The Objective
Ricardo Dudda

Vivo (y viviré) peor que mis padres

«Hoy los jóvenes son más cosmopolitas, están mejor formados, saben idiomas y han viajado. Pero eso no les sirve para vivir mejor que sus padres»

Opinión
Vivo (y viviré) peor que mis padres

Ilustración generada mediante IA.

Mi padre fue un refugiado alemán de la Segunda Guerra Mundial. Nació en 1940 y se mudó en 1963 a España, sin apenas saber el idioma. Llegó a ser director de la filial española de una multinacional publicitaria. Mi madre nació en Astorga (León) el mismo año en que mi padre llegó a España. Su padre era contable y su madre ama de casa. Sus cinco hijos fueron a la universidad, tuvieron buenos trabajos, casa en propiedad (algunos incluso una segunda vivienda vacacional). Ambas generaciones (mi padre, la generación silenciosa; mi madre, la generación boomer) vivieron, aunque de distinta manera, en una de las fases expansivas más espectaculares de la historia de Occidente, y especialmente de España. Como escribía el novelista Manuel Longares en su libro Nuestra epopeya, es la generación «que pasó en cincuenta años de la cartilla de racionamiento a invertir en bolsa. Una gente que, desde el infierno del hambre y la precariedad, accedió al paraíso del automóvil y de los televisores». 

Como recordaba Enrique Rey en X, «Esta es la sinopsis del 80% de novelas publicadas entre 1980 y 2010. Si la clase media nunca existió, nos cargamos la obra de Muñoz Molina (de Úbeda a NYC), de Landero (de Alburquerque a Chamberí), de Chirbes (las sombras del proceso) y hasta de Almodóvar (de La Mancha a Warhol)».

Es la historia personal de muchos, no solo de quienes triunfaron de manera desmedida. La cuenta en una entrevista de hace unos años en THE OBJECTIVE el catedrático Juan Antonio García Amado

«Yo nací en el 58, eran los últimos tiempos del franquismo, y en aquel tiempo era posible la promoción social de los pobres, no porque el sistema fuera bondadoso —era una vil dictadura que hacía mucho daño en muchísimos sentidos, y también a los niños y jóvenes—, pero en aquel ambiente, si uno se conseguía un título universitario, tenía abierto el mundo, se abrían un sinfín de posibilidades y más si se había logrado con esa sensación de esfuerzo. Creo que esto ha cambiado para mal. Tal vez soy injusto, pero estoy convencido de que si hubiera nacido en un medio como aquel en nuestros días, lo habría tenido más difícil. Habría tenido quizás más medios y más comodidades, pero más dificultad también para romper con esas trabas sociales. Porque, al fin y al cabo, conseguir la carrera de Derecho hoy no significa prácticamente nada. Antes era una vía de ascenso social, ahora es un puro rito de paso».

Creo que es una historia muy extendida. Y sin embargo, es un relato muy impugnado. Quien sugiere que el ascensor social está roto o que los jóvenes de hoy no tienen las mismas oportunidades que tuvieron sus padres recibe una reprimenda no solo de parte del oficialismo («como gobiernan los míos, estamos mejor que nunca»), sino de muchos que creen que su generación es la única que realmente se esforzó, y por eso le fue bien. La realidad es otra. Las cifras confirman esa decadencia.

El otro día Pablo García Guzmán, economista del Banco Europeo para la Reconstrucción y el Desarrollo, daba un dato estremecedor en una entrevista en el podcast Economía para Gen Z: «Si uno compara los que entran [al mercado laboral] en 1999 y los que entran en 2019, lo que ve es que el salario medio mensual de entrada es un 32% menor». Guzmán no habla de mala suerte «cíclica», sino de deterioro estructural. Podemos mirar muchas más cifras. Por ejemplo, entre 1985 y 2005, el PIB per cápita en España creció un 69%; entre 2005 y 2024 lo hizo un 11%. Esa misma decadencia se observa si miramos salarios reales, renta real disponible, poder adquisitivo…

Hoy en España el salario mínimo se está convirtiendo en el salario más común. Por no hablar de tasas de emancipación de jóvenes (récord de la UE) o tasas de propiedad de ya no tan jóvenes. Hoy los jóvenes son más cosmopolitas, están mejor formados, saben idiomas y han viajado. Pero eso no les sirve para vivir mejor que sus padres. De hecho, muchos no alcanzarán la prosperidad de sus padres ni siquiera heredando lo que ellos lucharon por conseguir.

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