general, no dirigida expresamente a una minoría o creencia determinada —aunque obviamente afecte a la práctica de algunas mujeres de creencia religiosa musulmana que visten burka o niqab— y se justificaba, muy razonablemente a mi juicio, en un principio «republicano» de convivencia mutua. No hay comunidad política de libres e iguales cuando nuestra interacción social más allá del espacio privado impide reconocer a individuos que, aun asumiéndolo voluntariamente, creen que deben exhibir su condición de «no visibles» para los demás. Especialmente si, como en el caso de las mujeres, han sido una mitad de la humanidad secularmente expulsada de lo público y sojuzgada en lo privado.
Creo que en España, aunque los casos sean aún muy minoritarios, es perfectamente legítimo adoptar la vía francesa, es decir, poner las bases para impedir, y por razones bien liberales, que prospere esa práctica de embozarse completamente en público. Y por supuesto creo que nuestros representantes deben poder discutirlo donde corresponde: en el Parlamento. Ese ha de ser el lugar natural donde evidenciar los malos y buenos argumentos: para empezar, que, como muy bien se ha dicho, la sospecha de que en España hay mujeres forzadas o coaccionadas para vestir de una determinada forma no conlleva la promulgación de una ley como la presentada por Vox, sino que la solución ya está prevista en el Código Penal y exige acudir a la Fiscalía o a la policía ante la presunta comisión de un delito de coacciones.
Y para seguir: que si se esgrime que la medida es contraproducente, puesto que entonces los maridos de las mujeres que ya no puedan llevar el burka o el niqab las «van a encerrar en casa», debemos, de nuevo, ponernos manos a la obra y, como acabo de señalar, instar a que actúen las autoridades, pues esas mujeres viven, en puridad, secuestradas.
Y para seguir aún más: los repentinos accesos de pulcro liberalismo celebratorio de la autonomía individual de las mujeres a los que hemos asistido estos días —hasta el punto de cabalmente cuestionar que quepa prohibir la mutilación genital femenina de mujeres mayores de edad— son perfectamente incompatibles con la batería de medidas de las que nos hemos dotado bajo el estandarte de la lucha contra la violencia de género o las tendencias abolicionistas de la prostitución, por poner los ejemplos más inmediatos.
«Se vive muy bien con el burka que supone estar contra ‘la extrema derecha y el fascismo’»
A ver si va a ocurrir que la mujer afgana debe poder ser libérrimamente sumisa en casa y fuera de casa, pero la mujer española heterosexual que persiste en una «relación tóxica» con el varón que ocasionalmente la maltrató psicológica o físicamente debe, en cambio, ser monitorizada y vigilada si osa reconciliarse o perdonar. No se puede estar en la misa de la tolerancia hacia el embozo de las mujeres y repicar las campanas de la opresión cuando las azafatas de la Fórmula 1, actrices porno, exhibicionistas de OnlyFans o prostitutas deciden prescindir de «todos los burkas y niqabs».
Yo entiendo que se vive muy bien con el burka que supone estar contra «la extrema derecha y el fascismo»; en su día, incluso el de Albert Rivera, el del PP a conveniencia y siempre Vox; diga lo que diga, proponga lo que proponga. Permite a muchos, también a los que les pagan por pensar y publicar, emperezarse y a la vez escudarse y sacar pecho «progresista». Se levantan por la mañana y se enfundan el maniqueo embozo con el que, a partir de ese momento, ora en el teclado, ora en el bar, en la reunión, en la clase, y sí, también en la tribuna de oradores del Congreso, pueden dejar sus neuronas en modo descanso: no hay nada que pensar, no hay nada que contrastar, no hay ósmosis posible a ninguna razón o argumento. Basta con proclamar que uno está luchando contra la ultraderecha.
Como contra Franco, contra Vox se vive mejor aunque sea al precio de seguir balando con el rebaño.