The Objective
Anna Grau

Alta y baja traición

«Dudo de que ni Zapatero, ni Iglesias, ni Puigdemont, ni el DAO de Marlaska sean sometidos jamás a un escarnio tan absoluto como la que sufre el expríncipe»

Opinión
Alta y baja traición

Ilustración generada mediante IA.

Puedo entender que mis amigos antimonárquicos estén encantados con el arresto del expríncipe Andrés de Inglaterra. No entiendo tanto que se froten las manos creyendo que es el fin de la corona británica. Todavía entiendo menos que salgan orgullosos a sacar pecho diciendo que esto con jefes de Estado elegidos en las urnas no pasa. ¿Seguro?

Absolutamente todas las estructuras de poder, sean una casa real, un Gobierno, un partido o hasta un club de fútbol, tienden a tapar los escándalos de los «suyos» en la medida en que pueden. Eso es lo primero que les sale. Hasta que se dan cuenta de que hay cosas y gente que no tienen perdón ni salvación, sea el DAO de Marlaska, sea el hijo crápula de la reina Isabel. Entonces y solo entonces empiezan a afilar el hacha.

En un Gobierno, un partido o hasta un club de fútbol, el hacha es la caída en desgracia, el cese o la dimisión. La monarquía, por su propia naturaleza, no admite dimisiones. Solo abdicaciones y despojamientos de títulos que equivalen a la muerte civil… hace cuatro días, que antes era bien física. Andrés Mountbatten-Windsor puede dar gracias de nacer en 1960 y no unos cuantos siglos antes, cuando lo suyo se habría arreglado en la Torre de Londres.

Y es que, aunque los escándalos sexuales de Andrés se conocen hace tiempo, por primera vez se menciona la posibilidad de que, aparte de un degenerado, sea un traidor. Alguien capaz de pasar al enemigo (aunque sea enemigo comercial) información reservada de interés nacional. «Mala conducta durante su desempeño como cargo público» no deja de ser una paráfrasis poco sexy de «traición».

Ojo, que eso es bastante más imperdonable, sobre todo para un príncipe, que ser pillado con los pantalones bajados en el harén de Epstein. Muchos británicos que podían disculpar a Enrique VIII por abdicar por amor, para casarse con Wallis Simpson, no le perdonaron, en cambio, sus coqueteos con los nazis, las pruebas documentadas de que se ofreció a colaborar con ellos (mientras las bombas de la Luftwaffe machacaban Londres…), soñando quizás con recuperar el trono si Hitler hubiera ganado la guerra. Lo de Andrés es mucho menos serio, pero no deja de responder al mismo principio: a la sangre real se le perdona todo o casi todo, menos la traición.

A los que dicen que «estas cosas no pasan» con testas electas y no coronadas, yo les sugiero dar una vuelta a casos recientes como los extraños y oscuros negocios del expresidente español José Luis Rodríguez Zapatero con el chavismo, los vínculos de Pablo Iglesias con las tiranías china e iraní o el despilfarro de centenares, de miles de millones de euros, para sufragar embajadas catalanas independentistas, referendos ilegales, algaradas callejeras, etc. Que esa y no otra es la malversación que atasca como china en el zapato la amnistía de Puigdemont. ¿No son todos estos otros tantos ejemplos de «mala conducta en el desempeño de cargo público», con un impacto directo y negativo en el interés nacional y en el bien común? ¿No son otros tantos ejemplos de traición, más alta o más baja?

Dudo mucho de que ni Zapatero, ni Iglesias, ni Puigdemont, ni el DAO de Marlaska sean sometidos jamás a un escarnio tan absoluto, a una muerte civil tan completa, como la que ya ha sufrido, sufre y sufrirá el expríncipe. Seguro que en estos momentos él firmaba encantado un retiro dorado en Waterloo o hacer una colecta para abrir un bar en Lavapiés.

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