Cuando una universidad se cierra
«Cuando la universidad deja de ser el lugar donde se aprende a convivir en el desacuerdo, empieza también a renunciar a su propia razón de ser»

Ilustración de Alejandra Svriz.
Probablemente uno de los lemas que con mayor persistencia ha logrado asentarse en la izquierda española sea aquel que sostiene que las derechas únicamente se preocupan de lo que ocurre dentro de la M-30. Resulta llamativo que esta acusación alcanzara especial intensidad en un momento en el que las principales formaciones conservadoras estaban encabezadas, precisamente, por un catalán, un vasco y un gallego. Fue entonces cuando el primer Pedro Sánchez —el mismo que prometió casi todo aquello que después no ha llevado a término— afirmaba que sus adversarios eran incapaces de comprender la España plural. La ironía, en realidad, se explica por sí sola, sobre todo, viniendo de alguien cuya trayectoria vital y política apenas se ha apartado de ese Madrid, salvo para cursar una carrera en un centro universitario privado en El Escorial.
Existe, sin duda, un perfil madrileño cuyo horizonte político y cultural comienza y termina en la capital. Sin embargo, y contra lo que se piensa, esa mirada parece especialmente extendida en determinados sectores intelectuales de la izquierda. No han sido pocas las ocasiones en que algunos de estos interlocutores me han explicado cómo funciona el País Vasco, hasta el punto de que terminé recurriendo —medio en broma, medio en serio— al término basqueplaining. Animados incluso por algún periodista, llegaron a asegurarme que los homenajes a miembros de ETA en las calles vascas simplemente no existían. Y, en realidad, para refutar afirmaciones semejantes, ni siquiera era necesario ser vasco ni residir allí. Hoy ese mismo periodista difunde acusaciones infundadas contra los médicos huelguistas.
«El campus de Álava de la Euskal Herriko Unibertsitatea fue clausurado por la celebración de un acto de Vox»
Menciono todo esto porque ayer el campus de Álava de la Euskal Herriko Unibertsitatea fue clausurado. No es un asunto menor. Sin embargo, apenas ocupa espacio en el debate público, una muestra más de cómo determinados conflictos sólo adquieren relevancia cuando encajan en las polémicas políticas dominantes. El cierre se produjo por la celebración de un acto de Vox en las inmediaciones del campus para denunciar las amenazas y la propaganda abertzale. Desde primeras horas se clausuraron accesos, aparcamientos y edificios, mientras el Departamento de Seguridad del Gobierno Vasco blindaba el entorno ante el temor a posibles enfrentamientos con sectores radicales abertzales. La explicación ofrecida por el rector, Joxerramon Bengoetxea, apeló a «motivos de seguridad», con el objetivo de evitar disturbios e impedir que la universidad se viera involucrada en un acto externo.
En este contexto, un grupo de profesores del Campus de Álava, en torno a 40, ha publicado una crítica bastante fundada sobre este cierre. Ellos creen que la clausura es un atropello a los valores universitarios. ¿Por qué? Porque es una decisión desproporcionada que impacta en el día a día de trabajadores de la universidad y de los estudiantes. También identifican en esta decisión un ataque a la pluralidad ideológica y un paso más en la pérdida de neutralidad del Rectorado. Recuerdan también que Vox, más allá de filias y fobias, es un partido legal. Y, sobre todo, destacan que sorprende la prevención del Rectorado cuando se ha mirado a otro lado constantemente a amenazas previas y a las actividades de grupos radicales que sí suponen una amenaza para la convivencia universitaria.
En un momento en el que se debate sobre la misión de las universidades a cuenta de su infrafinanciación, este gesto de estos profesores vascos demuestra por qué hay que defender unas instituciones que deben vertebrar el país y ayudar a su mejora. Debemos ser conscientes de que, como avisaba Michael Oakeshott, nadie puede pretender decir nada trascendental sobre las universidades sin antes comprender que la educación universitaria «no es ni el principio ni el fin, sino el medio». Cuando la universidad deja de ser el lugar donde se aprende a convivir en el desacuerdo, empieza también a renunciar a su propia razón de ser. Precisamente porque, en el fondo, la universidad debe ser un espacio privilegiado para la confrontación intelectual.