Proyecto de extrema izquierda
«Es obvio que su movilización no se debe a las necesidades de los españoles, sino a la angustia por su derrota»

Imagen del acto de refundación de las izquierdas en Madrid. | EP
En esta última semana han ocurrido muchas cosas importantes en España, algunas muy graves. En la Policía Nacional, donde deberían estar los que nos protegen, escondían como DAO a un agresor sexual que no se subía la bragueta. Y Marlaska sigue sin asumir la responsabilidad política. Estilo Sánchez. Nadie dimite, dejen 47 muertos o mujeres violadas. Pepe Bono ha sido descubierto como un Ábalos de los efebos. Colocaba a sus jóvenes valores, como hacían con las Jessicas, en las empresas públicas. El PP está indeciso entre pactar o repetir elecciones. Abascal ha expulsado a Ortega Smith, el último político que quedaba en Vox. Ha terminado el proceso de transformación en secta.
Ante esta crisis política y social en la que está inmersa la sociedad española, las izquierdas se han movilizado. Todo un acontecimiento político. Por eso, he seguido con interés los sesudos debates que se han celebrado. Autoproclamados intelectuales con sensibilidad social que se dedican a establecer soflamas para la evolución y transformación progresista de la sociedad. Llevan desde Atapuerca con el mismo catálogo de reivindicaciones comunes. Todas cargadas de equivocada ideología donde destacan: parar a los antifascistas, su guerra cultural y mucha igualdad, LG transgénero sopa de letras.
He prestado enorme atención a los diferentes encuentros celebrados para conocer cuáles son las prioridades progresistas de las diferentes «izquierdas, a la izquierda del PSOE». O sea, de la extrema izquierda. Es muy ilusionante saber que el gran debate de las múltiples extremas izquierdas que pululan en España es coincidente y tiene gran profundidad social: cómo salvar sus cargos públicos. Ni vivienda, ni violencia de género, ni seguridad. Lo nuclear es qué dinámicas establecer para que sus dirigentes continúen con sus prebendas, no pierdan los chollos y mantengan los sueldazos. Todo muy social y progresista. Para ellos.
Las extremas izquierdas se han vuelto pop. Son progres de salón. Todo lo hacen lejos de la calle porque llueve, hace frío y así controlan que todos los que acudan sean palmeros. Menudo debate. Qué dura es la lucha de clases. El miércoles arrancó Gabriel Rufián, que se llevó de grupi a Emilio Delgado, sobrero de Más Madrid. Bajo el lema «Futuro» su propuesta fue dirigida a una ínfima minoría social. Ellos. Cuántos cargos somos y cómo nos presentamos en cada circunscripción, para que todos —el grupo social de vividores de lo público— mantengamos el chollo. Ideología ninguna. Rufián ofrece como gran propuesta de las extremas izquierdas las matemáticas electorales.
El líder independentista catalán quiere asegurarse el puesto con España. Está más que amortizado en su partido. Llevan más de un año intentando que se vaya y deje el escaño. Su «frente común» no es otra cosa que intentar conseguir un movimiento que le asegure continuar teniendo escaño. Fracasó. Ningún personaje de peso del grupo de vividores rojos y asimilados se acercó a la sala de conciertos. El espectáculo contaba con la propagandista televisiva del régimen Santaolalla y para pijos progres había corralito VIP donde Ramoncín, Afra Blanco, Antonio Maestre y Alan Barroso no se mezclaban con el pueblo. El discurso de relleno fue gritar que viene la derecha —PP y Vox— y explicar que él es partidario de todo lo contrario a lo que él mismo había votado en el Congreso la víspera. Marxismo de Groucho. Muy Rufián.
Yo esperaba más de las extremas izquierdas. Los Sumar, que están electoralmente restados, celebraron el sábado en el círculo de Bellas Artes otro aquelarre. Cómo les gustan los salones y qué lejos están de la calle. Bajo el lema «un paso al frente» hicieron terapia de grupo para hablar de cómo seguir en el poder. Sin Yolanda, que hunde todo lo que lidera. Los protagonistas eran los mismos de siempre, pero que otra vez se quieren cambiar de collar. Siguen siendo el mismo fracaso, con los mismos vicios y con el único objetivo de continuar en el chollo. IU, Movimiento Sumar, Más Madrid y Comunes. O sea, Antonio Maíllo, Lara Hernández, Mónica García y Ernest Urtasun. La nada. Al grito de que vienen el PP y VOX se conjuraron para aclarar que «son la izquierda y no son el PSOE». ¿Y? Gobiernan con él —Sánchez les ha comido el espacio y el discurso—.
Aseguraron que empieza una etapa de alegría —para ellos— con una «propuesta de ambición, de gobierno, de disputa y de guerra virtual». La «MEMA» y Urtasun no se han visto en otra igual. O sea, que su sensible preocupación social es cómo pueden seguir aferrados al chollo público.
Podemos también ha montado lo suyo para explicar que, como son cuatro y están todos colocados, no quieren participar de las extremas izquierdas comunes. Para Podemos, su posición de extrema izquierda es esa que les tiene a los cuatro colocados.
Es imposible que tengan un discurso. Las extremas izquierdas —junto al PNV— llevan ocho años gobernando, con balance catastrófico, por lo que no pueden proponer sus tradicionales demagogias. El resultado es que la imposibilidad de acceso a una vivienda es el mayor problema de los españoles. Con ellos gobernando, encabezamos el ranking de pobreza infantil de la UE; suben el salario mínimo, pero se han disparado los costes vitales, perdiendo las clases medias y obreras poder adquisitivo; la medicina pública, con la MEMA, está en huelga, los trenes, cuando circulan, van más lentos que cuando se movían con carbón y todos, pero especialmente los barrios obreros, viven en la absoluta inseguridad. Y por si fuera poco, los más feministas e igualitarios han conseguido que la cifra de mujeres asesinadas o agredidas sexualmente —incluso dentro del ámbito del gobierno de izquierdas— se haya disparado. Por esto, los líderes de las izquierdas se dedican a lo importante: cómo conseguir asegurarse lo suyo —el chollo público—. Es obvio que su movilización no se debe a las necesidades de los españoles, sino a la angustia por su derrota.