Fraga vandalizado
«Entre la estatua y el fantasma, hay que apostar siempre por revivir al fantasma y el manchurrón era solo la excusa»

Manuel Fraga. | EP
Resulta un tanto irónico pensar que Fraga, don Manuel Fraga Iribarne, ha sido el hombre que ha ocupado media vida de los españoles con su política, con su bañador de pescar bombas atómicas, con sus frases, con sus ensayos sobre España, con su posfranquismo democrático y con su dialéctica atropellada y tajante. Y que, después de tantos años, solo un acto vandálico nos recuerde que este hombre, en efecto, ha existido.
Catedrático de Derecho Político, diplomático… Fue ministro de la dictadura, sí. También fue un actor clave en la Transición y el gran arquitecto del centroderecha durante décadas. Gobernó Galicia con mano firme y mayoría amplia. Y como todo personaje de época, dejó muchas historias de sobremesa. A mí me han contado que él, en la sobremesa, le daba la espalda a su silla y se echaba una siestecita mientras el resto de los amigos seguían conversando.
Dicen que durante el franquismo intentó abrir rendijas dentro de un régimen cerrado. Otros no le perdonan su papel en aquel tiempo, porque creen que se hacía mejor oposición fuera y bien lejos, que desde dentro. La historia no suele absolver ni condenar en bloque: matiza. Pero la izquierda que tenemos en este país parece instalada en una fase de activismo identitario que en otros lugares ya empieza a terminar, por puro cansancio.
De modo que aquí se siguen librando batallas simbólicas con pintura roja con entusiasmo infantil, mientras que en Estados Unidos el ciclo cultural que muchos llamaron «woke» muestra signos claros de desgaste. Donald Trump de hecho planea instalar una estatua de Cristóbal Colón en los jardines de la Casa Blanca y todo el mundo tan contento.
Da la impresión de que parte de nuestra izquierda llega tarde a las modas y más tarde aún al entendimiento: Pintar, romper o robar bustos de Fraga solo hace que nos acordemos de este señor, de su perfil, que podría decirse que es como una estatua ecuestre sin caballo. Claro que su envergadura la soportaban pocos caballos y menos hombres. Fraga no era fácil y lo prueba el hecho de que no aceptó integrarse en el primer gobierno de Suárez, rechazando, según parece, cualquier oferta de vicepresidencia o ministerio en ese gabinete de transición. Cuando su esposa se enteró de que estaba fuera, pensó: «Dios mío, ahora que hago yo todo el día con este hombre en casa».
Fraga no era sectario, lo prueba que presentó un libro de Santiago Carrillo, Eurocomunismo y Estado, en el Club Siglo XXI de Madrid, que se puso hasta arriba porque todo el mundo quiso ver si se aceptaba oficialmente el comunismo en la vida pública española o si habría ostias. Pero don Manuel, que parecía ir siempre a lo loco, en realidad pensaba mucho, calculaba y ganaba porque pensaba muy bien. Probablemente, en otro momento histórico habría quedado con un perfil distinto. Movió piezas en la España que despertaba del franquismo, aunque ya nadie se lo quiera agradecer. Tenía carácter, memoria larga y poca paciencia para la irreverencia.
Dicen los que saben que Fraga es a la democracia lo que el cine mudo al cine. Un ensayo mutilado e imposible, pero de una gran expresividad. Hoy su busto manchado de rojo nos recuerda que fue uno de los grandes, que junto con Areilza, Suárez y otros pocos han marcado nuestra Transición.
Entre la estatua y el fantasma, hay que apostar siempre por revivir al fantasma y el manchurrón era solo la excusa.