España crece
«En los últimos años el crecimiento coincidió con un incremento de la población de dos millones de inmigrantes. La renta per cápita apenas ha crecido un 3%»

Ilustración de Alejandra Svriz
No, no voy a referirme a ese fondo que no es fondo ni soberano. Ya le dediqué el artículo del día tres del presente mes. Hoy me detengo solo en su título, que se va a utilizar (lo ha dicho expresamente Sánchez) como propaganda, para que nos enteremos de lo bien que va el país, pero una cosa es España y otra el PIB.
El PIB se ha adueñado en los últimos 90 años del discurso económico, empleándose habitualmente como índice del bienestar general de un país y como variable estrella para juzgar la buena o mala marcha de la economía. Sánchez sabe poco de economía, pero sí lo suficiente (o se lo han enseñado, quizás en dos tardes como a Zapatero) para vanagloriarse de lo bien que va la actividad económica española, por el único motivo de que el PIB en España esté creciendo a un ritmo mayor que la media de la Unión Monetaria.
El PIB como realidad estadística tiene ciertas limitaciones y, por ello, no se le puede conceder un carácter absoluto. Como afirmaba William Watt: «No confíes en lo que dicen las estadísticas mientras no hayas considerado con cuidado lo que no dicen», o de forma quizá más expresiva Aaron Leverstein: «Las estadísticas son como el bikini, lo que revelan es sugestivo, pero lo que ocultan es vital». Y yo añadiría algo más: sobre todo cuando no confías demasiado en la fuente de los datos, el PIB manifiesta multitud de aspectos, pero deja en la penumbra otros muchos tanto o más esenciales.
Ante el triunfalismo del discurso sanchista resulta conveniente recordar las limitaciones propias de este concepto y algunos de los factores que no recoge. Y ello puede explicar el divorcio existente entre la versión oficial y la percepción de la mayoría de la población española.
Se comete un flagrante error —y la mayoría de las veces ese error no es inocente— cuando para medir la prosperidad de una nación se atiende en exclusiva al cuadro macroeconómico y se considera el PIB como variable fundamental. Del mismo modo, nos equivocamos si damos por supuesto que el crecimiento siempre es bueno y que además repercutirá, en mayor o menor medida, en todos los ciudadanos, sin tener en cuenta otros parámetros tales como la forma en que se ha logrado ese crecimiento, la distribución de la renta o la misma composición del PIB.
«Tan importante como la cantidad producida es el número de personas sobre las que hay que realizar el reparto»
Comencemos afirmando que el PIB es una magnitud flujo que mide la producción de bienes y servicios finales de un país o de una región durante un periodo de tiempo (normalmente un año). Hace referencia, por tanto, a un país determinado, y su cuantía no dice nada por sí misma sin tener en cuenta la dimensión de la unidad económica de la que se predica, especialmente la población. Resulta evidente que tan importante como la cantidad producida es el número de personas sobre las que hay que realizar el reparto. En un país en el que el PIB y la población creciesen al mismo ritmo, el bienestar colectivo sería estable.
Tampoco se considera, a la hora de computar los incrementos del PIB, la depreciación del capital, es decir, el coste en que se incurre, por ejemplo, al esquilmar los recursos naturales (carbón, petróleo, materias primas), que en principio no son renovables, o lo que se han depreciado las infraestructuras. Lo mismo ocurre con la deuda o la venta de activos, tanto públicos como privados. Un país puede crecer a base del endeudamiento exterior del Estado o de los particulares, sin tener en cuenta la hipoteca que representa para el futuro y cómo va a reducir el crecimiento de los años venideros.
En el caso del sector servicios resulta muy difícil distinguir entre el factor real y el factor precio. O, lo que es lo mismo, existen graves obstáculos para afirmar con cierta exactitud qué parte del incremento corresponde a una mayor calidad del servicio y cuál simplemente a la inflación. Esta dificultad aumenta en la Administración pública, en la que la mayoría de los servicios se utilizan sin contraprestación, por lo que a menudo su valor se estima solo por el coste.
Los Gobiernos de Aznar y Zapatero pueden servir perfectamente de ilustración de lo anterior y quizás de aviso para los tiempos actuales. Durante aproximadamente 12 años, nuestro país presentó altas tasas de crecimiento, de manera que ambos gobiernos se vanagloriaban de la bonanza económica y los comentaristas internacionales hablaban del milagro español; pues bien, ese milagro estaba engendrando de cara al futuro una fuerte crisis.
«Nuestro crecimiento fue a crédito, crédito que nos vimos obligados a pagar posteriormente con atonía económica, deflación y paro»
En primer lugar, tales tasas de crecimiento se alcanzaron con un fuerte incremento de la población, con lo que la renta media —aun cuando creció— no lo hizo al mismo ritmo que el PIB. Ese incremento de la población tuvo su origen en la incorporación de inmigrantes al mercado laboral, incorporación que se llevó a cabo en condiciones muy precarias y que causó un impacto negativo sobre la mayor parte de los salarios. Cuando se analiza la distribución de la renta a lo largo de estos años, se pone de manifiesto cómo la evolución se ha decantado a favor del excedente empresarial y en contra de los salarios, de manera que estos apenas han mantenido el poder adquisitivo. Esto es, el crecimiento real se orientó exclusivamente a retribuir al capital y a los empresarios, sin que la mayoría de los trabajadores tuviesen participación alguna en él.
Pero, en segundo lugar, hay que tener en cuenta también que el crecimiento de estos años se consiguió a base de generar enormes desequilibrios que se han pagado muy caros a partir de 2007. La expansión de la anterior etapa se fundamentó en el endeudamiento, no en el público, pero sí del privado, partiendo de abultados déficits en la balanza de pagos. Nuestro crecimiento fue a crédito, crédito que nos vimos obligados a pagar posteriormente con atonía económica, deflación y paro. Aquel crecimiento, al que la casi totalidad de los economistas dedicaban entusiastas parabienes, ocasionó graves daños a la mayoría de la población, ya que no se beneficiaron de él en su momento y aún les está generando considerables perjuicios. Los Gobiernos de Rajoy tuvieron que enfrentarse a una crisis muy dura y a una política muy estricta de la Unión Europea.
La etapa actual no es exactamente igual que la de aquel periodo, pero presenta fuertes semejanzas. En estos últimos siete años, el crecimiento económico coincidió con un incremento de la población de dos millones de personas, casi un 5%, en su totalidad provenientes de la emigración, a un ritmo si se quiere superior al que se realizó antes de la crisis, por lo que la renta per cápita apenas ha crecido un 3% y se mantiene en un 92% respecto a la media europea. Ese incremento vegetativo se incorporó al mercado laboral en condiciones muy precarias y las rentas del trabajo han perdido dos puntos respecto a las rentas de capital, a pesar de la fuerte subida del salario mínimo. Todo ello explica en buena medida el incremento del PIB y que este no se haya trasladado a una mayor prosperidad de la totalidad de la población.
Otro factor entra en la explicación. En el PIB se incluye el consumo público. En esta ocasión, el empleo público ha crecido en el periodo 2019 al 2024 casi un 20%. Como se indicó más arriba, su valor se estima exclusivamente por el coste, por lo que no existe ninguna garantía de que dicho aumento se haya traducido en un incremento real de la economía y del bienestar de los ciudadanos. La experiencia es más bien la contraria, la Administración se ha hecho más ineficiente, y la gestión un auténtico fracaso.
«Hoy, el BCE está dispuesto a respaldar la deuda pública de los distintos Estados sea cual sea su nivel»
Existe otro tema más preocupante de cara al futuro. En ambos casos, el crecimiento fue a crédito. Antes de la crisis, mediante endeudamiento privado; en estos siete años, a través del incremento de la deuda pública y un deterioro total de las infraestructuras: ferrocarriles, presas, carreteras, etc.
Entre ambos periodos también existen discrepancias, y una esencial: la distinta postura de la Unión Europea. Su política en la actualidad ha cambiado como consecuencia del empeoramiento de la economía alemana. Hoy, el Banco Central Europeo está dispuesto a respaldar la deuda pública de los distintos Estados, sea cual sea su nivel. Y, a la vez, sus exigencias en todas las materias se han hecho mucho más laxas. Ello es muy beneficioso para Sánchez, pero genera toda una serie de interrogantes y malos augurios de cara al futuro.